– Está bajando.
Tubba y Mujzen estaban arrodillados en una cornisa de piedra y miraban por encima del borde. La voz del mayor estaba henchida de triunfo.
– La absorbe el suelo del desierto.
Mujzen, con la cabeza inclinada, contempló la devastación que había dejado el agua tras de sí.
– Afrit llega y se va -masculló. Era una fórmula de oración habitual. La había pronunciado cientos de veces, pero ese día por primera vez comprendía su significado. Bajo ellos había madera y piedras en montones desordenados. El lodo fluía apático pendiente abajo. Mujzen vio que arrastraba el cadáver de un pájaro que iba dando lentas vueltas sobre sí mismo-. Aun así, será mejor que nos quedemos un rato más aquí arriba -dijo.
Tubba se levantó y asintió con la cabeza. Juntos emprendieron la vuelta a casa por la dura ruta de las alturas.
Los hombres de la tribu no los encontraron hasta horas más tarde. Se habían protegido en uno de los refugios de caza que utilizaban cuando perseguían al macho cabrío, como mandaba la tradición. Se trataba de una galería de piedra que había debajo de un gran saliente, en lo alto de una cresta. Era estrecha pero alargada, y proporcionaba cobijo para un gran número de hombres. Allí había herramientas, toldos. Incluso leños había apilados; el humo de las hogueras encendidas con ellos había atraído a Tubba y a Mujzen. A esas alturas, a mediodía, las llamas ya eran pálidas y transparentes. Algunos hombres secaban aún su ropa mojada. Otros se levantaron y fueron a recibir a los jóvenes. El anciano los abrazó y los estrechó en silencio contra sí. Ellos se dejaron hacer con la cabeza gacha. Muchísimas cosas les pasaron por la mente en ese instante. Por fin Tubba se apartó.
– ¿Y mi padre?-preguntó.
Nadie respondió. Al cabo, el anciano se aclaró la garganta.
– Afrit nos ha mostrado todo su poder -respondió Watar, adelantándose a él.
– ¡No! -gritó Tubba, y retrocedió de un salto.
Empezó a mirar a su alrededor, frenético, como si su padre fuera a aparecer en alguna parte sólo con que él buscara suficientemente bien.
Corrió de aquí para allá, estiró el cuello, apartó a los hombres de en medio, hizo ramas a un lado. Mujzen permaneció inmóvil, con la cabeza caída. A él se dirigió el anciano:
– No ha dejado que se lo impidiéramos. Aunque le he dicho que de momento era mejor quedarnos aquí arriba.
Alargó los brazos para consolar a Mujzen, pero el muchacho se apartó.
– Ha ido a buscar a Tubba -dijo en voz baja.
El anciano sacudió la cabeza.
– Os buscaba a los dos.
Mujzen no se dejó consolar.
– Peor aún -masculló.
Tubba regresó entonces. Tenía lágrimas en los ojos y el rostro transido de ira.
– Todo es culpa de ella -exclamó antes aún de que el anciano pudiera decirle nada-. De ella y de nadie más. Con sus estúpidos cuentos -Se dio un fuerte puñetazo contra la palma de la mano contraria-. Siempre nos trae desgracias.
Watar se adelantó un paso y le puso una mano apaciguadora en el hombro. Mujzen vio sus uñas amarillentas y resquebrajadas hundirse en la camisa de su hermano. El cuentacuentos le dirigió una mirada. ¿Era posible que estuviera sonriendo?
– Todo esto tendrá solución -dijo.
Simún caminaba hacia el saliente de roca con Shams a su lado. Su amiga se había recuperado un poco, después de la retirada de las aguas había logrado descender casi ella sola, pero luego había vuelto a apoyarse en el brazo de Simún, el suelo enfangado se le pegaba a los pies y los hacía muy pesados. Tenían la ropa, el cabello, todo empapado de agua, se les pegaba al cuerpo. Al fin llegaron a la roca, tambaleándose, y vieron unas manos que se extendían hacia ellas, rostros conocidos.
Simún dejó a Shams en brazos de su familia y después se arrodilló. Cayó exhausta allí donde estaba, agotada pero feliz. Todas aquellas personas estaban a salvo. Nada había sido en vano. Oyó con alegría los balidos de las cabras, la llamada lastimera de un camello, el familiar murmullo de los demás. Todo estaba bien.
Entonces sintió sed. No pudo evitar reír. Costaba creerlo. Acababa de escapar de la mayor masa de agua que había visto jamás, se había arrastrado hasta tierra seca y de pronto sentía justamente sed. Tenía que contárselo a Shams.
Alzó la cabeza.
– Por favor, ¿podría…? -empezó a decir.
Entonces vio los rostros de las mujeres de la tribu. La habían rodeado en un amplio corro silencioso. Sorprendida, abrió la boca para decir algo.
– ¡Mensajera de desgracias! -exclamó alguien.
Simún volvió la cabeza hacia esa voz, pero entonces se alzó otra:
– ¿Qué, ya estás contenta?
Su mirada vagaba con desconcierto de una a la otra.
– Sí… pero… ¿qué? -No lo entendía.
Una anciana apoyada en un bastón se abrió camino cojeando hasta llegar casi a su lado. Con la espalda encorvada se inclinó hacia adelante y la fulminó con la mirada.
– Lo hemos perdido todo: las tiendas, los enseres, el ganado.
– Somos mendigos -corroboró una nueva voz.
Una mujer robusta exclamó desde detrás:
– A mí me ha prohibido recoger mis enseres.
– A mí también.
– Ha espantado las cabras de Shams.
Alguien gritó:
– Yo he tenido que quitarle a un niño de los brazos. ¡Quién sabe lo que habría hecho con él si no!
– Pero todo eso no es verdad, ni mucho menos. -Simún oyó su propia voz como un grito que llegaba resonando hasta ella salido de una pesadilla-. Yo sólo quería ayudaros. ¡Shams!
Se puso en pie a duras penas para buscar a su amiga; seguro que ella hablaría en su defensa.
Pero la familia de Shams, que estaba débil y sin fuerzas, la apartaba de la perjudicial compañía de Simún y ella no ofrecía resistencia.
– Por tu culpa han muerto nuestros hombres -oyó tras ella.
– No… Yo… -Simún dio media vuelta. Se le saltaron las lágrimas y se frotó obstinadamente los ojos con los puños. Allí nadie la vería llorar. Colérica, alzó la cabeza y se enfrentó a la muchedumbre-. ¡Todo eso no es cierto! -exclamó-. Os habríais ahogado si yo no os hubiera advertido, y ahora queréis echarme en cara que el agua se os ha llevado un par de ollas. -Rio con crudeza.
– Mirad, y encima se alegra -graznó la madre de Hamyim.
– Puedes quedarte con nuestras ollas -gritó alguien-, pero devuélvenos a nuestros hombres.
– Sí, ¿dónde están, tullida?
– ¿Se los ha comido tu serpiente?
– ¿Los ha embrujado tu padre jinni?
La mofa y el temor se mezclaban en sus invectivas, unas con risa, otras con estremecimiento, pero juntas expresaban una ira inmensa, atizada por los miedos embalsados de la noche, que de pronto se desfogaban contra Simún.
– ¡Los has hechizado!
– ¡Tú tienes la culpa de todo!
La primera piedra le alcanzó en la barriga, casi sin fuerza. No era especialmente grande y no le hizo ningún daño. Sin embargo, Simún se quedó mirando el lugar donde le había impactado como si se le hubiera clavado una flecha mortífera. La segunda fue más certera, le dio en la cabeza y le dolió tanto que lo vio todo negro y alzó las manos en un acto reflejo. Como si ese gesto hubiese sido una invitación, la lluvia se precipitó entonces sobre Simún. Ella quería gritar, defenderse, pero el pánico la había dejado sin aliento. Miraba en derredor como ciega, incapaz de distinguir de dónde venia el dolor, y antes de saber lo que hacía ya había echado a correr. Apartó hombros a empujones, bajó tropezando del escalón de roca, sintió empellones, golpes, alzó las manos sobre la cabeza para protegerse y siguió corriendo. Sus pies no tardaron en chapotear en el agua, sintió el lodo escurridizo, resbaló, cayó y volvió a levantarse. Sin embargo, sus torturadoras ya la habían alcanzado. La alzaron y la zarandearon entre unas y otras de aquí para allá sin haber decidido aún qué hacer con su víctima.