– ¡Qué disparates hablas! -graznó el viejo con una ira impotente, pues la chiquilla lo esquivó sin esfuerzo alguno-. ¿Acaso te ha metido Watar esas tonterías en la cabeza?
La muchacha arrugó la frente. No conocía a Watar, que había muerto el año de la sequía, mucho antes de que ella naciera. Sin embargo, todo el mundo sabía que el viejo Arik perdía un poco la cabeza, así que no se molestó en preguntar. Embriagada todavía por el esplendor de su noticia, volvió a reír y enseguida se puso a dar brincos alrededor de la piedra en la que estaba sentado Arik.
– Sí, y han preguntado por ti. Oh, viejo Arik, cuánto oro y cuántos aromas… Y qué camellos tienen…
Se interrumpió cuando el tintineo se hizo más fuerte.
– ¡Velo tú mismo! -exclamó con alegría, y volvió a bajar corriendo para contemplar otra vez aquella maravilla.
Arik parpadeó. Sus ojos ya no eran los de antes, todo lo que veía eran las largas patas de unos camellos que llevaban en sus lomos imprecisos puntos de color con unas tonalidades que no eran las de aquel desierto.
– ¡Bah! -exclamó el viejo con desdén, aunque se le aceleró el corazón e intentó levantarse.
Antes aún de que lo consiguiera, oyó su voz. ¡Qué familiar sonaba esa voz!
– ¡Abuelo! -exclamó Shams, que había bajado del camello antes de que Mujzen y los demás hubieran detenido a la manada.
Alcanzó al más pequeño de los niños que se asomaban por entre los cortinajes de la litera y se lo apoyó en la cadera.
– Vamos, Marub -le indicó al chiquillo, que la miraba con dos grandes ojos de un negro brillante-. Quiero presentarte a alguien.
Los hermanos de Marub saltaron ellos solos, pero se quedaron junto a su padre, que les hizo una señal para que lo ayudaran con los animales.
Sin aliento a causa de la breve subida, Shams llegó al fin junto al viejo.
– ¿Abuelo? -dijo, y se le acercó más aún.
Este, sorprendido, alzó una mano arrugada y la pasó por el ostentoso tejido de su vestido, que crepitó, los bordados de oro de sus velos y los abalorios de sus sienes, que enmarcaban su risueño rostro.
– Venerable Arik-dijo mientras permanecía pacientemente quieta-, te traigo noticia de Simún.
Cuando pronunció ese nombre, un temblor recorrió al viejo. Shams sintió lástima al verlo, así que enseguida siguió hablando:
– Vive, abuelo, ¿me oyes? Todo sucedió como tú prometiste. Gobierna un reino más maravilloso de lo que la tierra de los jinn podría ser jamás.
Quiso arrodillarse ante él para verle la cara, pero se enderezó de un salto al ver al lagarto que se ocultaba en una grieta de la roca. El animal se arrastró, espantado. El nacimiento de su cola azul cobalto se tiñó de un rojo iracundo. Shams retrocedió un par de pasos con inseguridad. Marub se echó a llorar en su cadera.
El viejo Arik cogió su cayado y golpeó en dirección al reptil. Satisfecho, vio que alzaba la cabeza y abría las fauces en un bufido mudo, pero que luego se escondía bajo las zarzas con pesados movimientos. «Eso, vete -pensó-, vete. Deja que tu ira eterna se desvanezca.» Alzó una mano temblorosa y buscó a Shams.
– ¿Simún? -preguntó en un susurro.
Shams se arrodilló ante él.
– Sí, abuelo -murmuró ella, y le posó un brazo en el hombro-. Ven conmigo, tengo muchas cosas que explicarte. Es una historia maravillosa.
Por primera vez desde que lo conocía, vio sonreír al viejo Arik. El hombre le estrechó una mano con sus dedos secos y miró hacia el horizonte, más allá de ella. ¿Qué vería allí que lo hacía tan feliz? Shams se volvió en vano. No había más que la árida llanura, las crestas de las montañas y las cabras. Las cigarras cantaban como siempre, las campanillas de los camellos que Mujzen llevaba al valle sonaban ya lejanas, y el rumiar de los hocicos de las cabras no se detenía ni un instante.
Cuando volvió a inclinarse sobre él para ayudarlo a levantarse, todo su rostro resplandecía en respuesta a aquello que veía. El viejo asintió, despacio, como si estuviera oyendo a alguien y le diera la razón. Después Shams notó que su mano se le escurría y que el hombre caía hacia un lado. Con mucho cuidado dejó que fuera descendiendo hasta la roca y lo cubrió con su pañuelo azul.
– ¡Bu, bu, bu! -sonó desde la rama del árbol que quedaba sobre él.
El viejo Arik había muerto.
RECAPITULACIÓN
La reina de Saba es tal vez la mujer más famosa de toda la historia. Sin embargo, no se tienen de ella registros históricos. Desde el principio fue una figura bastante literaria, por lo que su imagen cuenta con numerosas tradiciones.
Aparece por primera vez en el Antiguo Testamento como misteriosa visitante del rey Salomón, al que lleva tesoros y acertijos. El Nuevo Testamento recoge otra vez esa visita; Mateo 12, 42 y Lucas 11, 31 coinciden en hablar de un discurso de Jesús ante los fariseos en el que convierte a la reina en testigo de un futuro juicio. La literatura teológica de la Edad Media, en consecuencia, la considerará una de las primeras testigos de la verdad de Jesucristo.
También el Corán conoce a la reina, y en el sura de las hormigas describe profusamente, mucho más que la Biblia, cómo Salomón, Suleimán en árabe, tras haber reunido a sus ejércitos de genios, hombres y pájaros, se entera gracias a la abubilla, que llega más tarde, de que en la lejana Saba existe una reina que, junto con su pueblo, venera al sol. Suleimán le manda a la abubilla con una epístola en la que la insta a visitarlo y acoger sus creencias. Ella primero le envía obsequios y después hace acto de presencia, momento en el que queda impresionada porque Suleimán ha hecho aparecer el trono de ella en su palacio. El Corán también relata una curiosa ilusión óptica: al ver el suelo de sus salas, tan resplandeciente que reflejaba como un espejo, la reina lo toma por agua y se levanta las faldas, mostrando así sus piernas.
¿Por qué habrían de ser un misterio las piernas de la reina? En numerosos cuentos árabes se da respuesta a esta enigmática escena: la reina tenía unas pantorrillas muy hirsutas o, por así decir, ¡pezuñas de burra! Según al-Tabari (838/839-923 d. C.), Suleimán solucionó elegantemente el problema con una crema depilatoria hecha a base de yeso. La cristiana Legenda Aurea, de Jacobo de la Vorágine, el libro de hagiografía más popular de la Edad Media, recurre a una milagrosa curación como agradecimiento y en confirmación de su profético anuncio de Jesucristo.
Los cuentos árabes ofrecen numerosos detalles maravillosos -como el de la abubilla- de los que me he servido para el argumento de la novela. Al-Tha’labi (960/970-1036 d. C.), por ejemplo, describe el acertijo presentado por la reina en el que Suleimán debe distinguir a un muchacho de una muchacha. Ibn al-Athir (1160- 1233/1234 d. C.) considera a la reina princesa de los jinn. También al-Kisai narra la historia de la hija de los genios: en su versión, es un apuesto visir quien se desposa con una inniyah que le da una hija que vive en el desierto hasta cumplir los veinte años, momento en que se reencuentra con su padre al seguir una caravana. En esa misma historia, acaba siendo reina después de cortarle la cabeza a un perverso rey asesino de muchachas, que en el relato de al-Kisai se llama Sharahil, y ocupa su trono.
La abubilla como mensajera en relación a la reina de Saba se encuentra mencionada también en la tradición judía. Así aparece en el libro de Ester, donde también se describen algunos de los acertijos que la reina le plantea a Salomón. En la literatura judeoyemení aparecen otras adivinanzas, de las que alguna he aprovechado.
Igual que los relatos árabes, también el libro de Ester parte de la base de que la reina era o descendía de genios. Sus piernas daban fe de ello. En la literatura cabalística acaba asimilada al espíritu nocturno Lilith y recibe definitivamente rasgos oscuros.