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Simún frunció el ceño.

– Ratas -dijo, y siguió con la mirada al animal, que corrió sin miedo por las ranuras que había entre las losas de piedra hasta encontrar otro agujero por el que escurrirse al interior del dique.

Pensó entonces inevitablemente en lo que le había explicado su padre sobre la construcción: que sólo los bastiones laterales estaban hechos de piedra maciza, mientras que el dique en sí era un terraplén de tierra y grava revestido de losas. Se preguntó cuántos de esos animales vivirían en su interior. Esa idea le transmitió algo que le hizo fruncir el ceño.

– ¿Ratas? -preguntó su padre, distraído-. ¿Dónde?

Simún miró en derredor, pero ya no se veía nada. Se encogió de hombros.

– Bah, nada -dijo, y guardó un silencio pensativo-. ¿Padre? -empezó a decir al cabo de un rato.

– ¿Hmmm?

También Yita disfrutaba de la fresca brisa que soplaba sobre el pantano. Se inclinó junto a ella con los ojos cerrados.

– ¿Qué tengo que hacer si quiero que se realicen reparaciones en la presa?

– Ah. -Yita hizo pasar el aire por entre sus dientes-. Será difícil. No hay bastantes esclavos para eso, y los campesinos no suelen ponerse de acuerdo. La presa no está en el territorio de ninguna tribu, y ya sabes que es complicado encontrar a alguien que se sienta responsable. -No pudo evitar sonreírse al pensar en la necedad de los sabeos-. Por suerte, no será necesario hacerlo en mucho tiempo. -Dio unos golpes tranquilizadores sobre la piedra sólida-. La verdad es que como primera medida deberías buscar alguna otra cosa. Algo más sencillo. -Guardó silencio. Después, como si lo hubiera pensado mejor, preguntó-: ¿Qué es lo que piensas hacer, muchacha?

Simún rió.

– ¿Además de prepararle a madre unos aposentos privados en palacio y nombrarte a ti comandante de nuestros guerreros?

Su padre, que se había puesto serio, se llevó el puño derecho al corazón y le hizo una reverencia.

Ella se volvió hacia la ciudad de la que se había convertido en reina.

– Vivir -dijo-. Vivir sin tener que pedirle permiso a nadie.

CAPÍTULO 22

En la arboleda sagrada

La extraña niebla verdusca y espesa tardaba en levantarse. El sol parecía no tener ningún poder sobre sus velos y se limitaba a nadar en ella, blanquecino, un ojo de materia luminosa, turbio en la turbiedad general. Muy lentamente empezaron a dibujarse los contornos de unas figuras encorvadas. Se retorcían, torturadas como si padecieran intensos dolores, alargaban los brazos con fervor, pero todo ello sin movimiento, todo ello sin voz. El viento que deshilachaba la niebla parecía hacer ondear sus cabellos hacia el noroeste. Los rayos del sol, que luchaban por atravesar los espesos mantos, empezaron a relucir tenuemente.

Eran árboles, pero parecían difuntos. Como corales cuyas ramas de miles de años de edad hubiera dejado atrás un mar olvidado, víctimas de la desecación y la petrificación, ostentosas y muertas al mismo tiempo, luchando contra el cielo despiadado. Pero vivían.

El sol atravesó la niebla, iluminó el cielo de un azul profundo y plateó los troncos de los árboles. Los hizo brillar, encendió lucecitas blancas en sus cortezas y un resplandor deslumbrante en los blancos guijarros que rodeaban los troncos, piedras pálidas, grandes como cráneos. A ellas debía su nombre ese árido jardín: el osario, Hadramaut. El verde tímido de las hojas desaparecía en esa luz.

El sol ardía también sobre la piel de las personas que, negruzcas y encorvadas, aguardaban entre los troncos, no menos marchitas que sus árboles. Silenciosas y rígidas, sólo el viento tiraba de los pañuelos que llevaban anudados en la cabeza. Con las manos sostenían las fuentes que llevaban apoyadas en la cadera. Su mirada vagaba cuesta arriba, hacia el árbol que ese día estaba engalanado con pañuelos blancos, cintas dormidas al principio, pero ondeantes estandartes triunfales después, que anunciaban la próxima llegada de su soberano.

Todo de blanco él mismo y con paso solemne, el rey de Hadramaut se acercó al árbol sagrado y se separó entonces de la apretada procesión de personas que lo seguían. Sacerdotes, artesanos, mercaderes, camelleros y soldados, todos estaban allí en grupos bien diferenciados, cada clase vestida con el manto de su color, una comitiva colorida y de contornos claramente definidos. Los recolectores de incienso de lo alto de la colina no vestían colores tan aleares. Aguardaban separados entre sí, como jinn que una maldición hubiera hecho nacer del suelo, cada uno junto al árbol vinculado al espíritu de su clan. Sólo ellos tenían permiso para estar allí, enraizados en el suelo árido, más espíritus arbóreos que personas, un misterio para su propia gente. Sin embargo, como todos, veneraban lo único de lo que vivían: la resina del árbol del incienso.

Dos criados llevaban las enseñas del rey tras éclass="underline" una fuente, aunque no como los bastos útiles de trabajo hechos de madera costrosa que sostenían los demás, sino pulida en alabastro, tan lisa y redondeada como el sol allá en lo alto; y sobre ella un cuchillo con empuñadura de cuerno.

El soberano elevó los brazos cuando llegó al árbol engalanado. Todos pudieron ver cómo se arremangaba y abrazaba al tronco. En ese momento permanecieron tan mudos como antes. No sería hasta que el soberano recibiera el cuchillo cuando un gemido recorrería la multitud, un escalofrío, tanto de temor como de placer. De hecho, su acto sería al mismo tiempo violento y benéfico. Abrieron la boca para proferir exclamaciones de prosperidad. Pronto sucedería, dentro de nada.

Ausun, el soberano, dudó un instante. Pasó los dedos casi con cariño por la corteza, que en ese lugar saltaba en todas direcciones y fabricaba un borde rizado que a él siempre le recordaba los labios secretos de una mujer. Ausun sonrió. Cada vez era como un desfloramiento. Miró en derredor, por si vigilaba algún celoso miembro de la familia, pero el árbol ante el que se encontraba estaba solo; los recolectores de incienso se habían retirado y le habían entregado la planta para el ritual. Ausun alargó la mano hacia atrás y recibió el cuchillo con dedos expectantes. El soberano pronunció la bendición. Después tajó la corteza. Como en todo desfloramiento, también allí manó la sangre, una sangre blanca como la leche, gotas de color perla, las lágrimas de alabastro de su novia.

«Y como toda entrepierna abierta -pensó-, también ésta traerá bendiciones.» Tomó la fuente, la sostuvo bajo el corte y recogió en ella las primeras y débiles lágrimas de resina. La cosecha propiamente dicha comenzaría al cabo de unos días, cuando se hubiera reunido suficiente savia alrededor de los cortes. Triunfal, la extendió hacia su pueblo, que aguardaba dando gritos de júbilo. No era mucho lo que sostenía en sus manos, pero cuando la cosecha a la que había dado así comienzo estuviera más avanzada, una caravana tras otra partiría hacia el oeste, los lomos de los camellos bien cargados con sacos llenos de incienso. Los animales serían tan numerosos que sus patas abrirían en la arena una senda tan definida, ancha y profunda que ni siquiera el viento lograría desdibujarla con el paso de los siglos.

Ausun dejó la fuente en manos de los sacerdotes, que encabezaron la marcha hacia el templo en cuyo centro el dios de la luna, Sin, esperaba a ser ungido con la pegajosa resina de la cosecha sagrada. Entonando cánticos y danzando marcharon a la cabeza de la procesión, que los seguía entre festejos. Sólo los cosechadores de incienso se quedaron atrás; ellos tenían prohibido entrar en la zona de los templos. Ausun lanzó una mirada hacia atrás y apenas logró distinguirlos ya entre los árboles. ¿Adorarían a dioses diferentes de los de Hadramaut? Esa noche, una de sus doncellas sería presentada ante él, como cada año, y repetirían el rito con sus cuerpos. El rey se la llevaría a su capital, Shabwa, abriría lo que estaba cerrado, la preñaría, la devolvería a casa cargada de obsequios y con ello transmitiría al pueblo del incienso su promesa de que también ese año los alimentaría y los mantendría. Desde que sostenía el cetro, siempre había sido así. Nunca había intercambiado una sola palabra con ninguna de las muchachas.