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Así las cosas, una tarde el viejo les había ofrecido sus rebaños con voz resquebrajada para que los añadieran a las arras con que comprar la mano de Shams. Los dos jóvenes lo habían abrazado, felices y avergonzados. Shams había duplicado el afán con que cuidaba de él. Mientras el té se hacía, lo mantenía al corriente de todos los acontecimientos del pueblo, le llevaba dulces hechos por ella y limpiaba la casa con tanto celo como si fuera ya su propio hogar y viviera en él con Mujzen. Su amado y ella estaban de acuerdo en acoger al viejo Arik.

Sin embargo, el padre de Shams se había negado. Mujzen sacudió la cabeza en respuesta a su última pregunta y bajó la voz antes de decir:

– Las cabras de Arik, ha dicho, implican aceptar al propio Arik. -Señaló con la cabeza al viejo-. Dice que la carga sobrepasa al provecho.

Shams, sobresaltada, le puso un dedo sobre los labios. Mujzen parecía sentirse culpable, pero no había hecho más que contestar a su pregunta. Después, sin embargo, aferró sus dedos y empezó a besarlos uno a uno con dulzura. Shams lo miraba con grandes ojos y tiró la leche de la cuchara que aún sostenía con la mano derecha.

– Mujzen… -Apenas logró pronunciar su nombre.

Como si eso hubiera sido una señal, el joven la abrazó con fuerza y buscó su boca. Aún recordaba lo mucho que había dudado la primera vez, cuando creía que tal vez el diente que le faltaba pudiera darle asco, o espanto. El miedo había hecho que sus besos fueran suaves, y así habían inspirado en Shams el valor para corresponderlos. Esta vez, no obstante, se entrelazaron con una impetuosidad desesperada.

Al separarse, Mujzen dijo:

– Nos marcharemos.

Respiraba con pesadez. El corazón le palpitaba con fuerza, de pasión y de miedo a partes iguales.

Era un gran propósito el que había expresado con esas palabras, no más grande que su amor, pero puede que sí mayor que sus fuerzas.

Su realización, en la que apenas se atrevía a pensar, sobrepasaba en mucho la capacidad de su imaginación. Hasta entonces sólo una persona se había atrevido a hacer algo así, y había sido Simún, y Simún siempre había sido especial. El, por el contrario, no era más que Mujzen.

Para su sorpresa, Shams asintió con la cabeza y le puso una mano en el corazón.

– Sí -accedió-. Eso haremos.

Por primera vez miró el sereno rostro de la muchacha a la luz del fuego.

Ahora que ya lo habían dicho en voz alta, empezaron a acordar todos los detalles. Mujzen sabía qué dromedario elegiría para cada uno. Aunque él no era muy buen jinete, sí conocía como nadie los animales de su padre. Con los que tenía en mente, sin duda alguna lograrían atravesar el desierto.

Juntos decidieron cómo reunirían en secreto las provisiones y cuál sería el mejor momento para partir. Sólo dejaron para el final una pregunta:

– ¿Hacia dónde iremos?

Fue Shams quien la pronunció. Mujzen apretó los labios, ése era el punto flaco de sus planes. De ello dependía todo, pero no conocía la respuesta.

– Hacia donde se marchó Simún -se respondió Shams a sí misma, y de pronto se echó a reír-. Por supuesto, iremos a donde fue ella.

Asió las manos de Mujzen, pero el joven meneó la cabeza.

– Simún está muerta -repuso, negándose. Y, en voz más alta, repitió-: Está muerta.

¿Cómo iba a ser de otra forma? Aquel día habían sido valientes, pero también unos necios y unos crédulos. Ya era hora de reconocerlo, como también que sus planes eran un disparate.

– No, no lo está. -La voz era débil, ronca, pero inconfundible. Hacía mucho que no la oían.

– ¡Arik!

Shams se volvió hacia el viejo con sobresalto. Se había olvidado por completo de él. Con rubor en las mejillas buscó la cuchara y la sostuvo en alto, pero el abuelo de Simún la apartó.

– Vive -pronunció con dificultad antes de sufrir un ataque de tos áspera.

– ¿Cómo puedes saberlo? -preguntó Mujzen con recelo.

El viejo torció su rostro arrugado con una sonrisa. Sucedió muy despacio, como cuando las nubes se mueven en un día sin viento y transforman el paisaje con sus sombras.

– Porque, si no, yo habría muerto también.

Shams agarró el brazo de Mujzen.

– ¡Tiene razón! -exclamó con un suspiro.

No sabía por qué, pero hasta el último rincón de su corazón le decía que el viejo sabía la verdad. Miró a Mujzen con una súplica, y él, a regañadientes, refunfuñó:

– ¿Por casualidad no sabrás también dónde está, viejo?

La sonrisa de los rasgos de Arik se hizo más profunda. Cerró los ojos. De nuevo vio ante sí la noche en que Simún huyera. El había aguardado cerca de aquella tienda, con un cuchillo en el puño cerrado, dispuesto a matarla él mismo antes de que Watar pudiera ponerle una mano encima. Mudo de vergüenza había sido testigo de cómo otros tenían más valor y más esperanza que él para con Simún. Escuchó escondido su despedida. Oyó las pezuñas del camello golpetear el suelo.

Y siguió sus huellas, despacio, contrito, hasta donde quisieron llevarlo sus piernas. Hasta un punto en que viraban hacia el oeste.

Arik sonrió de nuevo. «En Marib -pensó-. O en Sirwah. Nunca le hablé de esos sitios, pero de todos modos lo sabía. Escuchó mi silencio y lo adivinó todo.» En voz alta, dijo:

– En Marib.

Le quitó a Shams la cuchara de la mano, le dio la vuelta y con el mango se puso a dibujar unas líneas sobre la arena.

Mujzen se inclinó hacia el viejo con creciente atención y escuchó las indicaciones que iba dando.

Cuando terminaron, se impuso un momento de silencio.

– Ven con nosotros -dijo Shams, y cogió la vieja mano de Arik.

Él la rechazó. Apenas si sacudió la cabeza. Tosió.

– Me quedo -dijo cuando recobró el aliento-. Esperaré noticias. -Pensó que esperar era lo único que podían seguir haciendo los viejos. Nadie superaba su paciencia-. La abubilla me la traerá.

Shams y Mujzen se miraron gravemente. Miraron después al viejo, pero Arik había cerrado los ojos.

CAPÍTULO 18

El regreso de los demonios

– ¡Padre, padre, déjalo ya!

Simún casi tenía que gritar para hacerse oír en la disputa. Sus padres caminaban de aquí para allá, gesticulaban con violencia y se culpaban uno al otro.

– Nada puede hacérsele -añadió Simún.

Le daba la sensación de que nadie la estaba escuchando, así que terminó por abrazar a su padre desde atrás y llevarlo a un banco para intentar que se sentara sobre sus cojines. Allí se desmoronó el hombre, tirándose de los pelos.

Dhahab se quedó de pie ante ellos, respirando con pesadez. Su marido no le había hablado nunca así. Nunca se había dirigido a ella más que en un tono de amorosa veneración. La única culpable era ella, esa pequeña víbora, ¿cómo se atrevía? Desde que estaba en la casa, todo había cambiado. Le había robado el amor de su marido. Solo faltaba que además le explicara embustes sobre lo acontecido en el templo. Sostenía que le había quitado el velo deliberadamente, ¡pero ella pensaba negarlo hasta la muerte! Dhahab plantó las manos en las caderas e inspiró hondo. ¡Todo patrañas! Estaba dispuesta a ponerse en pie de guerra. Se irguió en actitud desafiante frente a Simún. Ésta, con todo, se volvió para otro lado.

– En ningún momento pudo ser de otro modo. -Era el profundo convencimiento de Simún.

Dhahab y sus intrigas no tenían ningún papel en ello. Ésta siseó:

– Ah, no seas tan quejicosa. -Después se volvió hacia su mando-: Es más que evidente que no lo hice a propósito -gruñó-. Me estás tratando como a una criminal.

Yita le asió una mano con rapidez.

– Sólo he dicho que es una gran desgracia.

Dhahab se zafó de él.

– Me has recriminado no haber cuidado lo suficiente de ella. -Soltó una estridente carcajada-. Tú, que no estabas allí para protegernos. Tú, que la trajiste aquí por vanidad, para empezar, y la ataviaste y la agasajaste tanto que le hiciste perder el norte. Y ahora se ha vuelto loca.