Tras ella sonó un ruido que hizo que se diera la vuelta.
Shamr sonreía mostrando todos sus dientes. Eran de un blanco tan brillante como el marfil de la puerta que tenía detrás. En realidad, apenas se lo distinguía del fondo, vestido como iba de blanco y colores oscuros. Con un gesto invitador señaló a una alcoba que se abría en la pared de la izquierda, lujosamente provista de almohadones y mantas de color púrpura.
Simún apretó los dientes, agachó la cabeza a modo de saludo y avanzó hacia el lecho para tumbarse allí con la mayor gracilidad posible. Bajó la mirada, como seguramente él esperaba que hiciera. Desde detrás de sus largas pestañas, sin embargo, observaba todos y cada uno de los movimientos del mukarrib. Shamr se le acercó muy despacio. Se detuvo junto a una mesa, se sirvió vino en una copa que se sostenía sobre un trípode de plata, la alzó con su gran mano y se sentó entonces junto a ella.
Simún, involuntariamente, se alejó un poco de él. Shamr la siguió. La agarró de la barbilla cuando quiso volverse y la obligó a mirarlo un momento a la cara.
«¡Demonio!», pensó Simún, y cerró los ojos. Sus labios, pintados de carmín para la ocasión, se abrieron temblando al esperar su roce. Sintió su calor cuando se inclinó hacia ella, la piel seca y áspera de sus labios, que acariciaron los suyos, que le chuparon la boca, la humedad de su lengua, que palpaba y exploraba.
– Ah… -se le escapó sin querer cuando él tomó posesión de su boca tan imperiosamente.
Entonces gritó.
Con una sonrisa de satisfacción, Shamr se reclinó y contempló a la muchacha que, atónita, paladeaba los delgados hilos de sangre que le caían por la comisura de los labios, donde Shamr había mordido. Ladeó la cabeza, se le acercó y le limpió con el dedo el rastro rojo para llevárselo después a la boca con gran deleite. «Ahora -pensó- empieza a comprender quién soy. En este momento lo comprenden todas, y al instante se rinden. Cómo le tiemblan las manos. Tal vez llore.» Sus ojos eran más bellos cuando nadaban en lágrimas.
Shamr se reclinó, ufano, y contempló a Simún. Cogió la copa y probó el vino. Se relamió con placer. Después de repasarla con la mirada una vez más de la cabeza a los pies, le subió el vestido de repente. Simún volvió a gritar y quiso defenderse. Instintivamente intentó tirar del bajo, forcejeó, se retorció. «Simún, sopla y levántame la falda», oyó en el recuerdo, pero entonces se sobrepuso al pánico; no podía permitir que Shamr se enfureciera. Respirando con dificultad y completamente tensa, aguardó, inmóvil.
Shamr la sostuvo de las muñecas hasta que estuvo seguro de que no opondría más resistencia. Simún inspiró con sobresalto cuando una de sus manos bajó en busca de sus piernas. Sin embargo, fue su muslo lo que Shamr se llevó al regazo, y con una mano empezó a recorrerle lentamente la pantorrilla. Simún sintió que su piel seca le arañaba y toda ella se erizó.
– Perfecta -murmuró Shamr, y apretó los dedos alrededor de su muslo-. Como torneada en marfil. -De repente se puso a tararear una pequeña melodía, improvisando como si fuera buscando nuevos sonidos, y le recitó los versos de un poema-. ¿Te gusta? -preguntó, y no esperó a que asintiera-. Es mío. Lo cierto es que soy un gran conocedor de la belleza. -Sonrió, repleto de felices recuerdos-. Algunas de mis novias me han inspirado poemas, pues cada una tenía algo sencillamente perfecto. -Se echó un trago de vino-. En una eran las rodillas. Perfectas, como pequeños discos de luna llena hechos en plata. -Shamr se entusiasmó-. Delicados, redondeados y relucientes como el alabastro.
La mirada de Simún se apartó de su rostro, vuelto hacia la terraza que el sol poniente había teñido de rosa, y observó la copa que giraba entre sus dedos. La contempló en detalle. Tenía unos pies de plata que sostenían un pequeño cuenco de un material blanco que Simún, al principio, creyó que sería alabastro o marfil. Pero la forma de expresarse de Shamr y el modo en que sus dedos acariciaban el blanco cáliz mientras hablaba hicieron que se estremeciera. Estaba segura de que aquel blanco era de hueso humano, la delicada rótula de una muchacha muerta.
Shamr interceptó su mirada, la interpretó y sonrió.
– De todas ellas guardo lo más hermoso… en el recuerdo -dijo, concluyendo su discurso.
Simún se esforzó desesperadamente por sonreír. Para rehuir sus ojos escrutadores, se sentó más erguida y le sirvió vino. Shamr lo aceptó con un gruñido de agradecimiento y bebió.
– Contigo todavía no lo tengo claro -dijo. Sus dedos dibujaron el contorno de su figura en el aire-. El pelo, tal vez.
Le agarró las trenzas y tiró de ellas hasta que su rostro descansó sobre el hombro de él. Simún sintió que apretaba la cara contra su melena y aspiraba su aroma. Contuvo un estremecimiento. ¿Con qué estarían rellenos los blandos almohadones sobre los que descansaban? De súbito se sintió rodeada de jóvenes difuntas. A punto estuvo de ponerse en pie de un salto y echar a correr hacia la puerta. No, la última vez ya había salido huyendo de Afrit. Esta vez le haría frente.
– O quizá los muslos. -Shamr le subió el vestido sin ninguna consideración y le descubrió las piernas. Sus dedos las recorrieron arriba y abajo, amasándolas, y le dejaron unas marcas rojizas-. Que piel -murmuró-. Qué blancura.
Agachó entonces la cabeza para hundirla en el regazo de Simún, que apartó la cara y cerró los ojos con repugnancia cuando su aliento caliente le rozó la piel. Sus dedos la acariciaban, pero ella sabía que enseguida volvería a hacerle daño. Aferró con fuerza la empuñadura del cuchillo que había escondido bajo su vestido. Era su única esperanza. ¿Sería ése el momento? Con la otra mano le acarició mecánicamente la nuca, que quedaba desprotegida sobre su regazo. Apretó el arma en su mano y tomó impulso. Shamr sintió ese movimiento y, con el instinto de un depredador, alzó la cabeza.
– ¡¿Qué…?! -preguntó, colérico.
Simún chilló.
– ¿ Qué ha sido eso? -preguntó Shams, y frenó su dromedario.
– Nada -contestó Mujzen para intentar tranquilizarla, a pesar de que también él se sentía atemorizado en el crepúsculo que caía con rapidez-. Nada más que un ave nocturna, mi amor.
– No, me refiero a eso -dijo Shams, y señaló hacia delante-. Esa luz.
– ¿Luz? -repitió Mujzen con incredulidad.
En el mismo instante en que lo decía, también él vio un débil destello en la oscuridad, muy por delante de ellos, y comprendió lo que significaba: antorchas, luces, ¡personas! Habían llegado al final de su viaje.
– Luz -susurró otra vez Shams con alegría.
Cabalgaron en silencio uno junto al otro y dejaron que las luces nocturnas de Marib fueran creciendo en la oscuridad. No tardaron en oír el susurro de las palmeras, cuyas copas habían tomado por sombras nocturnas. Creyeron percibir también el aroma de los huertos. Los dromedarios lo olieron a su vez, alzaron las cabezas y bramaron.
Mujzen y Shams tampoco pudieron contenerse y chillaron para expresar su alegría. Bendijeron a Arik, bendijeron a Almaqh, se volvieron locos.
Después, como si lo hubieran acordado de antemano, los dos azuzaron a sus monturas con la fusta y galoparon hacia la ciudad nocturna.
– ¡Yo llegaré primero! -exclamó Shams, riendo por encima del hombro.