Simún, aunque con aversión, se mantuvo al margen de la pelea. Su madre no hacía más que clavarle a su padre un cuchillo tras otro en el corazón y hurgar en la herida.
– Si alguien tiene la culpa, ése eres tú -anunció categóricamente.
– ¡Dejadlo ya de una vez! -exclamó Simún-. Por favor.
Alzó los brazos y los dejó caer de nuevo, resignada. Se acercó a la mesa, en la que seguían los restos de una comida que apenas habían tocado. Alzó la copa de su padre y se sirvió licor de pasas. El almizcle le repugnó, y el sabor a alcanfor hizo que se le estremeciera la boca, pero sintió que el alcohol extendía calor por sus extremidades. A lo mejor el gusto de su padre por la embriaguez era comprensible.
Se volvió con tosquedad.
– El mensajero me ha hecho llamar. Acudiré. -Alzó las manos-. Eso es todo.
– ¡Pero te matará! -El grito de su padre fue agonioso.
Dhahab se acercó a él y lo abrazó.
– Al menos ya no tendremos más problemas.
Simún sonrió.
– Ahora que hablamos de ello, padre: ¿sería posible que convocaras a los demás jefes de las tribus?
En el rostro de Dhahab reapareció al instante la desconfianza. Apretó más el brazo de su marido, y éste, desconcertado, dijo:
– ¿El consejo? Sí, por supuesto… -Hizo una pausa-. Pero no te ayudarán, Simún. Ni siquiera salvaron a sus propias hijas.
El recuerdo cargó su voz de amargura. De pronto la ira se cernió en forma de nube negra sobre Yita, que llevó su mano a la empuñadura de la daga que llevaba al cinto.
Dhahab lo vio y cerró enseguida sus dedos sobre los de él.
– No seas loco -susurró.
Yita dejó caer la cabeza. De él salió un grito quejumbroso:
– ¡Oh, Almaqh! ¡Cómo voy a vivir sin ella!
Dhahab, por el contrario, guardó silencio.
Simún se dirigió a la puerta bajo sus miradas.
– Ocúpate sólo de que el consejo asista a mi boda -repitió-. A lo mejor yo puedo ayudarlos a ellos.
Su padre asintió sin mirarla, confuso y desalentado. La puerta se cerró tras ella.
Simún no había llegado todavía a su habitación cuando oyó unos pasos tras de sí. Dhahab le tiró del brazo con fuerza e inspeccionó con recelo la cara de su hija.
Esta se apartó y preguntó con brusquedad:
– ¿Qué? ¿No te gusta lo que ves?
– Nunca me ha gustado. -Dhahab, a solas frente a ella, dejó de reprimir la antipatía que le tenía-. Desde el primer momento has sido como una maldición caída sobre mí. -De repente reflexionó-: Tú tramas algo -dijo, y se acercó a Simún un paso más-. Lo sé-siseó-. Tú no te rindes tan deprisa, lo sé. ¿Qué es?
Simún le sostuvo la mirada sin parpadear. «No me conoces -pensó con furia-, no sabes absolutamente nada de mí. Nunca has visto de mí nada más que mi pie. Pero tienes razón. De ninguna manera me rendiré sin luchar. No me sacrificarán a ningún demonio nunca más.»
– Casarme, madre -dijo. Esa última palabra la pronunció con especial esmero-. ¿Qué creías?
CAPÍTULO 19
Por la tarde, Yita regresó del Salhin con las rodillas temblorosas y se derrumbó en su banco de solaz del jardín. Pidió vino y escuchó el zumbido de los insectos mientras su respiración se calmaba poco a poco y su rostro recuperaba el color.
Simún en persona le llevó la copa.
– ¿Lo has conseguido? -preguntó.
Yita asintió, se detuvo un momento y miró hacia una lontananza que sólo él veía.
– ¿Qué he hecho? -susurró con horror.
– Lo correcto, padre -lo tranquilizó Simún, y le acarició la mano.
Sin embargo, su cabeza bullía de ideas. El rey había accedido: se celebrarían los tradicionales festejos de boda de la tribu. Simún había rogado a su padre que insistiera en ello.
Los familiares de las novias de Shamr habían llegado ya a celebrar las bodas como entierros, no, con mayor secreto aún: entregaban a las muchachas a la guardia del palacio, paralizados por la tristeza. Simún, por el contrario, quería que todos la vieran junto a Shamr y, sobre todo, que la reconocieran como su esposa. Por eso su padre celebraría la boda en la explanada y encendería la gran hoguera alrededor de la cual bailarían los hombres. Y lo que era aún más importante: acudirían los representantes de las tribus y sus familias.
– El mukarrib sólo aparecerá al final, para llevarte con él. -Yita seguía mirando al jardín sin ver nada.
Simún asintió, también a ella le parecía bien. Si el rey quería mostrarles a todos su desprecio, con ello sólo impulsaría más aún sus propios planes.
– Después reúne al consejo, padre, como me has prometido -dijo y, cuando él asintió, le acarició el pelo y lo dejó solo.
Tres semanas después, los festejos estaban listos.
Engalanada como una imagen divina, con un vestido rojo y velos dorados, Simún aguardaba sentada a la entrada de la tienda y recibía los obsequios que le ofrecían las tribus. Su mirada ausente resbalaba sobre los regalos, pero se fijaba en cada uno de los rostros y recordaba los nombres que le susurraba su padre, quien, de pie tras su taburete, de vez en cuando intentaba posar una temblorosa mano en su hombro para tranquilizarla.
Estaba nervioso, igual que todos los invitados. Con sombrío semblante presentaban sus respetos los jefes de las tribus, y las mujeres que se apretaban a sus espaldas para lograr entrever a la novia parecían abatidas. Habían acudido porque la costumbre así lo requería, no por gusto. Tan poco por gusto como acampaba uno de noche en plena sabana, donde había depredadores y centenares de peligros. Las muchachas jóvenes iban más cubiertas de lo que exigían las buenas costumbres y se lo pensaron mucho antes de obedecer a la música que empezó a sonar y ponerse a bailar en corro alrededor de la novia.
Como masculló un anciano que contemplaba la danza y cuya mirada no hacía más que desviarse hacia el Salhin, no era bueno verter sangre ante el león.
Cuando llegó el mediodía, Simún se levantó de entre el círculo de muchachas que le habían hecho compañía, pero que no habían dejado de mirarla como si fuera un fenómeno prodigioso: la mujer que se casaba con Shamr por propia voluntad. Levantó el gran cuenco de bronce que contenía sémola en abundante grasa de carnero, lo llevó hasta el toldo bajo el que se habían retirado los ancianos en corro y se lo ofreció a los hombres tal como mandaba la tradición.
– Gracias por vuestros buenos deseos en mi día -murmuró, y recibió bendiciones en el nombre de Shams y de Athtar.
Con una cuchara de palo fue sirviendo a todos y cada uno, buscó los ojos de carnero cocidos que nadaban en el caldo grasiento y procuró repartirlos justamente.
Cuando hubo terminado, se quedó de pie con la cabeza gacha. Los ojos muertos de los animales la miraban de hito en hito y, al levantar la cabeza, reparó en que las miradas de los ancianos la contemplaban de una forma similar. Aquellos hombres habían visto la muerte y sentían miedo. De pronto se inquietaron, pues la novia seguía allí en lugar de despedirse en voz baja y marcharse con la mirada en el suelo. Largo rato contempló Simún sus rostros. Ahí, un viejo de mejillas abundantes y sonrojadas que enseguida se encolerizaría, igual que el padre de Tubba. Otro con barba de chivo y la mirada astuta de Watar. Otro más, que tenía los párpados pesados y la mirada cansada y apática de lagarto que Simún conocía del jefe de su tribu. Cómo se parecían todos… Pero esos hombres jamás volverían a decidir sobre su vida.
Simún esperó antes de hablar.
– ¿Amáis a vuestras hijas? -preguntó.
La respuesta fueron unos bufidos de sorpresa e indignación. Algunos intentaron no hacerle caso, otros la miraron con una mezcla de antipatía y curiosidad. Uno se llevó incluso la mano a la daga, ofendido.