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– Tranquilízate.

Yita había salido tras su hija, aunque él cerró los batientes con mucha más suavidad. Se acercó a ella desde atrás y le puso las manos en los hombros.

Simún le acarició un momento los dedos, pero permaneció vuelta de espaldas.

– No se atreven a hacerle frente a Hadramaut, eso es todo. -Yita sacudió la cabeza-. Ni siquiera nosotros, los al-Hadhad, podemos reunir apenas más que quinientos. Y eso que somos el mayor de los clanes. Nuestras fuerzas no bastan. Ten un poco de sensatez.

Ella se quitó de encima sus manos encogiéndose de hombros.

– ¿No has visto lo sensata que soy? -replicó con obstinación-. He accedido a una negociación para acrecentar mis arras. -Pero al pensar en ello se volvió-. ¿Cómo sabemos tan exactamente cuántos jinetes enviará Hadramaut? -espetó de súbito.

En lugar de responder, Yita hizo chascar los dedos. Una figura furtiva se les acercó desde la pared de enfrente y realizó una reverencia.

Cuando se enderezó de nuevo, Simún casi tuvo que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo. El hombre que tenía ante sí era un gigante. Sobre la frente le caían unos rizos negros que no lograban ocultar la larga cicatriz que le deformaba el rostro. Nacía en la sien izquierda y pasaba muy cerca del ojo, cuya forma había modificado hasta llegar a su abultada nariz carnosa, donde había destrozado la piel de bastos poros. El hombre parecía una torre en ruinas. Miraba fijamente a un punto que quedaba en algún lugar por encima del hombro izquierdo de Simún, pero ella pudo ver que su ojo herido estaba recubierto de un azul irisado que delataba que había quedado ciego tras recibir la vieja herida.

– ¿Quién es? -preguntó Simún.

El gigante no dijo nada.

– Es Marub -informó Yita, como si fuera lo más natural del inundo.

– Marub, ¿eh? -preguntó Simún, y contempló al silencioso hombre.

Su padre asintió.

– Marub. Mi corazón y mi brazo.

Al oír esas palabras, el gigante cerró el puño y se dio un golpe seco primero en el corazón y después en el hombro. Seguía sin mirarlos. Simún asintió despacio.

– Marub, dile a la señora lo que ha sabido tu hombre de Hadramaut.

Marub no separó su mirada de aquel lejano lugar imaginario.

– Dice que ha visto con sus propios ojos que Ausun de Hadramaut tiene dos mil camellos en sus establos.

Yita, a modo de explicación, añadió:

– Allí, en Hadramaut, los crían en grandes cantidades para las caravanas que cargan.

– ¿Y por qué no tenemos también nosotros unos establos reales donde criarlos? -preguntó Simún.

Yita alzó las manos.

– Piensa en lo mucho que se tardaría. Además, las tribus…

Simún lo hizo callar.

– Te doy las gracias -dijo entonces, dirigiéndose a Marub-. Me has servido bien. -Vio el asombro en su semblante y una breve vacilación antes de inclinarse de nuevo, a lo cual ella respondió bajando también la cabeza. A su padre, le dijo-: Está bien, doy mi conformidad. Enviaremos negociadores. Así, el asunto de los esponsales todavía estará un tiempo sobre la mesa.

El hombre que entró en ese instante fue tan silencioso que no repararon en él hasta que se dirigió a Simún. Los tres se volvieron entonces hacia él, arrodillado como estaba, tocando el suelo con la frente. Llevaba la túnica blanca de los sacerdotes y su piel era tan negra como el ébano. Simún comprendió que debía de ser uno de los jóvenes que había visto en la procesión del templo de Baran, aunque a él en concreto no lo recordaba.

– Gran señora -dijo, siguiendo las fórmulas ceremoniales-, poderosa señora. Ardiente como la diosa Shams e indulgente como Almaqh, los poderes de Athtar vivan por siempre en vos…

Simún esbozó un gesto de impaciencia con la mano para hacerlo callar. El hombre carraspeó.

– Mi señor, vuestro sirviente, el sumo sacerdote Bayyin, os ruega que vayáis a verlo. -Y volvió a hacer descender su frente hasta el suelo.

Yita soltó un bufido al oírlo. Se adelantó un paso.

– Es el sacerdote quien viene a ver al rey, no al revés -exclamó con autoridad.

Simún lo retuvo del brazo, sacudió la cabeza muy levemente y lanzó una expresiva mirada hacia la puerta cerrada de la sala del consejo. No, intentó hacerle entender por señas que era mejor no darle ocasión al consejo de conseguir el respaldo sagrado.

Prefería que el sacerdote negro no fuera incluido en las enojosas negociaciones de la boda. Su reacción era impredecible. Bayyin seguía siendo un misterio para ella. Cierto era que la había ayudado a subir al trono, pero desde entonces se había retirado a su templo y apenas había dado señales de vida. Sobre las montañas se acumulaban ya las nubes cargadas de lluvia, el embalse pronto se llenaría y aún había que preparar la ceremonia anual de la ofrenda del agua, que ambos oficiarían por primera vez juntos ante el pueblo. Simún no tenía la menor idea de lo que le esperaba.

Había tomado una decisión firme. Aceptaría su invitación. Sería una buena oportunidad para descubrir cuál era la posición del sumo sacerdote respecto a ella, a solas y sin testigos.

Yita seguía sin estar convencido. Pidió acompañarla y, aunque Simún le dijo que no, siguió insistiendo hasta que aceptó al menos a Marub como escolta. Cuando la muchacha accedió, se volvió hacia el gigante:

– Es el sol de mis ojos -dijo.

Marub asintió con la cabeza en señal de comprensión y respondió:

– Ninguna sombra caerá sobre ella.

Apresó con su mirada al ayudante del sumo sacerdote, que se levantó y se sacudió el paño que le cubría las caderas. Simún se limitó a asentir y seguirlos a ambos. Ante la puerta esperaban otros sacerdotes, cinco en total, que formaron junto al primero una procesión en el centro de la cual colocaron a Simún. Marub cerraba la comitiva. Así salieron del palacio. Fuera los aguardaba un camello con pesadas borlas de hilo de oro, Marub asió las riendas sin preguntar a nadie y la pequeña caravana salió con parsimonia de la ciudad.

«Muy pocos camellos», pensó Simún, y azotó al animal en el flanco. Era una ofensa, pero no podría dar largas eternamente a Hadramaut con las negociaciones. Iba tan absorta en sus reflexiones que no alzó la mirada hasta que se detuvieron ante la puerta del templo. Contempló distraídamente las murallas que lo rodeaban, hechas de un adobe comido en parte por la humedad de los huertos, ladrillos que, marrones y sin ningún ornamento, parecían pertenecer aún completamente al oasis y a sus cabañas. Tras ellas se alzaba la columnata del patio, como salida de otro mundo, y detrás, la fachada del templo sobre su podio de piedra. Atravesaron enseguida el patio con sus bancos a la sombra y llegaron ante aquella misteriosa entrada negra en la que por primera vez viera a Shamr. Fuera por ese recuerdo o por el aliento fresco que salía de allí dentro, Simún sintió que de pronto se helaba a la luz del sol.

Los sacerdotes formaron a derecha e izquierda de la puerta; parecían no tener pensado acompañarla más allá. Cuando Marub quiso entrar, le cerraron el paso. Simún vaciló. Su mirada se paseó por las paredes del atrio, en las que había innumerables tablillas consagradas.

– Almaqh -leyó-, perdona que haya entrado en el templo oliendo a cebolla. Te consagro un cabritillo.

No pudo evitar reír. Un pecado por el que ella nunca se habría sentido culpable. «Almaqh -pensó, por el contrario-, perdona que me acerque a ti con el corazón lleno de duda. Si es que existes.»

Tomó aliento y entró. La oscuridad la rodeó al instante. El luminoso cuadrado que dejó atrás y hacia el que aún se volvió una última vez no era más que un rectángulo brillante cuya luz la cegaba. Unos circulitos bailaron ante sus ojos, marrón sobre negro, mientras avanzaba despacio, a tientas. Sus manos rozaban piedra, los bancos de alabastro en los que su padre y los altos dignatarios se sentaban en las ceremonias. Cabezas de gacela miraban desde lo alto de los frisos; más que verlas, las intuía.