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Mujzen y Shams encontraron su lugar frente a las puertas de la ciudad, en los modestos asentamientos de barro que albergaban a quienes no tenían hogar. Mujzen iba a pedir trabajo como jornalero a los huertos, donde por un puñado de cebollas, unos cuantos dátiles o algo de verdura se pasaba horas bregando entre los bancales. Shams recogía paja de los campos cosechados cuando se lo permitían. Iba descalza detrás de las mujeres que segaban y recogía la paja que encontraba. Con un pequeño cuchillo cortaba lo que las hoces de las demás habían pasado por alto, manojos correosos que le hacían cortes en los dedos. Con ello trenzaba pequeños cestos y alguna que otra muñeca que ponía a la venta en el mercado, acuclillada sobre los talones y con sus escasos artículos expuestos sobre su mantón.

De vez en cuando se plantaba ante ella un hombre con tanto ímpetu que Shams no podía evitar repasar con la mirada sus pies desnudos, su vestimenta y luego su rostro. Cuando sus miradas se cruzaban, el hombre sonreía y le lanzaba un anillo de bronce. Shams miraba hacia otro lado. Allí quedaba el anillo, reluciendo sin malicia. La muchacha apretaba mucho los dientes cuando de los puestos de comida le llegaban deliciosos olores, aromas de carne y sabrosos caldos, y entonces se imaginaba a sí misma sirviéndole a Mujzen una abundante comida de sémola de cereales, menta y carnero. Sin embargo, ella siempre sacudía la cabeza con firmeza y se alegraba cuando Mujzen llegaba más tarde a recogerla. La muchedumbre que se empujaba en las callejas al atardecer, en cuanto el aire refrescaba, seguía antojándosele como la riada de Afrit.

– No podemos seguir así-dijo Mujzen una tarde mientras se hallaban sentados bajo unas palmeras. Shams le había llevado al huerto un almuerzo frugal-. Tenemos que vender los dromedarios.

Shams lo miró con espanto.

– Pero… -adujo-… trabajan girando la muela de Sumhu, y él nos da cereales a cambio.

Lo que no dijo fue que los dos animales representaban su última esperanza de escapar de allí algún día, de ir a algún otro sitio, lejos de esa situación de miseria paralizante. Mientras los dromedarios siguieran allí, seguiría en pie el sueño de montar a ellos un día para cabalgar hacia casa, de vuelta con sus familias, que tal vez los hubieran perdonado y olvidado. De marchar a alguna parte. Miró con ojos dubitativos en derredor, a aquel paraíso que no era para ellos. Los aromáticos limones maduraban en su bosquecillo de recia fronda y los campos de cereales se extendían cosechados y desteñidos por el sol. Las cebollas y los ajos hacían brillar sus alargadas hojas de un verde mate, que sobresalían fláccidas de la tierra. Esa tarde, el trabajo de Mujzen consistía en regar los bancales.

– A lo mejor… -dijo Shams, pero se quedó callada mientras su pensamiento daba vueltas sin rumbo.

– No existe ese a lo mejor. -Mujzen se limpió las migas del regazo-. La otra posibilidad sería que me fuera a las minas de sal.

– ¡No! -exclamó Shams con sobresalto. Nadie que trabajara allí vivía mucho tiempo-. No puedes dejarme sola, a mí y a… -Se mordió los labios y no dijo más, pero sus gestos fueron inequívocos: jamás permitiría que Mujzen se sacrificara por ella en los agujeros calientes y brillantes de las minas. Al fin se atrevió a hacer una pregunta-: ¿Y si le pedimos ayuda a Simún?

Mujzen torció el gesto.

– Nunca volveré a acercarme allí -dijo y, como si esas palabras lo hubieran espantado, se levantó-. Y tú tampoco. -Se quedo un momento en pie, mirando al vacío con la boca abierta. La duda y la obstinación luchaban por prevalecer en su rostro. Entonces tomó una decisión-. Lo mejor será que lo haga ahora mismo.

Al ver la tristeza del semblante de Shams, le posó un beso de despedida en la frente.

En lugar de seguirlo con la mirada, ella clavó los ojos en el suelo. A pesar de que sólo estaría sola un rato, en ese momento se sintió abandonada y privada de toda esperanza. El beso de Mujzen no la había consolado, sino que había sellado esa sensación. Con la mano izquierda se apretó instintivamente el vientre. Todavía no se notaba nada, no se veía, pero ella estaba segura de que en su interior crecía algo desde hacía ya unos días. Después de recoger con cuidado los restos de la comida en el pañuelo y colgarlo de la rama de un árbol, Shams se levantó con un suspiro. Se dispuso entonces a hacer el trabajo de Mujzen por aquella tarde.

Una vez más, no había conseguido encontrar el valor para decírselo y tenía la sensación de que había perdido la última oportunidad. Todas sus conversaciones giraban en torno al dinero y la necesidad, no había lugar para un hijo. Shams se avergonzaba de tener tantas dudas. Sabía que debía alegrarse, pero no acababa de conseguirlo. También le daba miedo ver esa misma duda en el rostro de Mujzen, un estremecimiento y una expresión de desaliento desamparado. Si él dudaba, ella no sería capaz de soportarlo más.

Shams se acercó a la acequia de piedra por la que fluía el agua. Se dividía en tres canales más pequeños después de un murete con unos pasos que en ese momento estaban cerrados. Levantó la esclusa de madera de la abertura central y dejó que el agua inundara el canal que desembocaba en sus bancales. Corría un caudal escaso, pero no necesitaba mucho. Con el bastón fue arañando un cauce para que el agua se arrastrara hasta las plantas y humedeciera sus raíces.

Shams observó cómo avanzaba y era absorbida, y entretanto pensó en Mujzen, que estaría vendiendo ya los dromedarios. Lo que le dieran por ellos desaparecería también. Cada vez quedaría menos, irremediablemente menos, hasta que todo hubiera desaparecido y no lograran arañar nada más de la tierra con sus manos desesperadas. ¿Qué sería de ellos entonces? En ese momento sintió que alguien la observaba.

Dhiban, el campesino al que pertenecía el terreno, estaba detrás de ella, contemplándola mientras mascaba un rábano. Escupió un par de hebras fibrosas antes de hablar.

– Shamsss -dijo, y sonrió. Pronunció su nombre como lo hacía Mujzen, con un leve siseo al final, que dicho por él sonaba funesto-. Vamosss, vamosss, vamosss, pero ¿dónde está tu bello esposo?

Shams se irguió, airada, con intención de prohibirle que se riera de él, pero sacudió la cabeza y volvió a inclinarse sobre los bancales. El hombre había prometido darles un manojo de dátiles esa tarde. No tenía sentido ponerse a discutir.

– Está con Sumhu, ha ido a buscar los dromedarios -se limitó a contestar-. Quiere venderlos.

Dhiban masticaba con la boca abierta.

– ¿Esos jamelgos? -preguntó con interés-. Tal como los ha desgastado Sumhu, no le darán mucho por ellos.

Shams no repuso nada. Fuera lo que fuese lo que consiguiera Mujzen, sería demasiado poco. Le dio la sensación de que la barriga se le convertía en piedra, pero siguió trabajando encorvada.

– Debería haberme dicho que se iba -siguió diciendo Dhiban, meditabundo-. Tendría que haberme pedido permiso.

Shams alzó la cabeza con alarma.

– Ya estoy haciendo yo su trabajo. Pronto habré terminado. -Levantó el bastón manchado de tierra para demostrarle lo diligente que era.

Dhiban aireó el pañuelo que llevaba en la cabeza y se la quedó mirando.

– Sí, eres trabajadora -corroboró-. Si no lo fueras, ya hace tiempo que habría dejado de encargarle faenas a ese inútil desfigurado.

Shams, que sintió que el hombre se le acercaba, volvió a inclinarse sobre el bancal y siguió arañando la tierra imperiosamente ron el bastón. Oyó que detenía sus pasos muy cerca de ella y sintió su cercanía y su mirada, que le acariciaba las nalgas.

– En realidad -murmuró Dhiban-, mañana mismo debería echarlo de aquí, o mejor aún, hoy. -Reparó en cómo Shams se estremecía y sonrió-. Dame un motivo por el que no deba hacerlo -dijo, y puso una mano sobre su carne trémula-. Dame un solo motivo -susurró esta vez.