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Se apartó con cansancio los mechones húmedos de la cara. Todos aquellos almohadones la hacían sudar. Se sentía pesada como una piedra. Sí, había dormido, pero demasiado profundamente. Tampoco había soñado como solía, sueños ligeros y juguetones como los pies de las gacelas sobre la arena. No obstante, había visto algo. Simún se levantó y se quitó la holgada túnica que vestía de noche y de la que su padre había dicho que estaba hecha de un tejido que venía del otro lado del mar, de una tierra llamada Egipto. Simún comprendía ya mejor esas cosas, sabía de los mares y de los países que había a sus orillas. Sabía también que Egipto compraba el incienso que procedía de Hadramaut y que, al gravarlo con aranceles, tanto enriquecía a Saba.

Pensó en todo lo que había aprendido mientras el camisón resbalaba hasta el suelo y se abombaba a sus pies. Dio un paso para salir de él y avanzó después descalza sobre el suelo de piedra. Su frescor le sentaba bien. Se acercó a la hornacina en la que guardaba el aguamanil de cobre, alzó la jarra y la inclinó con cautela. Quedaba muy poca agua. Levantó la reja de la palangana. Debajo había un líquido caldoso sobre cuya superficie se formaban estrías aceitosas. No, no podía reutilizar el agua del día anterior.

Dirigió una mirada dubitativa hacia la puerta, donde su sirvienta dormía en una estera, cubierta por una fina manta. Otra novedad a la que Simún tenía que volver a acostumbrarse cada día. En la tienda tampoco había dormido sola, pero esa muchacha la seguía con los ojos a todas partes.

– Para que pueda leer en ti todos tus deseos -le había dicho su padre cuando fue a quejarse ante él y, sonriendo, le había pellizcado la mejilla.

Simún había correspondido a su sonrisa, pero tenía sus dudas. La criada había servido antes a su madre, y estaba segura de que Dhahab se enteraba por boca de ella de todo cuanto sucedía en los aposentos de su hija.

«¿Qué puede interesarle tanto? -pensó Simún-. De todas formas no hago prácticamente nada, encerrada como me tienen. Nada más que aprender y aprender. Pronto no quedará nada que no sepa sobre esta ciudad. Y eso que todavía no me han dejado verla.»

Su mirada ascendió esperanzada hacia el tragaluz, pero a través de su turbia superficie sólo se vislumbraba la luz del día que reinaba fuera. «Hasta ahora no he dado ni un solo paso en la ciudad ni en el oasis. Además, ¿por qué iba a interesarle nada de eso a ella?» Lo pensó así: «ella», no «madre». Ni una sola vez había llamado así a Dhahab, ni siquiera en sus pensamientos más secretos. «De todas formas siempre hace como si no estuviera.» Aunque no era de extrañar. «Ya se deshizo de mí cuando era una niña porque soy fea, y no se alegra precisamente de volver a tenerme a su lado, el recordatorio constante de que algo tan deforme pueda haber salido de su cuerpo perfecto.»

Simún miró a la muchacha, que no se movía y parecía dormir todavía bajo su manta. Su brazo desnudo sobresalía extendido más allá del borde de la estera de cañas. Simún le dio la espalda. Cogió un paño, lo empapó con el agua que quedaba en la jarra y se refrescó la cara y el cuerpo lo mejor que pudo. Después se puso un vestido de amplias mangas en forma de bolsas y anchas franjas de diferentes tonos de rojos suaves. Al abrir la puerta con cautela y pasar por encima de su sirvienta, oyó su respiración y se detuvo un instante. La muchacha estaba despierta, lo percibía en su forma de inspirar. Simún la miró a la cara y vio que sus párpados temblaban de tensión.

«Sí, claro, para leerme los deseos en la mirada -pensó-. Explica bien todo lo que has oído esta mañana.» Cerró tras de sí con un portazo innecesario.

– Ay, paloma mía. Que Yasmin haga florecer todas tus mañanas.

Su padre se levantó al verla entrar y le dio un beso en cada mejilla. No podía evitarlo, su belleza siempre le aceleraba el corazón, en especial cuando vestía prendas holgadas, como en esa mañana, y dejaba que su melena, un vellocino negro azulado, se derramara suelta por su espalda y brincara en rizos juguetones alrededor de sus caderas.

Entró entonces una criada sosteniendo por una cadena un recipiente de cobre que emanaba un sahumerio que prácticamente los envolvió en una nube de incienso. Simún, paciente, dejó que la mujer le alzara el dobladillo del vestido para balancear el incensario allí debajo y que todos los rincones de su cuerpo quedaran perfumados por el humo. Después respondió al abrazo de su padre y a su saludo matutino.

– Tomemos el desayuno fuera, junto al estanque -propuso-. Quisiera ver al menos un pedazo de cielo abierto.

Yita arrugó la frente, pero le concedió su deseo. Las ansias de libertad de su hija lo tenían preocupado. Lo achacaba a la larga costumbre de vivir en el desierto y se consolaba pensando que algún día se le pasaría. Pronto se aclimataría a esa «vida entre piedras», como la llamaba ella a veces en sus protestas. Él quería protegerla como a los lirios del estanque del patio, que alargaban sus blancos cálices por entre las rosas rojas. Cortó uno para Simún antes de sentarse.

La muchacha lo aceptó con una sonrisa y acercó a él la nariz para inspirar su denso aroma. Cómo adoraba ese patio, era un paraíso, con sus aguas calmas y relucientes, y el juego de sombras de la fronda de las palmeras, que estiraban sus hojas hacia el cielo azul entre las vigas de madera. La silvestre exuberancia de las capuchinas, cuyos zarcillos salpicados de relucientes flores color naranja intentaban encaramarse por las columnas de piedra y les restaban así parte de su severidad. Las rosas, los femeninos semblantes jóvenes de las pasionarias y los cálices purpúreos del hibisco, alrededor del cual zumbaban innumerables insectos que se saciaban con su polen dorado.

Yita y Simún se sentaron en un banco de piedra cubierto de cojines y contemplaron las sendas tornasoladas que dejaban sobre el agua las alas de las libélulas. Las criadas sacaron una mesa de madera, tortas de pan especiado, frutas, leche de cabra caliente para Simún, y para su padre una bebida suave de aguamiel con la que brindo por las zumbadoras abejas.

– Sabuk -dijo, y cerró los ojos con satisfacción al sentir el primer trago en su garganta-. Nada mejor que una suave embriaguez matutina, clara como la luz del sol y ligera como el viento del alba.

– Padre, quiero visitar la ciudad.

Yita abrió otra vez los ojos con resignación y miró a su hija. Alzo sus manos de largos dedos para subrayar algo que le decía cada vez más a menudo:

– No puede ser -contestó-. Almaqh sabe que lo lamento, pero así ha de ser, por tu protección.

– Pero ¿de qué me proteges? -espetó Simún, indignada-. ¿De las impertinencias de Shamr, de las que nadie quiere hablar?

Soltó un bufido.

Nadie había querido explicarle aún qué era aquello tan espantoso que sucedía con Shamr, el mukarrib. Cuando hablaba de ello, las criadas de la casa no hacían más que gestos pudorosos para que lo dejara correr, y Simún era demasiado orgullosa para seguir interrogándolas a espaldas de su padre.

– Por favor, Simún, este asunto ya lo hemos…

La muchacha interrumpió a su padre poniendo un pie encima del banco:

– ¿No bastará con mostrarle esto? -exclamó.

Yita agarró su pie con ambas manos, cariñosamente aunque con fuerza, y no dejó que Simún se zafara de él. Antes de que su hija pudiera reaccionar, posó en su extremidad un suave beso y volvió a esconderla bajo la mesa.

– No ofendas así a tu madre -dijo entonces, despacio-, que siempre ha querido lo mejor para ti.

El semblante de Simún expresaba duda, así que Yita añadió:

– Su sensatez la hizo alejarte de aquí. Jamás pensó en sus propios sentimientos, sino únicamente en tu seguridad. Ahora lo veo, ahora que el peso de ser responsable de ti recae sobre mis hombros, veo que fui un insensato dejándome llevar por mi egoísmo al traerte de vuelta, y a veces me pregunto…