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– Amor -repitió Simún, apoyada contra el hombro de Bayyin.

Esos sonidos parecieron falsos, le dio la sensación de que se convertía en piedra al pronunciarlos. Había escuchado todas sus palabras y fluían por sus venas como licor de miel. El sacerdote conocía de veras su pasado, sus sueños, todos sus pensamientos. Casi sintió que se mareaba, pero si de una cosa estaba segura era de que ese hombre no la amaba. Ese pensamiento se abrió a sus pies como un abismo. Nadie la amaba. Escuchó el locuaz latir del corazón de Bayyin. Le hablaba de muchísimas cosas, pero no de amor.

Simún sonrió con tristeza sin moverse un ápice. Bayyin se equivocaba. Sí podía vivir sin amor.

El sacerdote le puso un brazo sobre la cabeza y la estrechó contra sí.

– Te prepararás para mí, ¿verdad?

Simún alzó la cabeza para mirarlo.

– Si quieres desposarte conmigo -dijo con voz clara-, debes pagar unas arras.

Cuando salió del templo, el sol la cegó con tal intensidad que al principio se tambaleó a cada paso. Era como si la oscuridad de Bayyin le hubiera succionado toda la fuerza de las piernas. Sin embargo, apartó a Marub, que se preocupó al verla y quiso apresurarse a sostenerla. Tropezando, cruzó el patio todo lo deprisa que pudo para salir del templo. El gigante la siguió con la mirada, confuso. En sus labios pendía la pregunta de qué había sucedido en el santuario, pero sabía que eso se contaba entre los misterios más profundos y no era cosa suya comprenderlo. Estaba a punto de seguir a Simún, pero vio entonces al sumo sacerdote que, salido de la nada, se había apoyado contra el marco de la puerta, junto a él. Bayyin parecía estar completamente absorto en una lagartija que se deslizaba rauda por la clara superficie de los muros de piedra. El reptil recorrió a conciencia todos los recovecos del cincelado friso de animales, siguió trepando y se acercó más al sacerdote. También Marub contempló fascinado su actividad. ¿No sentía el animal la cercanía de las personas? Sin embargo, parecía que la presencia de Bayyin no molestara lo más mínimo al pequeño lagarto. Era como si, al contrario, lo atrajera irremediablemente hacia él. Marub vio con asombro que el animal alzaba la cabeza como buscando la atención del hombre inmóvil.

Al gigante se le secó la boca. Quiso sacudir la cabeza, abrir la boca para decir: «Qué raro», o hacer algún otro comentario. Entonces Bayyin levantó la mano y él se quedó paralizado al ver que tocaba suavemente a la lagartija, que no se movía, como si fuera nada más que una escultura, la tomaba en su mano y la aplastaba. Su delgada cola verde quedó colgando del puño del sumo sacerdote, que sonreía.

– Todos los seres -dijo en voz baja, como para sí- acuden al dios de la luz para entregarse a él.

Marub se apartó del muro y echó a correr.

Vio a Simún junto a su camello, que estaba amarrado en una palmera, cerca del muro de adobe. Desde lejos vio también que dos jóvenes sacerdotes estaban ocupados con el animal. Marub ya había tenido suficientes sacerdotes por un día.

– Eh, ¿qué estáis haciendo? -exclamó, y corrió los últimos metros para ahuyentarlos.

Desconcertado, tiró de las ataduras de los dos sacos de piel que por lo visto habían colgado de la silla.

– Por todos los jinn, pero ¿qué…? -Enmudeció al ver su contenido.

Simún le arrebató la figurilla de oro que sostenía en sus manos y la dejó con los demás objetos, que tintinearon: lámparas, anillos, vasijas, estatuillas. Su intenso resplandor amarillento conformaba un extraño contraste con el suelo de barro revuelto y el verde polvoriento de la maleza de la explanada.

– ¿Qué es esto? -susurró Marub, casi horrorizado de espanto.

Simún volvió a atar el saco, asió las riendas del animal de carga y las dejó en manos del hombre.

– Esto, Marub -dijo-, son camellos. Cómpralos para mí.

CAPÍTULO 24

Mendigos en la puerta

La primera vez que Mujzen y Shams fueron rechazados por los criados del palacio, Shams había insistido en que volvieran a intentarlo.

– Tenemos que llegar hasta ella -pidió-. Nos ayudará.

– ¿Y postrarnos a sus pies? -Mujzen sacudió la cabeza-. Ya lo has visto -exclamó agitando el puño en dirección a la gran escalinata de donde acababan de echarlos-. No somos nada. Nadie. Nos echan de aquí.

Shams lo siguió, tropezando, mirando al suelo con miedo para no pisar ninguna mancha de la sangre de Shamr, que aún seguía secándose sobre las piedras, aquí y allá. Había un par de perros olfateando con el morro pegado al suelo y la cola temerosamente oculta bajo los huesudos flancos, pero tampoco a ellos les prestaban ninguna atención los guardias.

– Mujzen, espérame.

Tenía miedo de perderlo en el revuelo de las calles, que la atemorizaba. Shams nunca había aprendido a contar, no sabía cuántas personas vivían en Marib. Tampoco sabía cuántos habían sido en su poblado, pero allí habría podido llamarlos a todos y cada uno por su nombre, conocía todos sus rostros y todas las siluetas que se recortaban contra el horizonte centelleante. No había en el pueblo nada que se moviera y que no le dijera algo, no había nadie que no le importara nada.

En la ciudad todo era distinto; había más rostros de los que podría memorizar en toda la vida. Al principio, Shams había seguido su impulso de saludar a todo el mundo, hacerle una seña a uno, dirigirle una cabezada a otro, apartarse de su camino, esperar una muestra de reconocimiento mutuo, un gesto, al menos unas cejas alzadas que le dijeran: «Te veo», hasta que sintió que se mareaba. Esa falta de respuesta le transmitió la sensación de ser invisible, hueca y leve como un tallo de paja que el viento sopla sobre los campos. Por todas partes vivían personas como ella misma y, sin embargo, Marib no era más que un hormiguero: era un tumulto incalculable y enrevesado que no tenía nada que ver con ella. Nada, excepto el hecho de haberla degradado también a ser una hormiga sin nombre.

Sin embargo, Mujzen y Shams aprenderían pronto que Marib no eran tan informe como parecía. También allí existían estructuras sólidas, había familias y estirpes, vecindarios y comunidades. Las agrupaciones de oficios que se reunían en determinadas calles estaban asimismo bien organizadas. Vivían unos junto a otros, pagaban sus impuestos en conjunto, ofrecían sacrificios comunitarios y se daban sepultura unos a otros. Estaban los herreros y los alfareros, los curtidores y los tintoreros, los canteros y los comerciantes de especias. Estaban los criados del palacio, los barrios de los mercaderes extranjeros, las zonas sagradas de los sacerdotes. Y también los campesinos. Sin embargo, ellos dos no pertenecían a ninguno de todos esos grupos.

Puesto que allí no vivía nadie de su tribu, nadie quería ofrecerles refugio. No encontraban trabajo, pues no dominaban ninguna artesanía y, de así haber sido, tampoco habría habido sitio para ellos, puesto que no eran hijo ni hija de ningún artesano de la localidad. No podían adquirir tierras, puesto que no pertenecían a ninguna de las familias que tenían derecho a ello. Sí que les vendían comida, pero nadie se interesaba por saber de dónde venían ni adonde iban, siempre que se largaran de allí al instante.

En el mercado del ganado, Mujzen le dio unas palmadas a un camello y le dijo a su propietario, sin malicia, que el animal estaba cojo pero que podía recuperarse. El mercader lo ahuyentó de mala manera y le culpó a voz en grito de haberle hechizado el animal. Se agachó, cogió bosta de camello y, renegando a gritos, se la lanzó a Mujzen, que salió huyendo entre las carcajadas de los demás mercaderes.

Al parecer del chico, la culpable de todas esas humillaciones era Simún, y cada una de ellas fortalecía su propósito de no pedirle ayuda nunca, jamás.