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Simún asintió despacio mientras miraba uno a uno esos rostros curtidos y arrugados.

– ¿Qué sucedería si alguien las liberara de su aflicción?

La respuesta fue un silencio de estupor. Ella no lo rompió, quería retirarse para dejar esa pregunta resonando en sus oídos. Desvelar demasiado en ese instante sólo avivaría el peligro de una traición. Entonces empezó a oírse a su espalda la trápala de unos camellos. Poco a poco, los hombres fueron levantándose de sus almohadones y se recolocaron las vestimentas y los cintos con sus dagas. Simún se volvió.

Shamr había aparecido para llevarse consigo a su novia. Llegaba acompañado de su guardia y con una litera vacía de ondeantes colgaduras rojas en su séquito. La música de las tiendas enmudeció.

Shamr puso un pie en la arena. El viento soplaba en la cabellera de la piel de león que llevaba sobre los hombros y casi hacía que pareciera vivo. Yita se apresuró a ofrecerle vino y una bandeja de carne.

– Toma asiento -dijo-, festeja con nosotros. Los mejores trozos todavía no se han terminado.

Señaló a los espetones en los que se asaban cabras, ovejas y una cría de camello, crepitando y chorreando y despidiendo intensos aromas. Los ancianos seguían de pie, sin moverse de su sitio.

Sin embargo, Shamr rechazó la comida y la bebida. No se inclinó ni una sola vez en dirección al consejo. En lugar de eso, se volvió hacia la tienda en la que se apretaban las mujeres espantadas.

– ¿ Dónde está? -preguntó, y dio un paso hacia allí.

Simún lo miraba sin moverse. Vio que un muchacho empezaba a ponerse nervioso y cambiaba inquieto de postura al ver acercarse al mukarrib. Estaba sudando y lanzaba angustiosas miradas a su padre, que estaba junto a ella en el corro de los ancianos. El joven un hacía más que volver con angustia la cabeza de los ancianos a la tienda donde, entre todas las mujeres, como bien sabía Simún, también estaba su hermana. Su mano morena jugueteaba incesantemente con la empuñadura de la daga y no dejaba de mover los pies.

«¡No!», le dijo moviendo los labios en silencio el anciano que estaba junto a ella, y frunció el ceño con una advertencia. Con ambas manos hincó su cayado labrado en la arena y se inclinó hacia delante apoyándose tenso sobre él. La admonición, no obstante, no surtió efecto. Como impelido por un poder superior, el joven se acercó un poco más a la entrada de la tienda. En su frente aparecieron gotas de sudor.

Shamr podría haberlo quitado de en medio con una sola patada, pero prefirió plantarse sin rodeos delante del chico, que apenas debía de tener catorce años. No le llegaba al mukarrib ni a la barbilla. Shamr bajó un momento la mirada hacia su adversario, que se mordía los labios para que no le temblaran pero seguía valientemente erguido mientras el rubor de su legítima cólera afluía a sus mejillas. Si nadie más estaba dispuesto a defender el honor de su tribu, entonces lo haría él. Simún casi podía leer las palabras que se escondían tras su frente, pensamientos orgullosos y temperamentales como los de Tubba, que creía que con su daga y su cayado de pastor podía enfrentarse a lo que fuera. Así, con todo, no se cazaban las serpientes peligrosas.

Del gaznate de Shamr salió algo parecido a un trueno que fue creciendo. Después alzó la mano. El golpe fue tan repentino y tan fuerte que el muchacho voló hacia un lado y aterrizó en la arena. Aturdido, se alzó de rodillas, se sostuvo con la mano el lado de la cara dolorido y miró a Shamr con estupefacción.

«Quédate ahí tirado -pensó Simún, y cerró los ojos para que la fuerza de su pensamiento fuera más intensa-. Quédate donde estás.» Esperó fervorosamente que el joven recibiera el mensaje. Sin embargo, éste profirió un grito, se levantó de un salto y desenfundó su daga con un movimiento imperioso. Así se quedó, paralizado en su postura de guerrero, espantado por su propio impulso y sin saber muy bien qué hacer a continuación. Shamr volvió a alzar el brazo; era una señal para su guardia.

El joven se desplomó con ocho lanzas en el cuerpo antes de haber dado un solo paso. Una mujer gritó, el resto de los asistentes a la boda no hicieron ruido alguno.

Shamr se volvió y caminó hacia su montura. Su guardia lo siguió. Sólo dos esclavos se quedaron atrás, sosteniendo las riendas del dromedario que llevaba la litera y tapándose la cara con el pañuelo para protegerse del polvo que levantaron las pezuñas galopantes del camello de Shamr.

Simún se arremangó el vestido para que el dobladillo, por mucho que reluciera igual de rojo, no se empapara de la sangre que brotaba del cuerpo del joven a la arena.

Mientras los invitados se precipitaban hacia el muerto, ella caminó despacio hasta la litera.

– ¿Y si alguien os librara verdaderamente de esto? -preguntó, volviéndose una última vez.

En lugar de una respuesta, oyó los lamentos de la madre y las maldiciones que profería el padre del muchacho, y supo que debía darse por satisfecha.

CAPÍTULO 20

La noche de bodas

– ¿Queda mucho todavía, Mujzen?

El joven se volvió y vio que la muchacha se balanceaba sobre el dromedario. Había escogido uno grande y negro, fuerte pero dócil, vigoroso y resistente. Sin embargo, ya tenía la giba encorvada y las pezuñas heridas, lo veía en su paso. Su cabeza oscilaba más de lo necesario hacia uno y otro lado. Mujzen sabía que no tardaría en desplomarse. En cuanto al aspecto de Shams, prefería no pensarlo.

Refrenó a su dromedario, dejó que ella lo alcanzara y le pasó un odre de agua mientras oteaba el horizonte. Todo era culpa suya, porque en el último pozo había torcido hacia donde no era, pero había intentado corregir el error y durante un buen rato había parecido que se movían siguiendo la ruta correcta. Mujzen entrecerró los ojos y contempló el grupo de montañas al que Arik había dicho que tenían que mirar siempre de frente como si fuera a contestar todas sus preguntas. Iracundo, golpeó el flanco de su animal con el mango de la fusta. Allí estaba la maldita montaña, y justo encima la luna en el cielo diurno, tal como había dibujado Arik en la arena. El condenado oasis era lo único que no aparecía por ningún lugar. Mujzen se mordió los labios.

– Seguiremos hasta aquel recodo de allí -dijo, y señaló a la cresta de una montaña que tenían por delante-. Si entonces no vemos nada…

No terminó la frase y azuzó a su montura. Con alivio, oyó que Shams lo seguía.

– ¿Sabes? -dijo ella. El agua le había sentado bien-. ¿Sabes? En cada curva busco en el suelo y tengo miedo de encontrar los huesos de Simún.

Mujzen la miró con sorpresa. La sonrisa que le ofrecía mostraba tanto desaliento que le pareció triste.

– Vive -dijo Mujzen con seguridad, y se inclinó para tenderle una mano-. Lo sé. Por eso también nosotros viviremos.

Simún ascendió la gran escalinata que llevaba al Salhin, el palacio de Marib. El guardia que quisiera seguirla con la mirada tendría que echar la cabeza muy hacia atrás y entrecerrar los ojos, pues la blanca superficie relucía y deslumbraba a la luz del sol. La joven subía como entre nubes. No fue hasta llegar al atrio cuando volvieron a rodearla los colores. Vistosos tapices recubrían las paredes y amortiguaban el eco de sus pasos entre las grandes columnas. Desde los muros la observaban cabezas de gacela, y dos grandes leones de bronce flanqueaban la entrada a los aposentos interiores. La luz que entraba por las lunas de alabastro sostenidas entre vigas de madera de palmera lo inundaba todo, cálida y brumosa como la leche. De unas calderas colgantes de cobre caía serpenteando un incienso blanco que se revolvía con pesadez y se entretejía con la luz turbia.

Una mano la tocó en el hombro y le señaló la puerta que la llevaría a su destino. Los altos batientes eran de madera de ébano con taraceas de marfil, un desconcertante dibujo geométrico que centelleó ante los ojos de Simún. La puerta giró silenciosamente sobre sus goznes de cuero al abrirse. Ante ella apareció toda la ciudad. Aquella sala se abría a una terraza que se alzaba a mucha altura sobre Marib, en el piso superior del palacio. Simún había subido muchas escaleras, pero no había imaginado que hubiera llegado tan arriba. Cruzó la habitación con pasos raudos y se detuvo junto al pretil. Por debajo de ella había un escarpado precipicio de roca desnuda. A su pie, Simún vio un pedregal recorrido por pequeñas figuras que iban de aquí para allá y supo que estaba mirando al vertedero de la colina del palacio.