Shams cerró los ojos. Sus dedos seguían aferrando el bastón. «Simún -pensó-, Simún lo mataría aquí mismo y clavaría su cabeza en un poste.»
– Una mujer como tú debería tener un huerto -le siseó Dhiban al oído mientras sus manos, despacio, como por casualidad, se apoderaban de la tela de su vestido.
Shams las sentía ascender por sus pantorrillas como la espuma de la riada.
– Un huertecito propio, lleno de bancales. No debería morir de hambre en medio de la abundancia.
Apretó las manos en sus nalgas con brusquedad.
Shams abrió la boca para gritar, pero permaneció callada y agachó la cabeza con docilidad.
Mujzen entró nervioso en la plaza de los ganaderos, de la que ya lo habían echado vergonzosamente una vez. Sin embargo, nadie parecía acordarse de él y, sin encontrar resistencia, se hizo con un espacio para sus dos animales en mitad del gentío.
El recinto se encontraba cerca de las murallas de la ciudad, en un lugar en el que las apretadas edificaciones se interrumpían y unos descampados llenos de malas hierbas se alternaban con ruinosas casas aisladas. El suelo estaba aplanado por miles de pezuñas de camellos, ovejas y cabras, era duro y quebradizo a causa de la sequedad. Cuando soplaba la brisa, levantaba nubes de polvo y a veces provocaba algún que otro torbellino danzarín que se llevaba consigo una brizna de paja o un haz de lana de camello que encontraba en su camino.
Mujzen, sentado con las piernas cruzadas, seguía su recorrido con tanto interés como si le fuera la vida en ello. Era mejor que con templar los rostros recelosos de sus vecinos.
La primera vez que se atrevió a alzar la cabeza, su mirada recayó sobre la mísera construcción de enfrente y pensó en lo afortunados que serían si vivieran allí, entre sólidos muros de adobe y cerca de un pozo. El iría todos los días al mercado para hacer sus negocios, y aquella figura de allá, la que volvía del pozo con un cántaro y rodeada de niños, sería Shams, que de vez en cuado le haría una señal afable.
Shams. Al pensar en su nombre se sintió revivir un poco. Tenía que sobreponerse y conseguir vender bien los animales. Se lo debía.
Mujzen se puso en pie de un salto y empezó a mirar con cautela en derredor. El mercader que tenía a su lado ya había atraído a un cliente interesado en su oferta. El comprador era un hombre imponente, con un amplio manto de lana verde sujeto por un pasador con una cabeza de león y una faja amarilla en la que guardaba dos dagas cruzadas. El pelo largo y negro le había caído sobre la cara al inclinarse para inspeccionar las pezuñas del tan ensalzado camello, pero, cuando volvió a enderezarse, Mujzen tomó aire ahogando una exclamación de sorpresa: el hombre era enorme, le sacaba más de dos cabezas y su rostro estaba desfigurado por una terrible cicatriz. Dos ojos, uno negro y fulminante, el otro muerto, se dirigieron amenazadoramente hacia él. Mujzen se hizo atrás. Sin embargo, al ver que el otro terminaba enseguida la crítica contemplación de su persona y que volvía a apartar la mirada, hizo de tripas corazón.
– No os lo llevéis, señor-exclamó-. Ese animal no es bueno.
Sorprendido por su atrevimiento, el grandullón se volvió hacia él.
– ¿Eso quién lo dice? -preguntó-. ¿Acaso tú, el de los jamelgos esclavizados?
Mujzen se apresuró a hacer una reverencia.
– Oh, gran príncipe guerrero, señor de camellos -barboteó antes de recobrar la serenidad-. Mis animales parecen tristes -admitió-, están en malas condiciones, tienen el pelaje manchado de heridas y las extremidades famélicas. Pero su constitución es buena, tienen una osamenta regular, recuperarán su paciencia y su fuerza sólo con que alguien vuelva a encargarse de ellos. Tienen un carácter voluntarioso y mucha valentía. Vos mismo podéis verlo en su expresión. -Mujzen se detuvo, pero enseguida prosiguió, llevado por el ardor de su propio discurso-: Ese de ahí, por el contrario, tiene un paso intranquilo. Sí, lo veréis en cuanto se mueva. Llevadlo un momento de las riendas.
Se adelantó con diligencia para demostrar sus palabras. Le arrebató las riendas de la mano al desconcertado vendedor y condujo al camello él mismo un par de pasos hacia aquí y hacia allá. Estaba tan en su elemento que olvidó por completo sus miedos. El gigante no decía nada, pero seguía escuchándolo.
– ¿Veis esa pequeña irregularidad? ¿Ahí? Eso es por las caderas. El animal no tiene bien los huesos, cojeará enseguida, siempre. No es resistente y nunca podrá cargar con grandes pesos, oh, señor de caravanas.
– Señor, no dice más que disparates. Por todos los jinn, este animal es ostentoso, mirad qué pelaje tiene, que reluce como la miel.
El gigante se volvió hacia Mujzen con el ceño fruncido por una pregunta.
– Ese pelo es señal de buena alimentación -reconoció éste. Aunque entonces estiró la mano hacia el morro del camello, tiró de él hacia sí y lo inspeccionó, pese a su resistencia-. Pero su dentadura dice lo contrario, mirad estos surcos profundos. -Soltó al renuente animal, que estiró el cuello dando un bramido-. Seguramente lo han lavado con leche esta mañana. -Al decir esas palabras, hundió la nariz en la cálida lana e inspiró hondo inhalando su aroma.
Ahí estaba, junto a la hedionda transpiración de la bestia: una delicada nota de leche agria.
El extraño se tomó la molestia de olfatearlo él mismo y arrugó la frente.
– ¿Qué tal tienen los dientes tus dromedarios? -preguntó.
Mujzen agachó la cabeza.
– Los tienen mal, señor -admitió-. Los dos han perdido valor este último medio año y jamás volverán a recuperarlo.
El otro lo contempló largo rato. Su mirada iba una y otra vez de los dromedarios a Mujzen.
– Eres serio -afirmó-. Y sabes bastante de animales. -Acalló las protestas del primer vendedor, que todavía intentaba llamar su atención, y se dirigió con interés hacia Mujzen-. Nunca te había visto en el mercado. ¿Quién eres?
– No soy nadie, señor. Un jornalero. -Mujzen se atrevió a al zar la cabeza-. Soy del desierto. Como mis dos animales.
Testarudo, asió las riendas de los dromedarios y tiró de ellos hacia sí para arrimarles la cabeza con cariño. Ambos aceptaron la caricia con agrado.
– Conque un beduino… ¿Cómo te llamas?
– Mujzen.
– Mujzen. -El gigante repitió su nombre en un murmullo, como si aspirara un aroma extraño para ver si era agradable-. Bueno, Mujzen -dijo al cabo-, yo soy Marub, de la tribu de los al-Hadhad. Mi cometido es el de comprar camellos, muchos camellos. No me iría mal contar con un ojo experto. -Se dio unos golpecitos con el dedo bajo el ojo destrozado y sonrió-. ¿Querrás ayudarme?
– ¡Shams! ¡Shams!
El entusiasmo desafinaba la voz de Mujzen, que había empezado a gritar mucho antes de llegar a su cabaña, sin hacer caso de las apáticas miradas de los vecinos. Seguido de una desbandada de niños que gritaron de júbilo sin acabar de creérselo cuando éste les lanzó un puñado de granos de granada, echó a correr sin detenerse ni un instante hacia la puerta de su casa.
– ¿Shams? -exclamó en la penumbra.
Al principio creyó que no estaba en casa, después sus ojos se acostumbraron a la oscuridad y descubrió su figura hecha un ovillo sobre las mantas que les hacían de yacija.
– Shams, cariño, mi niña. -La abrazó y cubrió su rostro de besos. Oh, Almaqh, cuánto hacía que no la estrechaba así, cuánto hacía que ya no sentía esa emoción. Hasta qué punto les había amargado la alegría a ambos la inexorable Marib-. Mi luna en el cielo diurno -le susurró al oído-, mi rosal visitado por todas las abejas. -Le acarició el hombro con cariño-. Estás llena de tierra -dijo, sorprendido.
Shams se apartó un poco.
– ¿Qué llevas ahí? -preguntó ella con esfuerzo.
Lo dijo con un hilo de voz, como si hubiese estado dormida, o llorando.
– ¿Te he despertado? Perdona -repuso él con alegría.