Mujzen sintió que el latir de su corazón le cerraba la garganta al ver esa estampa. Allí estaba su amada, vivía, reía. No la había conducido a la muerte. La había salvado. Por primera vez comprendió que ya le pertenecía por completo, que ante ellos tenían un futuro en común, y sintió que lo recorría una oleada de felicidad.
– ¡Ni hablar! -bramó alegremente y con voz precipitada-. Yo seré el primero. -Y fustigó a su montura para colocarse junto a Shams.
Qué maravilla, cómo ondeaba su melena al viento…
Ella echó la cabeza hacia atrás y profirió un grito cantarín:
– ¡Simún! -exclamó después, exultante-. ¡Ya estamos aquí!
Simún se agazapó en un rincón de la estancia con la daga frente al pecho mientras Shamr se le acercaba despacio. La miraba clavándole sus ojos perplejos. El era más fuerte que ella, era mucho más fuerte que ella. La madera fría se apretaba contra su espalda.
Poco antes de llegar a ella, Shamr se detuvo y abrió la boca.
– ¿Qué…? -volvió a preguntar, y se llevó las manos al cuello.
De pronto puso los ojos en blanco. El mukarrib se tambaleó y cayó entonces como un árbol talado.
Simún gimió y tiró el arma. Sus manos y la hoja estaban teñidas de rojo sangre. La primera puñalada le había alcanzado ya en la garganta, pero durante unos momentos creyó que con eso no bastaría. Ese condenado demonio de hombre tenía demasiado poder.
Simún se inclinó sobre él y lo agarró de la barba.
– Afrit -murmuró mientras observaba su rostro, desfigurado por la muerte-, no seré tuya.
Después se dispuso a cercenar su cuello. Cuando al fin tuvo la cabeza a sus pies, jadeó por el esfuerzo. El dobladillo de su vestido había empapado una gran cantidad de la sangre de Shamr y le golpeaba en los tobillos, rojo y húmedo. Sin embargo, Simún levantó el cadáver por los pies y lo arrastró hasta la terraza. Con sus últimas fuerzas lo alzó sobre el pretil y lo lanzó rodando a las profundidades cada vez más negras. Después volvió a entrar. Tenía que limpiar la sangre del suelo, tenía que encontrar algo con qué vestirse. Tenía que pensar cuál sería su discurso. Todavía le quedaba mucho que hacer. «Padre -pensó-, espero que hayas cumplido tu parte. Si no, estoy perdida.» Respirando con pesadez, se limpió la frente con el antebrazo y se puso manos a la obra.
Media hora después llamó a la puerta cerrada. Un sirviente amedrentado abrió y se la quedó mirando con perplejidad. Simún sonrió con furia al ver su desconcertado semblante y las raudas miradas con las que intentaba espiar el interior de la estancia por encima de su hombro. ¿Reconocería en la capa que vestía la fina manta que había engalanado el tálamo?
– ¿Dónde está el mukarrib? -preguntó el criado, ceñudo.
Simún desestimó la pregunta con un gesto.
– No está aquí. Que venga el consejo de las tribus. Cuanto antes -Y, al verlo dudar, golpeó con el pie en el suelo-. ¡El consejo de las tribus!
– Sí, está esperando abajo, encabezado por Yita.
Rezó por que así fuera. El hombre seguía mostrando desconfianza.
– ¿Lo ha convocado el mukarrib? -quiso saber.
– Por supuesto -repuso Simún-. ¿Quién, si no, podría hacerlo? -Y con ello despidió al molesto interrogador.
Regresó despacio a la alcoba, arregló de nuevo los almohadones y se sentó sobre ellos muy erguida. A su derecha quedaba la mesita, cubierta toda ella con un pañuelo bajo el que se intuía un objeto redondeado.
Simún enderezó la espalda y puso la mano derecha sobre él como símbolo de poder. Ya podían llegar, estaba preparada. Permaneció allí sentada como una estatua, en esa habitación en la que reinaba un silencio perfecto. Sólo de vez en cuando caía bajo la mesa una gota de sangre de Shamr, que se estrellaba contra el suelo, escandiendo así el tiempo hasta el momento en que se oyeron los pasos en la escalera.
Cuando Shams y Mujzen, aún sobre los dromedarios, recorrieron las silenciosas chozas de los arrabales de la ciudad y llegaron a sus puertas, se extrañaron de encontrarlas abiertas. Habían esperado solicitar refugio para pasar la noche allí fuera y entrar en Marib al día siguiente, pero los guardias no estaban en su lugar y las calles estaban llenas de antorchas. Había en ellas más curiosos de los que podían contar.
– ¿Crees que en las ciudades convierten la noche en día? -preguntó Shams mientras los pasos de su dromedario resonaban bajo los arcos de la puerta.
Sus miradas se pasearon por las poderosas murallas con miedo y admiración a partes iguales.
Mujzen negó con la cabeza. Iba a decir algo, pero la visión de la avenida principal de Marib lo había dejado sin habla. A su izquierda se alzaban las blancas fachadas de los templos; a su derecha, las casas de adobe de tres, cuatro, cinco pisos de alto. Tenían pequeñas ventanas, y en todas ellas había personas asomadas. Sí, ¿vivían, entonces, unos sobre la cabeza de otros?
– Creo -empezó a decir al fin- que ha sucedido algo. Escucha cómo gritan.
Ciertamente, se alzaban gritos aquí y allá. En las esquinas veían a hombres hablando con sus conciudadanos y gesticulando, pero era imposible entenderlos en el griterío general. Cada vez se abrían más puertas y de ellas salían más habitantes a las calles. Se fue formando una comitiva que empezó a avanzar en dirección a la colina del palacio y a la que Shams y Mujzen se añadieron sin quererlo. Encerrados en una muchedumbre cada vez más apretada, intentaban distinguir su ignoto destino.
Al cabo, Mujzen se inclinó hacia abajo.
– ¿Qué ha sucedido? -le preguntó a un hombre que caminaba pegado a él. Esperó que no notara su acento extranjero.
La respuesta no se hizo esperar:
– Dicen que el mukarrib ha muerto.
– No, ¿de verdad? -se oyó desde atrás, y el hombre se volvió para informar en detalle al nuevo interesado.
Shams y Mujzen se miraron con angustia. El mukarrib muerto, eso no era buena señal para su futuro. Seguro que ese mukarrib era un hombre importante y que al final querrían culpar de todo a los dos extranjeros. Sin embargo, ya era demasiado tarde para dar vuelta atrás. La comitiva que los había arrastrado consigo ya había llegado a una gran escalinata. Los dos beduinos contemplaron boquiabiertos la construcción, pues era más grande que cualquier otra cosa que hubieran visto jamás. No tuvieron mucho tiempo para grabarlo en su memoria, pues en ese mismo instante se abrió allí arriba la puerta principal. Salió un grupo de hombres y uno de ellos se preparó para anunciar algo levantando los brazos para pedir silencio. Era un esfuerzo inútil, pero las preocupadas voces de los habitantes de Marib se acallaron de todos modos un tanto.
Mujzen consiguió subir al amplio pretil de piedra de la escalinata. Escuchó lo mejor que pudo y fue informando a Shams, que sostenía a los dos camellos e intentaba tranquilizarlos con palmaditas y caricias.
– Dicen -exclamó hacia abajo- que es verdad que el mukarrib ha muerto.
Shams alzó la cabeza y miró en derredor.
– No parece que les entristezca -dijo al ver los rostros de la concurrencia, en los que se mezclaban asombro, incredulidad y miedo.
Un grito liberador se alzó entonces desde centenares de garantas.
Los ciudadanos se agarraban de los hombros, se zarandeaban, gritaban y saltaban. Shams se vio arrastrada por el gentío y le costó trabajo impedir que los dos dromedarios echaran a correr.
– Tienes razón -exclamó Mujzen, que contemplaba la alegría desde arriba, contagiándose sin remedio de su euforia-. Lo están festejando, lo están… -De repente se hizo un silencio a su alrededor. Mujzen se volvió hacia Shams con incredulidad-. Dicen que el nuevo mukarrib es una mujer.
Su afirmación sonó a pregunta, como queriendo asegurarse de haber oído bien y, por si el murmullo dubitativo de su alrededor no fuera bastante confirmación, en la escalera apareció entonces una nueva figura.