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Aprendió mucho en las siguientes horas de su vida. Aprendió que las piedras podían colocarse unas encima de las otras, piedras tan lisas que la mano buscaba en vano una ranura entre ellas y el ojo no encontraba en su superficie un lugar para apoyarse. Que los muros podían superar con mucho la altura de un hombre, y se quedaba uno asombrado contemplándolos con la cabeza vuelta hacia arriba. Que las personas podían vivir tan apretadas como las langostas que se posaban a veces sobre los campos en perniciosas bandadas.

Las puertas de Marib daban al noreste y al suroeste, y estaban unidas entre sí por una amplia calle que dividía la ciudad en dos partes, una más grande y otra más pequeña. La pequeña estaba llena de edificios recubiertos con cal de conchas de un blanco reluciente, igual que la avenida misma. Allí vivían los sacerdotes, según le explicó su padre. Allí estaban los templos, a los que sólo los nobles tenían acceso cuando se celebraba alguna ceremonia.

– A nosotros nos corresponde un banco de piedra justo debajo de las columnas del patio -dijo, no sin orgullo.

El interior sólo podían pisarlo los reyes.

Al otro lado de la gran avenida se apretaba una angosta maraña de muros de barro rojizo, un laberinto de estrechas callejas, techadas en parte con hojas de palma, en las que vivían los campesinos y los artesanos de Marib. Pese a no ser de piedra, sus casas eran cualquier cosa menos modestas. Simún contempló con asombro cómo se apilaban unos pisos sobre otros, torres que se entrelazaban con los edificios más bajos, y de repente vio, boquiabierta, que unas cabras trepaban hasta un primer piso por una escalera exterior construida en un muro.

Lo que más la impresionó, con todo, fueron las columnas. Blancas y cuadradas, rectas y lisas. Así se elevaban en las fachadas de templos y palacios. Sobre ellas se extendía otra tumbada, y de nuevo otras más sobre ésta para sostener el tejado, todas igual de afiladas y sencillas. Cuánto no se diferenciaba aquello de las circulares cabañas que construían los pastores en algunos lugares con piedras sueltas. Aquello estaba moldeado con severidad, no había lugar para la casualidad, no había consideración para con la piedra. Aquello era obra de unos hombres que hacían frente al desierto, sobrios como él e igual de severos. A Simún le habría gustado bajar de la litera y tocar con las manos los cantos afilados. Hablaban de voluntad, de fuerza. Y de dureza.

Todo eso encontró Simún en el rostro de su madre.

Ya no le sorprendió que el interior de los edificios fuese tan anguloso como el exterior. Entró emocionada, siguiendo a su padre por un vestíbulo iluminado gracias a un tragaluz de alabastro cuya luminosidad lo sumergía todo en un resplandor mate, y luego por un patio interior rodeado de columnas, alrededor del cual se distribuían las estancias interiores. Su madre ya había sido informada de su llegada, igual que media ciudad. Yita se había mordido los labios al ver que sus jinetes les hablaban de la muchacha gacela a los curiosos.

También Dhahab los había oído.

– Muy acertado -comentó mirándose al espejo mientras supervisaba el trabajo de sus criadas, que la maquillaban y la enjoyaban-. Teniendo en cuenta que tiene pezuña en lugar de pie.

Las muchachas soltaron una risita, algo incrédulas; las más jóvenes intercambiaron miradas de alarma, pero apenas interrumpieron su actividad.

Dhahab recibió a su esposo como una reina y, como siempre, a él se le aceleró el corazón en cuanto la vio. En aquel entonces, cuando había regresado sin la niña, Dhahab había amenazado con abandonarlo si seguía acosándola con sus preguntas. Él había transigido, y no lo lamentaba. Aún seguía siendo hermosa, la mujer más bella que jamás había visto, unas cejas como cuartos menguantes, ojos resplandecientes, tez de alabastro y labios granate como el vino. Simún era verdaderamente su viva imagen, salvo por ese andar oscilante que dejaba una estela almizcleña. Eso sólo lo poseía Dhahab.

La mujer observó a su hija.

Simún le sostuvo la mirada. Yita estaba en lo cierto: en toda su villa no había visto a una mujer tan hermosa. El encanto de Dhahab, ya exuberante y al borde de la madurez, seguía siendo absoluto y hechizaba a todo el que la veía. También Simún se sintió atraída por ella al instante. ¿Y ella procedía de esa criatura maravillosa, a ella decían que se parecía? Qué placer debía de sentirse al ser estrechado por esos suaves brazos.

Sin embargo, sus ojos miraban con el brillo duro de las piedras preciosas. No expresaban ningún sentimiento, ninguna emoción. No había en ellos alegría por el reencuentro. Más bien ira, si es que algo así era imaginable. Dhahab no dijo una sola palabra.

Fue Yita quien se adelantó, abrió los brazos y las abrazó a las dos a la vez.

– ¿No es tu vivo retrato? -preguntó, y besó a ambas mujeres en la cabeza.

Dhahab pensó en su nombre, que significaba «tierra fértil», y en lo mucho que la había decepcionado. Ella, que había querido darle multitud de hijos a ese hombre al que siguiera incondicionalmente. Así le habría demostrado su valía y lo habría ligado a ella, una nómada apátrida, mediante algo más que con esa pasión infantil y perecedera que le profesaba. Hijos como él mismo, grandes y hermosos, y pronto poderosos también. Hijos de los que ambos pudieran sentirse orgullosos juntos. Jamás había pensado en hijas, y mucho menos en una tullida.

– Mírala bien -exhortó Yita, entusiasmado, a su mujer.

Y Dhahab miró, pero su mirada evitó a Simún, rodeó su figura y bajó hasta sus pies. Al ver el movimiento casi imperceptible con el que la muchacha quiso ocultar el pie izquierdo un poco por detrás del derecho, no pudo evitar sonreír.

También Yita sonrió entonces, complacido.

– Traed la comida -ordenó a las criadas, dando una palmada.

A la mesa, de nuevo, sólo habló él, pero no le resultó extraño en modo alguno, pues estaba acostumbrado a alardear de sus aventuras delante de Dhahab. Ella apenas si salía de la casa por miedo al sol y a lo que pudiera hacerle a su piel. Yita solía sacudir la cabeza con indulgencia y una sonrisa cuando la oía decir eso. Como si nada pudiera perjudicar a su belleza… «El sol palidecería de envidia», decía siempre, pero acataba su voluntad.

Dhahab lo escuchaba educadamente, con la cabeza un poco ladeada. Estaba siempre atenta y se ocupaba de que las criadas sirvieran más vino a su marido y dejaran los mejores bocados en su plato. Alzó la copa de alabastro y probó el vino con un sorbo para ver si la mezcla estaba bien hecha y tenía las especias que le gustaban a su esposo: almizcle, un poco de pimienta y mirra. Comía poco, separaba la carne del hueso con la punta de los dedos y bebía un gran trago de agua después de cada bocado. Sus ojos no se apartaron de Simún en toda la velada.

Ésta iba asimilando toda la opulencia que veía a su alrededor: la vajilla de alabastro, las grandes fuentes de cobre con ricas decoraciones, los tapices de las paredes y las tallas pintadas de los techos. La comida era más que abundante. Simún no se cansaba de comer carne asada, un placer que hasta entonces había disfrutado en contadas ocasiones, pues su abuelo era muy mayor para cazar y sólo sacrificaban cabras cuando ya no daban más leche y estaban viejas y correosas. Los cabritillos jóvenes casi siempre los cambiaban por artículos de primera necesidad.

Se lamió los dedos grasientos con gran placer. Una joven sirvienta le acercó entonces una fuente y se colocó tras ella con una jarra, expectante. Simún vaciló, no sabía qué tenía que hacer. Su padre le mostró que debía extender los dedos sobre la fuente y dejar que la criada vertiera agua sobre ellos. Después la sirvienta se arrodilló ante ella y le secó los dedos con un paño caliente que olía un poco a limón. Simún se dejó hacer con rubor.

Después llegó una garrafa de cobre con una bebida cuyo olor repugnó a Simún. Se alegró al ver que tampoco su madre probaba ese brebaje.