– Estoy lista, vayamos -dijo, nada más.
Su padre la miró con asombro. Su voz era tan serena, tenía el rostro tan tranquilo y contenido, que también Yita se calmó. Las pronunciadas arrugas que acababan en las comisuras de sus labios se hicieron algo más profundas; su mirada, más severa. Asintió y salió tras Simún con la mano en la daga que llevaba al cinto.
Media ciudad iba de camino al templo esa mañana. La litera de las mujeres de la casa de Yita avanzaba balanceándose despacio, hasta que logró cruzar las puertas de la ciudad. El camino transcurría entonces por un pedregal y serpenteaba luego por entre los huertos de Marib.
Así como en las calles el calor caía como un puño sobre los toldos de tela, allí soplaba una suave brisa bajo las palmeras. La luz y las sombras jugaban con las colgaduras, sobre los vestidos danzaban lunares de sol que destellaban a porfía con las joyas de las mujeres. Simún oía el murmullo del agua en los canales, olía la tierra húmeda y saciada, el aroma de las flores. Quiso asomarse, pero Dhahab se lo impidió.
Seguían formando parte de la larga y colorida comitiva que serpenteaba hacia el templo. Se oía música, tambores y flautas, procedente de las caravanas donde viajaban los dioses. Cada una de las tribus que residían en las inmediaciones llevaba consigo a su patrón protector. De madera ancestral y con los grandes ojos pintados bien abiertos, las divinidades viajaban junto con los hombres. Llevaban joyas como éstos, estaban maquillados, perfumados, envueltos en telas y sentados en literas cuyas colgaduras los protegían de miradas profanas. Bamboleándose a lomos de sus camellos, se acercaban a las columnas rectangulares del templo de Baran, a cuyo poder también debían presentar sus respetos.
Los árboles fueron haciéndose cada vez más a los lados, como si fueran un telón que se abría, y dejaron ver el templo. La bulliciosa muchedumbre se había reunido a la entrada del patio de columnas. Simún sacó un pie de la litera y lo posó en un bancal de cebollas pisoteado. Su madre la hizo avanzar entonces por el camino procesional que, entre fogones y tenderetes de comida, conducía al interior del recinto.
– La mayoría se queda aquí fuera -le susurró Dhahab al oído.
Ordenó a las sirvientas que las esperaran en la linde de un barrizal, entre campesinos y ganado. Simún entró en el patio boquiabierta. Igual que Dhahab, no salió de la sombra de la galería y avanzó junto a los altares y las inscripciones sagradas que decoraban los muros, acariciando aquí y allá el bronce de alguna estatua con un dedo furtivo, correspondiendo a la mirada muda de los pétreos machos cabríos de los frisos y contemplando los bancos de alabastro que relumbraban a la luz del sol y en los que poco a poco se iba sentando la gente.
– ¿Cuál es nuestro sitio? -preguntó.
– Delante del todo. -Dhahab intentó decirlo como de pasada, pero era imposible no percibir en su voz lo adulada que se sentía-. Tu padre es de los pocos que pueden entrar. Llevan a los dioses hasta el santuario para que allí hablen. -Se inclinó más hacia Simún-. Me ha confesado que se sientan en unos bancos muy parecidos a los nuestros, y que desde las paredes los observan antílopes.
Parecía muy orgullosa de ese conocimiento. Simún contempló con concentración la oscura entrada que llevaba al recinto interior del templo, zona prohibida para ella y para la mayoría de los mortales. Por mucho que se esforzase, no obstante, no distinguía nada.
– ¿Qué hay allí dentro? -preguntó mientras seguía dócilmente a Dhahab y se sentaba en el banco indicado.
Tampoco desde más cerca dejaba ver nada la entrada del santuario. Simún percibió un olor a incienso y una ráfaga helada que le provocó un escalofrío.
– Eso sólo lo saben los sacerdotes -susurró Dhahab-. Y el mukarrib. Sólo él puede pisar el sanctasanctórum.
Simún tuvo que reprimir una exclamación; una sombra había salido del negro rectángulo de la puerta. Vio entonces que era un hombre negro como la noche. ¿Cuánto tiempo llevaría allí de pie sin que ella hubiera reparado en él? Cuando se quitó la capa, su blanca vestimenta sacerdotal brilló como la luz del sol.
– Bayyin -explicó Dhahab, no sin complacencia-. Es impresionante, ¿verdad? -Tuvo que bajar la voz, ya que el sumo sacerdote pasó en ese momento junto a ellas para dirigirse hacia la procesión de divinos visitantes. Simún vio entonces a su padre, una de las cuatro fabulosas figuras que sostenían la litera de Almaqh sobre los hombros, por encima de sus cabezas, y que la hacían desaparecer tambaleándose en el interior del templo-. Shamr lo hizo venir desde una tierra del otro lado del mar tras el que está Egipto. Lo llaman el Rojo, pero tu padre me ha asegurado que es tan azul como cualquier otro mar.
– A lo mejor se volvió rojo por la sangre de las batallas -repuso Simún, también en un susurro.
Dhahab hinchó las narinas con dicha.
– Cierto es que han luchado, y el incienso de allí nos pertenece ahora a nosotros.
Simún asintió con vaguedad. El tributo llegaba una vez al año en barcas de cuero, enviado por los sabeos que habitaban allí en una fortaleza y que defendían con sus armas la gloria de Shamr. Sin embargo, los botes eran pequeños, el mar por el que llegaban era ancho y la tierra negra del incienso, lejana. Aun así, su riqueza los anudaba con delgados hilos al reino de Saba. Todo eso lo sabía, pero lo que sucedía frente a ella en ese momento la tenía más fascinada.
Bayyin había extendido los brazos y entonaba un cántico. Una procesión de muchachos marchó entonces en fila de a dos hacia él. Algunos eran negros como el sacerdote, otros tenían la piel más clara y la nariz curvada de las gentes de Marib.
– Shamr los trajo a todos consigo -siguió susurrando Dhahab, que paseaba la mirada por sus jóvenes cuerpos, no sin placer-. Antes, sólo los hijos de las primeras familias desempeñaban esas atribuciones, pero no son tareas compatibles con el honor de un guerrero. Hay que hacer mucho trabajo de escriba y encargarse también del servicio de los difuntos, así que se lo hemos dejado con gusto a los esclavos. ¿No son una maravilla las medias lunas de cobre que llevan en la frente?
Simún volvió la cabeza. El plural del «hemos dejado» de la explicación de su madre la molestó, pero comprendió entonces que Dhahab se consideraba parte de la nobleza de Saba, cuyos representantes se concentraban en la capital, Marib. Iba a comentar que ni Dhahab ni ella misma pertenecían a ese ilustre círculo, pero la inquietud que percibió entre los espectadores se lo impidió.
Bayyin se colocó en el umbral del templo, cuya oscuridad se había tragado también ya a sus jóvenes ayudantes. Su mirada, perdida a lo lejos, cautivaba al público. A Simún no le pareció un hombre que perteneciera a otro, por mucho que Dhahab lo hubiera llamado esclavo. Oyó suspirar a la muchedumbre cuando Bayyin alzó su voz. Tenía la atención de todos. ¿De veras habían renunciado a eso los sabeos por una existencia de guerreros?
– Sé bienvenido -retumbó la voz del sumo sacerdote-. Sé bienvenido, poderoso señor. Sé bienvenido, dador de bendiciones. Tú que vences al dragón. Tú que liberas al cielo. Sé bienvenido, tú que llenas el vacío de este lugar. Lo que era de piedra, cobre vida.
Simún notó que los presentes habían contenido el aliento, como si esperaran que las cabezas de todas las estatuas fueran a ponerse a hablar. Se inclinó hacia Dhahab:
– ¿Qué ha querido decir con eso del dragón? -preguntó en voz baja.
– Así llaman aquí a Afrit. Chsss, estate callada.
El sumo sacerdote bendijo al rey y a los asistentes. Simún estiró el cuello para ver mejor a Shamr. Estaba tan cerca que podía inspirar el fuerte olor que desprendía la piel de león que llevaba sobre los hombros. Oía cómo golpeteaban sus garras contra el suelo cuando el mukarrib se movía, obedeciendo a la ceremonia. Sin embargo, sólo lograba ver su ancha espalda y el recio pelo negro que le caía en rizos alrededor de la cabeza, goteando bálsamo.