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Sin duda era una mujer, delicada y esbelta. A cada paso que daba, Mujzen la iba distinguiendo mejor. El viento nocturno jugueteaba con sus trenzas y agitaba la capa rojiza que llevaba echada sobre los hombros como antaño llevara en la carrera el pañuelo rojo.

También se había cubierto con una piel de león, tan grande que arrastraba por el suelo tras ella, y en la mano derecha sostenía algo redondo, pesado, desgreñado, que levantó bien alto para lanzarlo con todas sus fuerzas un instante después.

Mujzen, como los demás, contuvo el aliento. Oyó el golpe sordo con que cayó sobre los escalones aquello, que bajó rodando hasta quedar inmóvil casi a los pies del muchacho. Con ojos negros miró Shamr una última vez a las gentes de Marib. Nadie dijo nada.

La mujer ya se había acercado y volvió a levantar el cráneo por el pelo.

– ¡He vencido al demonio! -gritó en el silencio-. ¡En el nombre de Athtar y de Almaqh!

Shams dio un grito al reconocerla.

– ¡Simún!

Su exclamación quedó ahogada por el bramido de centenares de voces que gritaban el mismo nombre.

CAPÍTULO 21

El buen consejo

Yita caminaba de un lado a otro en la gran sala del palacio, enjugándose el sudor de la frente. Simún lo miraba sentada en el trono guarnecido de marfil. Un criado agitaba sobre ella un flabelo de plumas de avestruz, haciendo resonar débilmente sus brazaletes. Simún lo mandó salir.

– Buf. -Yita arrugó su pañuelo buscando un trozo que aún estuviera seco-. Casi no lo conseguimos.

Su hija bostezó; la noche había sido larga.

– A mí me parece que ha sido sencillísimo. -Le dirigió a su padre un gesto de ánimo.

Con todo lo indulgente que se mostraba en su casa con su mujer, en el consejo Yita era un hombre de gran severidad y poder de convicción. Sin embargo, sus argumentos y opiniones no habían bastado ni mucho menos por sí solos para instaurar a su hija como nueva regente. Cierto, era la esposa de Shamr, eso no podía negarlo nadie, y con ello, tras su muerte, la heredera de su cargo. Pero ¿una mujer en el trono? Lo que por ley era posible, hacía mucho que no se daba en la realidad.

Simún recordó con un escalofrío los interminables debates en los que los representantes de cada tribu habían expuesto sus consideraciones, cada uno de ellos esforzándose por realzar lo más claramente posible su rango y vigilando con desconfianza que los intereses de su pueblo no quedaran en ningún momento perjudicados. Hasta que un espabilado había saltado con que una mujer, a fin de cuentas, necesitaba a un hombre.

De repente, Simún les pareció a todos una oportunidad de oro. La situación se había agravado cuando un hombre gordo y de rostro plano se había puesto de pie y, con los puños confiadamente cerrados sobre las empuñaduras de las dos enormes dagas curvas que colgaban de su cinto, se había propuesto como novio. Simún le sonrió con gelidez y le preguntó por el nombre de su tribu. El lo pronunció con orgullo. Acto seguido, ella se volvió en dirección a los presentes y preguntó si no había otros pretendientes de renombre con esa misma propuesta.

Alguno que otro quiso ponerse en pie de un salto y exclamar «¡Aquí!», pero otros más listos los retuvieron. Finalmente lo habían comprendido: quizá no fuera tan mala idea dejarle el título por el momento a esa mujer salida de la nada. No tenía poder propio, no podía favorecer a nadie. Llegado el día, ya le designarían un esposo. Así, en mucho tiempo no se diría la última palabra sobre quién tenía la hegemonía entre las tribus.

Con todo, probablemente no se habrían salido con la suya si Bayyin no se hubiese pronunciado a su favor. Aun en la clara mañana del día siguiente, las tinieblas invadían todavía a Simún al pensar en la aparición del sacerdote negro. Aunque le habían enviado un mensaje, no estaba segura de que fuera a hacer acto de presencia. ¿Habría formulado la nota con demasiada vaguedad? ¿Sería demasiado poco lo que le ofrecía? Una compensación, así lo había expresado, por la pérdida de su hogar, una posición que se correspondiera con la importancia de su cargo. Un nuevo futuro cuya forma dependería de esas negociaciones, pero ¿qué sabía ella de las ambiciones de ese hombre, cuya disposición sólo había intuido tras su rígida máscara? Bayyin era como el uadi que de la noche a la mañana podía convertirse en un torrente tempestuoso. Sin embargo, ella estaba preparada para correr el riesgo, y el sacerdote había acudido.

Alzó su voz oscura y veneró a Athtar como señor de todos ellos. Athtar, su dios, era Almaqh, la Luna, que en su forma de guerrero completaba una vez al año la redentora hazaña que infundía vida en todo: salvaba a la joven diosa del sol, llamada Shams, del dragón oscuro. Simún lo había aprendido hacía mucho y no había podido contener una sonrisa al oír el nombre de su amiga. Sí, Shams era verdaderamente un sol que había lucido cálido y afable para ella. Aunque eso de que Almaqh se llamara allí Athtar y venciera personalmente a Afrit… Se encogió de hombros. Tendría que acostumbrarse. No sólo los dioses tenían varios rostros. Recuperó entonces el recuerdo de Shamr y tiritó de frío.

Athtar era el fundamento de toda vida, Athtar había construido la presa, Athtar había sido también Shamr, de una forma complicada y difícil de asimilar. En sus visitas al templo, Shamr y Athtar se fundían en uno. Así se lo había explicado siempre Yita. Al ver aparecer a Bayyin tan inesperadamente ante ella, con su mirada indescifrable y todos los ornamentos sacerdotales de su cargo, durante unos instantes no supo qué haría. ¿Había matado ella a su dios?

Aparentemente impasible aunque conteniendo la respiración, lo contempló desde donde estaba sentada, pero Bayyin se arrodilló, alzó las manos ante ella y tocó el suelo con la frente, a sus pies. Simún y su padre intercambiaron una aliviada mirada de triunfo por encima de su cabeza, y los jefes de las tribus fueron uniéndose poco a poco a sus oraciones.

También Yita lo recordó entonces.

– No estarán tranquilos mucho tiempo -comentó, y detuvo sus paseos para acercarse a su hija.

Esta alzó la mirada hacia él.

– Jamás se pondrán de acuerdo -repuso-. O, por lo menos, no hasta que sea demasiado tarde. -Le cogió una mano y la acarició-. Ya verás como se acostumbran a mí.

Yita soltó un bufido.

– Jamás se acostumbrarán a una mujer que ha tenido la cabeza de un rey en el regazo.

No sin estremecerse, pensó en el semblante pálido y salpicado de sangre de su antiguo señor. A los ancianos, para empezar, esa imagen los había dejado completamente paralizados.

Simún se echó a reír.

– No sabían a qué tenerle más miedo -afirmó con satisfacción-, si a la cabeza o a la visión de una mujer que sabe lo que quiere.

– Te pareces a tu madre -dijo Yita, le tomó la muñeca y le besó el pulso con dulzura-. A lo mejor por eso os quiero tanto a las dos.

Simún esbozó una sonrisa agridulce.

Un criado entró y anunció que dos peticionarios extranjeros deseaban hablar con la mukarrib. A la pregunta de Yita, explicó que eran unos personajes harapientos. Este adujo que la señora no tenía tiempo.

Simún le dejó hacer. Los acontecimientos de la noche la habían dejado agotada. No le apetecía enfrentarse a más desconocidos. Antes tenía que reflexionar, decidir sus siguientes pasos.

Se levantó despacio y se desperezó. Yita la miró con cariño.

– ¿Qué has pensado hacer? ¿Quieres dormir un poco?

Simún sacudió la cabeza y se agarró a su brazo.

– Ahora haremos lo que me prometiste, padre, ¿quieres? -Como él arrugó la frente con sorpresa, añadió-: Visitaremos la presa.

Para Simún, estar en la corona del dique contemplando el embalse que había detrás fue como un sueño. A su espalda se extendía la ciudad como una isla en mitad del verde mar de huertos, y por delante, la lisa superficie duplicaba el cielo y reflejaba las nubes que se movían con rapidez. Un tamarisco dejaba colgar sus ramas emplumadas sobre el agua pero sin llegar hasta ella. Las cañas recorrían toda la orilla, abrazadas por los zarcillos de unas enredaderas con flores de un rosa brillante. Vio aves acuáticas mecerse en las aguas oscuras. Parecían ligeras como una pluma, como ella misma se sentía en aquel momento. Puso ambas manos sobre la piedra del pretil, caldeada por el sol, y sintió que algo correteaba a sus pies.