– ¿Bayyin? -Su voz no resonó, sino que fue tragada por la sorda oscuridad. De repente volvió a sentir más frío todavía. Tocó paredes, superficies lisas a ambos lados; debía de estar cruzando un pasaje. Una sensación de asfixia le dijo que se encontraba en un recinto estrecho-. ¿Bayyin? -El eco resonó hueco sobre ella.
La cámara parecía ser alta.
De repente llegó un susurro en el silencio.
– Sé bienvenida, mi reina.
– Bayyin, ¿dónde estáis? -Simún, indefensa, dio una vuelta sobre sí misma en la oscuridad. Se tambaleó un poco y alzó las manos, pero al no tocar más que aire comprendió que allí no había nada. Empezaba a enfadarse-. Dejad este juego del escondite. ¿Dónde estáis?
– Estoy en el lugar en el que descubre uno lo que uno es.
Simún creyó sentir que el sacerdote sonreía. Alzó la barbilla con obstinación.
– Yo ya sé quién soy -exclamó, subiendo el volumen innecesariamente.
– ¿De veras? -oyó en susurros.
Todo quedó en silencio. Simún aguzó el oído, pero ni siquiera logró percibir una delatora respiración. ¿Cómo lo conseguía ese hijo de perra? La enfurecía que jugara así con ella, pero tras su furia acechaba una ligera angustia. ¿De veras estaba sola?
– ¡No eres nada!
Giró sobre sí misma. Ese grito inesperado pareció proceder de todas las direcciones a la vez. Resonó con tanta fuerza que le habría gustado taparse los oídos.
– Eres un dios.
Esa segunda frase fue pronunciada en voz más baja, junto a ella, tan cerca que se quedó sin aliento. Completamente tensa esperó un roce que no llegó a producirse.
Simún soltó un bufido nervioso.
– Bueno, la verdad seguramente queda en algún lugar a medio camino -le gritó a su interlocutor invisible, intentando sonar lo más irónica posible.
La oscuridad emitió una risita.
– A medio camino hay una extensa explanada, tan vasta como el desierto.
Simún volvía la cabeza de izquierda a derecha, atenta como un cazador, para percibir hasta el más leve indicio sonoro. Con cuidado, dio un pequeño paso hacia delante.
– Habladme de ese desierto -dijo.
Ahí estaba de nuevo esa risilla fantasmal que, muy a su pesar, le erizaba el vello de los brazos.
– Háblame tú de eso a mí -repitió la voz-. ¿Cómo fue el desierto? ¿Y tu soledad?
Simún se quedó de piedra. Con esa frase, la voz había evocado en ella infinidad de cosas: la desesperación de su agónica huida hacia Marib, la vacía extensión de las yermas llanuras que rodeaban su poblado, la obstinada tristeza de su infancia y, de nuevo, salido de no sabía dónde, la imagen de un lagarto con la cabeza alzada y las fauces abiertas. Oyó voces de niños a lo lejos, debían de estar jugando en el patio, no entendía bien lo que decían. Sólo oyó que una de ellas susurraba con claridad:
– Ven, dragoncito, que te hechizaré.
¿Había sido ella misma? ¿O había sido Bayyin el que había hablado? Simún escudriñó en vano la negrura entrecerrando los ojos. ¿Cómo podía saber eso aquel hombre? ¿Cómo podía saberlo todo, todo? Se rodeó con sus propios brazos en busca de protección.
– Chsss -dijo la voz, como si tranquilizara a un niño pequeño-. Ya está, ya está. -Después, de súbito con más rudeza, prosiguió-: ¿Es desagradable, verdad, verse apartada de todos… por un defecto? -Esa última palabra fue pronunciada en un tono hiriente.
Simún escondió sin darse cuenta su pie deforme y lo frotó contra la pantorrilla.
Una estruendosa carcajada la rodeó.
– ¡Aquí no puede ocultarse nada! -exclamó la oscuridad. La voz prosiguió de repente con un tono suave-: No tengas miedo, no te delataré. Lo que Athtar ve queda oculto a los ojos de los hombres.
– Gracias -logró decir Simún.
Quisiera haberlo dicho con ironía, pero le entristeció comprobar que su voz había sido débil y temerosa.
– Yo sé lo que es ser despreciado.
– ¡No tenéis la menor idea!
Simún comprendió, con sorpresa, que había sido ella misma quien había gritado esto último. Se llevó una mano a la boca, sobresaltada. Con desprecio, sí, así la habían tratado. El recuerdo la atravesó como si fuera una lanza. En su interior creció un calor que halló salida en unas lágrimas ardorosas. Simún intentó enjugárselas con rabia, pero no lo consiguió. Ella, que nunca perdía la compostura, estaba allí de pie, sollozando como una niña angustiada.
Algo le tocó entonces la mejilla. Simún retrocedió con un nuevo grito.
– Ya no temas más, ya todo ha pasado.
Un tenue destello se encendió en la oscuridad, ante ella, y disolvió la negrura en un marrón oscuro en el que apenas si se hizo visible un rostro. Simún casi no veía más que el blanco de los ojos de Bayyin y la reluciente humedad que había en ellos.
– Yo sé lo que es -dijo el hombre, y volvió a acariciarle la mejilla. Entonces la miró directamente a los ojos-. Sólo que yo no puedo ocultar mi defecto, lo llevo sobre la piel. -Su voz era pesarosa.
A Simún le costaba trabajo respirar.
– Lo ocultáis bajo las vestiduras de sacerdote -repuso ella con crudeza. Su voz no acababa de obedecerla.
– Y tú bajo el título real -fue su respuesta. Ahora que ya podía ver, Simún cerraba los ojos-. Duele, ¿verdad?
Bayyin hablaba con mucha calma. Simún sintió su mano sobre la cabeza.
– Es como un ansia que toda una vida no da para saciar.
Simún asintió y se dejó caer. Allí quedó, de pie, apoyada en el sacerdote, que la acariciaba suavemente, como a una niña desconsolada.
– Ya lo sé -susurraba-, ya lo sé.
Simún deseó poder quedarse para siempre con los ojos cerrados.
– Te han alimentado con cuentos, y tú los has hecho realidad, pero sigues estando triste. -Simún asintió como en trance-. Porque siempre has estado sola, lo sé.
Hizo un leve movimiento y Simún, que parpadeó, vio que bajaba la pequeña lámpara que sostenía con una mano para iluminar sus sandalias. Las ágatas respondieron con un resplandor lechoso. «Sí -pensó la muchacha-, incluso mi padre, en el fondo, se avergüenza de mí.» De nuevo ocultó el rostro.
– Pero el más bello de todos los cuentos está aún por contar. -La voz de Bayyin se volvió aterciopelada, ronroneaba como un gato, pero Simún seguía sin abrir la boca-. Es el acaecimiento de la gran unión. Ya sabes que la muchacha solar debe ser sacrificada al gran dragón, Afrit, pero que Athtar no lo permite. Lucha contra el dragón, lo vence y se lleva consigo a la muchacha solar. -La estrechó más contra sí-. También ese cuento puede hacerse realidad.
Simún se había puesto rígida mientras lo escuchaba. Bayyin estaba hablando de la boda celestial que tenía lugar una vez al año en un templo especial, en lo alto de las montañas. En el fondo relataba la historia de la fundación de Marib: la contención del demonio del agua mediante la presa y la fundación de una dinastía. Un mito que alcanzaría su triste realidad cuando el hijo del rey de Hadramaut, por voluntad del consejo, ocupara el lugar de Athtar para llevar a su Simún-Shams al tálamo nupcial.
Simún suspiró.
– El consejo…
Bayyin le puso un dedo sobre los labios.
– Ellos no te conocen -dijo el sacerdote-. Yo te conozco bien.
Le puso el dedo bajo la barbilla y le alzó la cabeza para espiar en lo más profundo de sus ojos. Su mirada formaba parte de la negrura que los rodeaba.
– No soy nada -susurró Simún automáticamente.
Bayyin sonrió.
– Eres un dios -repuso-. Ambos seremos dioses.
– Ambos -repitió ella en un murmullo.
– Sí. -Una palabra como un gong de bronce. Sonrió-. ¿Qué podría tener más sentido que el sacerdote de Athtar interpretando al héroe? -Bayyin hablaba ahora más deprisa y seductoramente. Simún sentía cómo se hinchaba y se desinflaba su pecho junto a su mejilla-. Incluso el consejo lo comprendería, y cuando estemos desposados… -Se detuvo para apretar la cabeza de la muchacha contra sí- Nunca más estarás sola -dijo con voz grave-. No puedes seguir viviendo sin amor.