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Ausun sacudió la cabeza. Esas eran cuestiones superfluas. Las doncellas pertenecían sin lugar a dudas a otro reino, y el de él lo tenía subyugado y sacaba provecho. Lo cierto es que había cosas más importantes que andar pensando en qué ocuparía la mente un tajador de corteza.

Sólo había una mujer que pudiera preocuparlo de tal manera, y era esa insólita criatura que se hacía llamar reina de Saba. Sus mensajeros le habían hablado de ella.

Ausun contempló el transcurso de los festejos del templo sin participar en ellos y con creciente impaciencia. Cuando por fin llegó el momento en que debía abandonar el santuario y dejar a sus súbditos con la alegría del posterior banquete, se apresuró a retirarse a su tienda. Nada más entrar llamó a su consejero. Karib entró poco después.

Hizo una respetuosa reverencia antes de acercarse a su rey, se inclinó sobre el incensario que tenía delante, se llevó el humo a la cara con un triple gesto e inspiró hondo antes de volver a recuperar la verticalidad.

Ausun tamborileaba con los dedos sobre el brazo de su butaca.

– De modo que es cierto -dijo sin ambages.

Karib meció la cabeza. Sabía lo que turbaba a su señor.

– Sí -repuso, renunciando por tanto a toda ceremonia-. Han designado verdaderamente a esa mujer como su mukarrib.

Ausun sonrió y se dio una palmada en el muslo.

– Lo sabía -exclamó-, no puedo creerlo. ¡Cómo pueden ser tan insensatos, ¿eh?!

Con la cabeza ladeada, Karib aguardó a que las manifestaciones de regocijo real terminaran.

– ¿Acaso han bebido demasiado fasi los sabeos? -preguntó Ausun mirando al vacío-. ¿Es que se han entregado a la dulce embriaguez del alba un par de veces más de la cuenta? Jashiriyya! -exclamó, imitando la conocida fórmula de brindis. De detrás de una colgadura apareció entonces un criado con una botella de vino, de modo que Ausun tuvo que hacerlo salir impacientemente con un gesto de la mano. Recobrada la gravedad, se volvió de nuevo hacia Karib-. ¿Quién es esa mujer? -preguntó.

El consejero se encogió de hombros.

– Procede del desierto, por lo que parece -repuso, exponiendo sus informes-. Hay quien dice que era una gacela que se transformó en mujer cuando una caravana de sabeos se acercó a ella. Y otros -bajó la voz hasta convertirla en un susurro supersticioso-, otros dicen que, como gacela, todavía tiene una pezuña en lugar de pie.

Ausun se mordió los labios. «Una inniyah -pensó-, pariente tal vez de mis espíritus del incienso.» Pero entonces hizo a un lado todas esas consideraciones con un gesto de la mano. Rumores absurdos, se había dejado impresionar por los ardides de Cuentacuentos de Karib. Cada año recibía a una inniyah en su lecho, todas ellas tenían muslos de mujer y, entre ellos, su matorral de tomillo con los misterios habituales y nada más.

– Habladurías supersticiosas -espetó para impedir que Karib dijera más-. Por lo visto es la hija de Yita, el jefe de la estirpe de al-Hadhad. De manera que no es más que una muchacha de los al-Hadhad.

Karib movió la cabeza de un lado a otro con cautela.

– Su madre no es una mujer de la estirpe, llegó de la nada. Y puesto que en Saba se desposan en las casas de sus mujeres y designan a sus familias según la ascendencia femenina, también ella es una muchacha de ningún sitio. -Se aclaró la garganta-. Sospecho que eso ha facilitado que el consejo la acepte. No representa a ningún poder y seguramente tampoco ostenta ninguno. Será la marioneta de quien demuestre ser el más fuerte del país.

Ausun se retorció la barba, meditabundo.

– ¿Y ése quién será? -preguntó.

Karib alzó las manos vacías.

– Aún no lo sabemos. Nuestros espías no pudieron aprehender nada concluyente. Todo lo que tenemos es el escrito oficial firmado con el nombre de esa supuesta reina.

Sacó una tablilla de barro que Ausun le arrebató impaciente.

– Simún -murmuró-. ¿Qué se propondrá? -Leyó los símbolos al vuelo y después arrojó la tablilla a un rincón, donde se hizo añicos con gran estruendo-. Ha subido los aranceles. -Enfureció y señaló con un dedo tembloroso a los pedazos de barro-. Me da lo mismo quién se oculta en realidad tras esas exigencias: a esa Simún pronto le abofeteará en la cara el vendaval del este, como que yo soy Ausun de Hadramaut.

Se puso en pie de súbito y echó a caminar de un lado a otro, exaltado. Sus labios formaban palabras silenciosas.

– ¡Una mujer! -exclamaba de vez en cuando con indignación.

De repente se quedó quieto. Una mujer, ésa era la solución al acertijo. Probablemente no había nadie que supiera cómo tratar con las mujeres mejor que él, Ausun.

– Ve por mi hijo -exclamó-. El firmará con su sello la oferta que voy a hacerle a esa reina.

– ¿Qué oferta, señor? -preguntó Karib con inquietud.

Ausun se echó a reír mientras se sentaba de nuevo en su butaca.

– Una oferta matrimonial, Karib. -Sus dedos tamborileaban sobre el brazo del asiento con un ritmo alegre-. Eso es lo que se hace con las mujeres, se las echa uno a la espalda. -Soltó una risotada-. Nos echaremos a Saba a la espalda. Tras las arras que le pagaré, jamás volverá a marchar una sola mercancía de Hadramaut a Saba. Nos quedaremos con nuestro incienso, Marib abrirá sus puertas para nosotros sin pedir nada a cambio, nos regalará los frutos de sus huertos y pondrá a nuestra disposición sus dromedarios para realizar el largo viaje hacia el norte. -Sonrió con malicia.

Karib sacudió la cabeza con vacilación.

– ¿Y si no acepta? -osó objetar.

Ausun lo zarandeó con fuerza de los hombros.

– Entonces nuestros jinetes partirán y arrasarán. -Volvió a soltar una carcajada-. Una guerra contra una mujer. ¿Qué no tendrá que hacer uno como soberano? -Se volvió hacia la entrada-. Pero, por todos los jinn, ¿dónde se ha metido ese mequetrefe de hijo mío?

– No, señor, quiero decir qué pasará si de verdad no lo acepta.

Ausun se hizo el sorprendido. Se acercó hasta tocar casi a su consejero y le puso una mano en el hombro.

– ¿Es que no tenemos ojos en Marib? ¿No tenemos allí orejas? ¿Acaso no tenemos voces que hablen por nosotros? ¿No los tenemos?

Un criado entró y, haciendo una reverencia hasta el suelo, anuncio que la muchacha del pueblo del incienso ya estaba allí y preguntó si debía hacerla entrar.

Ausun le hizo una seña indicando que la llevara a su dormitorio, que estaba separado por unos cortinajes. De nuevo se volvió hacia su consejero.

– Las mujeres se desposan -repuso-, ése es el devenir natural del mundo. O…

– ¿O? -preguntó Karib para retomar la frase interrumpida.

Ausun zanjó el tema con un gesto y se llevó un dedo a los labios. Sonrió, y su consejero sintió un escalofrío que le bajó por la columna.

CAPÍTULO 23

Del Matrimonio

– ¡Son muy pocos camellos! -Simún, encendida de ira, salió corriendo de la sala y dio un portazo. Atrás quedaron los hombres reunidos, con las cabezas gachas y haciendo girar las copas de vino en sus manos-. No lo comprendo.