Bayyin pronunció sus bendiciones ceremoniales con voz ronca y un susurro recorrió entonces todo el patio. Dhahab tiró del brazo de Simún hasta que ésta comprendió que tenía que levantarse y se puso en pie temblando un poco a causa de la inseguridad.
– Cuidado -siseó Dhahab-, se me ha enganchado el brazalete. -Simún sintió un tirón y un leve empujón-. Pon atención -oyó que decía aún Dhahab, y el velo que cubría a Simún resbaló entonces.
En ese momento, Shamr se volvió.
Simún ya se había enfrentado a depredadores cuando recorría las montañas con sus rebaños. De haber tenido consigo su cayado de pastoreo, lo habría asido con fuerza. Sólo sus puños vacíos se cerraron. Los ojos de Shamr eran grandes y húmedos; su mirada lamía como una lengua, pero Simún no volvió la cabeza. Los dientes del mukarrib eran de un blanco resplandeciente, grandes y rectangulares, dientes poderosos, hechos para destruir hueso. La muchacha comprendió que le gustaría devorar su carne. Que olfateaba la sangre, el sudor. Que veía tendones que podría desgarrar y huecos cálidos que podría abrir con sus manos. Tenía unas manos grandes, de dedos cortos y gruesos. En el dorso le crecía un vello muy negro. Simún lo vio cuando alzó la mano haciendo un gesto indeterminado en dirección a ella.
No se movió. Le sostuvo la mirada como esculpida en piedra y apartó a Dhahab, que intentaba a toda prisa volver a cubrirla con el velo.
Shamr gruñó algo y después desapareció en el interior del templo.
Simún parpadeó. Fue Dhahab quien tiró de ella para que volviera a sentarse.
– ¿Qué ha dicho? -preguntó su madre, exaltada y sin aliento.
Simún sacudió la cabeza.
– No lo he entendido -respondió, y miró a Dhahab a los ojos.
En su rostro luchaban sentimientos contradictorios. Simún vio la victoria en sus ojos abiertos y maquillados, pero también temor. Su madre parecía una niña que había comido miel a escondidas y que de pronto se veía delante de sus padres sin estar muy segura de si darían crédito a sus excusas.
Dhahab intentaba serenarse tras ese momento de agitación, pero las manos le temblaban tanto que no lograba volver a cerrar en su muñeca el brazalete que se le había abierto luchando con el velo de Simún. Al cabo, su hija alargó la mano, tomó la pequeña varilla de plata que se había doblado y volvió a meterla por los ojales del ancho aro.
– No temas -le dijo entonces, tranquila, casi como para consolarla.
Dhahab alzó la cabeza con alarma. Escudriñó el semblante de su hija, dispuesta a atacar aunque sin alterarse.
Simún sonrió con amargura. En las comisuras de sus labios se formaron débilmente las mismas arrugas que tan fuertes y regias adornaban el rostro de su padre. Dhahab las reconoció y apretó los dientes sin darse cuenta.
– No temas -repitió Simún-. Puede que no sepas exactamente lo que acabas de hacer. Pero yo sí.
CAPÍTULO 17
Shams partió la torta de pan en pequeños trozos y los echó en un cuenco de leche caliente. Después se lo acercó a Arik, que estaba sentado en silencio junto al fuego.
– Come, venerable padre -dijo, bajando ligeramente la cabeza.
El viejo alzó la cuchara de palo con vacilación y la hundió en la sopa. Todo sucedía espantosamente despacio: sumergía la cuchara, encontraba un trozo de pan, lo alzaba con temblores, se lo llevaba a la boca, la cuchara goteaba y perdía la carga. Shams casi enloquecía de impaciencia al tener que contemplar el tembloroso proceso, pero lo seguía todo sin perder detalle. Mientras tanto, sus pensamientos volaban lejos de allí. Mujzen ya debía de haber entrado en la tienda de su padre. Se habrían saludado y se habrían sentado ya. Seguro que su hermana mayor les estaría preparando un té.
Arik gimió. Había perdido el pan poco antes de llegar a su boca. Al caer en la sopa de leche le había salpicado y le había manchado la ropa. De nuevo inició la cuchara el largo camino hasta el cuenco.
Shams lo limpió, aunque con la cabeza en otra parte. Mujzen comenzaría su discurso con las palabras que habían convenido. Llamaría al padre de ella «señor de muchos camellos», eso le gustaría. Después darían comienzo las negociaciones. La exaltación amenazaba con apoderarse completamente de la muchacha, que cruzó los dedos con fuerza y cerró los ojos sin moverse de donde estaba sentada, tensa, oyendo cómo sorbía Arik. Cuando volvió a mirarlo, vio que le caían gotas de leche por la barba rala.
Con un suspiro, cogió el paño, se las limpió y se obligó a sonreír.
– No pasa nada, señor de muchas cabras. ¿Te gusta la leche?
Arik masculló algo sin mirarla. Sobre sus cabezas zumbaban las moscas.
Una eternidad después se oyeron unos pasos que se acercaban a la tienda. Shams se levantó de un salto, con tanto ímpetu que casi volcó el cuenco. Extendió los brazos, pero volvió a dejarlos caer. El rostro de Mujzen le había dicho lo suficiente, no necesitaba preguntarle cómo había ido la conversación con su padre.
Volvió a sentarse con calma aparente. Mujzen tomó asiento junto a ella, vio cómo le quitaba dulcemente a Arik la cuchara de la mano y empezaba a darle de comer con movimientos metódicos. La miraba con mala conciencia, pues en realidad ya no tenía derecho a seguir haciéndolo. Había fracasado; una vez más, no lo había conseguido. Sin embargo, no lograba dejar de mirarla. Qué dulce era, qué afable y paciente. Tubba y su familia podían decir lo que quisieran, que estaba demasiado flaca, que era una enclenque. Para él era la muchacha más guapa de la tribu. Adoraba su piel clara y las oscuras sombras de debajo de sus ojos, que casi relucían en tonos azules. Se parecían a la cara interior de las conchas, y sus ojos eran las perlas que guardaban en su interior, redondos y con un brillo amable como la luna. Le encantaba que su melena brillara al sol adoptando un tono rojizo, reflejos como de cobre que a él le parecían valiosísimos.
Mujzen no pudo evitarlo, alargó los dedos y le apartó el pelo de la cara con ternura. Shams no dejó de hacer lo que estaba haciendo, pero en sus ojos aparecieron de pronto lágrimas.
– ¡Shams! -exclamó Mujzen, angustiado.
La muchacha sacudió la cabeza y se frotó la cara enérgicamente.
– ¿Qué ha dicho? -preguntó.
De nuevo llevó la cuchara a los labios de Arik, que se cerraron sobre ella sorbiendo ya.
Mujzen le dirigió una mirada rauda y espantadiza al viejo.
– Las arras no le han parecido suficiente. -Se encogió de hombros.
Shams se tragó su decepción y siguió dando de comer al viejo con una concentración casi furiosa.
– ¿Tampoco con las cabras de Arik? -preguntó.
Casi sonrió sin remedio al recordar cómo se las había ofrecido el abuelo de Simún. Desde que su nieta no estaba, Shams había ocupado su lugar, le servía el té al viejo por las mañanas, llevaba a sus cabras a los pastos y por las tardes le hacía un poco de compañía. Su familia no lo veía con buenos ojos, pero era un acto de caridad que agradaría a los dioses y contra el que poco podían decir. Shams, además, no se dejó disuadir. Mujzen se unía cada vez más a menudo a ellos por las tardes como huésped de Arik, junto al fuego, y así la tienda del viejo se había convertido en el lugar de sus reuniones secretas.
Shams no había imaginado que el viejo se diera cuenta todavía de lo que sucedía a su alrededor. Tras la desaparición de Simún se había hundido al fin en la ancianidad, trémulo, quebradizo, completamente encerrado en sí mismo y en sus recuerdos. Shams iba a hacerle compañía, ante todo, porque en ello encontraba un último vínculo con la amiga perdida con la que, sin embargo, había cumplido de una forma tan deficiente. Quería compensarlo con Arik.