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– ¡Padre, por favor! -exclamó Simún, que ya había oído aquello muchas veces, pero aún seguía rebelándose ante la idea de que su padre se reprochara nada por culpa suya.

Yita se sintió flaquear. Se irguió y, con una voz diferente, más optimista, prosiguió:

– Pero si ya lo sé… Además, he pensado una cosa. Iremos de excursión a la presa. -La presa le parecía lo suficientemente alejada de la ciudad y de todos sus rumores.

Los ojos de Simún se iluminaron nada más oír eso. Yita se sumergió en su resplandor. Más animado, empezó a hablarle como tantas otras veces de esa obra maravillosa:

– Seiscientos hombres dándose la mano no bastan para medir su extensión de un bastión a otro -alardeó y, contagiado por el entusiasmo de su hija, explicó que esas edificaciones laterales se habían construido con piedra mientras que el dique, por el contrario, estaba compuesto de tierra y grava, pero todo él recubierto con losas de piedra-. Podrás caminar sobre su corona -prometió-. También te enseñaré el embalse, que está preparado para que el agua allí estancada no forme muchos remolinos. Está todo hecho con mucho ingenio, tienes que verlo.

Simún escuchó todas las explicaciones encandilada. Partía grandes trozos de la torta de pan y los mojaba en la leche para morder la masa empapada.

– ¿Iremos también al oasis? -preguntó con la boca llena.

Yita asintió.

– De todas formas tengo que ir allí. Hay que arreglar un desacuerdo con nuestro vecino por el mantenimiento de la esclusa que bifurca los canales que van a sus huertos y los que van a los míos. El dice que se encuentra en mi terreno, pero yo digo que nos concierne a ambos, de manera que él debería participar también en la reparación, o se quedará sin agua.

Simún asintió y siguió escuchando. El caudal del discurso de Yita se agotó al fin.

– ¿Estás contenta? -le preguntó su padre en el silencio que siguió. Cuando Simún asintió, él alzó un dedo-. Eso pensaba, y por eso te he traído un regalo para este día tan especial. -Estaba exultante por la expectación.

Simún se enderezó.

– ¿Un regalo?

Yita ya había dado una palmada. Una sirvienta llegó con pasitos presurosos y le entregó un fardo envuelto en tela que él dejó en el regazo de Simún. La muchacha lo abrió con curiosidad.

– Estarás preciosa con ellas. -Yita, alegre, volvió a levantar la copa-. Que no se diga que mi hija no lo merece todo.

Simún alzó el regalo por las correas. Eran un par de sandalias de diseño desacostumbrado, lo cual compensaban con su belleza. Estaban decoradas con una lámina de oro en forma de media luna y abundantes incrustaciones de ágatas. Eran un par de zapatos dignos de una reina, y Simún comprendió enseguida que ocultarían la deformidad de su pie. «Escóndete -le susurraron-. A partir de ahora escóndete.»

– Bueno, ¿qué te parecen? -preguntó su padre.

Simún abrió la boca.

En ese momento llegó Dhahab. Vio el caro calzado en las manos de su hija y arrugó la frente.

– ¿De modo que ya lo sabes? -dijo.

Yita alzó la mirada con sorpresa y Dhahab levantó la pequeña vara guarnecida con plumas que había traído el mensajero del templo unos momentos antes. En su madera había grabado un pequeño mensaje.

– Shamr ha preparado una ceremonia. Dice que las segundas lluvias se están haciendo esperar. Los dioses de las tribus deben reunirse para invocarlas. Tenemos que ir.

Yita dejó su copa.

– ¿Que se están haciendo esperar? -protestó-. Pero si estamos en la primera luna de las abejas. Todavía hay tiempo de sobra antes de…

Enmudeció al ver la expresión de su mujer, que no dejaba lugar a protestas ni a excusas. El hombre se cubrió el rostro con las manos y, quejumbroso, exclamó:

– Ha sido mi orgullo lo que nos ha puesto en esta situación.

Dhahab no hizo caso de su lamento y le quitó a Simún las elegantes sandalias de las manos con las puntas de los dedos.

– Mejor harías cubriéndole el rostro -dijo después de haberlas inspeccionado en detalle, y las tiró al suelo.

Yita se lamentó, aún oculto por sus manos.

Simún no hacía más que mirarlos a uno y a otro.

– ¿ Queréis decirme de una vez qué es lo que sucede con Shamr?

CAPÍTULO 16

Rostros de alabastro

Simún estaba sentada como una estatua mientras su doncella la vestía. En su interior resonaba aún lo que acababa de oír. Lo sabía, desde el principio había temido no haber logrado escapar de Afrit. Los hombres de Marib habían construido una presa, no cabía duda, un muro que contenía sus riadas y hacía frente a su poder. Como contrapartida, no obstante, dejaban que el demonio viviera entre ellos y les robara a sus hijas sin que hiciera falta ninguna ceremonia de sacrificio.

Simún temblaba tanto que sus pendientes de plata tintineaban, pero no temblaba sólo de miedo, también temblaba de rabia. ¿Cómo permitían algo así? No lo entendía, y menos aún porque los habitantes de Marib para ella no tenían rostro, no eran más que contornos, vagas existencias al otro lado de los muros de su hogar. Todavía no se había visto cara a cara con ninguno de ellos. Yita, también Dhahab y los hombres de la caravana -¿cómo se llamaba aquel que al final le había lanzado unas miradas tan ardorosas? ¿Shahrar?-, ¿cómo podían permitirlo, si es que les corría sangre por las venas, y por tanto vida, orgullo, compasión? ¿Cómo podían resignarse a algo así?

Le habían explicado que cada vez que Shamr veía a una muchacha que le gustaba, ordenaba que se la llevaran a palacio para desposarse con ella. Al principio las familias de la nobleza habían sentido un gran orgullo cuando la elección recaía en su casa. La primera ocasión, la segunda. Sin embargo, enseguida empezó a surgir la desconfianza, y tras ella el miedo, pues cada vez que se consumaba el matrimonio, la joven novia moría. A veces sucedía ya la primera noche, a veces tras unas pocas semanas. Los habitantes de Marib habían querido creer en casualidades, en enfermedades, en una maldición. Hasta que al final, aterrados ya, reconocieron que la maldición era el propio Shamr.

Nadie sabía muy bien cuáles eran sus apetitos, pues los cadáveres de las muchachas eran devueltos siempre a la familia listos para ser enterrados: apretadamente vendados en vainas de tela recubierta de resina que ya no podían abrirse sin estropear los amuletos allí inseridos, que eran imprescindibles para las almas de los muertos en el más allá. Todas habían recibido un abundante ajuar mortuorio de pequeños objetos de cobre, miniaturas de los enseres del hogar: calderas, joyas, altares con los que hacer más cómoda su vida en el más allá. Las familias las habían recibido con la cabeza gacha y habían dado sepultura a sus cuerpos en uno de los grandes mausoleos de las afueras de la ciudad.

Allí yacían todas, unas junto a otras, con un pedazo de arcilla atado al cuello en el que se leía su nombre. Sus rostros de alabastro miraban desde los muros exteriores en pequeños altares del recuerdo, pálidos y desconcertados como los parientes que habían dejado atrás y que quemaban allí incienso por ellas.

Las criadas le hicieron a Simún unas trenzas que colocaron con gracia sobre su cabeza. La cubrieron con un pañuelo, un velo casi transparente, tan tenue como la esperanza de la sonrisa de su padre, que entró entonces.

– ¿Estás lista? -preguntó.

Simún se puso en pie. De pronto él dio un paso para acercarse a ella y la abrazó con tanta fuerza que sus pendientes tintinearon al balancearse.

– Es culpa mía-susurró Yita-. Habría hecho mejor ocultándote. Habría sido mejor desfigurarte con mis propias manos. -La soltó y se miró los dedos-. Tendría que haberte enviado lejos de aquí, como hizo tu madre. Ella fue mucho más lista que yo, más fuerte… -Se quedó sin voz.

Simún le estrechó las manos entre las suyas. Le pasaban tantas cosas por la cabeza, habría podido aducir tantos atenuantes a sus preocupaciones… pero no consiguió que salieran de sus labios.