Выбрать главу

Rebosante de buen humor, Mujzen acercó su hatillo, lo abrió y extendió su contenido ante la asombrada mirada de ella. Había un trozo de carne de carnero, un queso, un saquito de pasas, almendras y, como colofón, un tarrito de miel de dátiles.

– Mujzen, esto, esto… es demasiado.

Shams estaba completamente perpleja. Su mirada iba una y otra vez de las exquisiteces al resplandeciente rostro de Mujzen. ¿Qué era todo eso? No lo comprendía. ¿Se había gastado de golpe todo lo que le habían dado por los animales? ¿Lo había cambiado todo por esa comida? Sin acabar de creerlo, tocó los caros artículos con dedos temblorosos. Sentía que debía exasperarse, pero le faltaban fuerzas. Sólo muy en su interior se removió la ira. Ella que lo había hecho todo, todo, por sustentarlos a ambos, y él, derrochador, ¿qué había comprado?: ¡Golosinas! ¿Cómo había sido capaz? Sin embargo, la mala conciencia enseguida hizo callar a esa voz.

Mujzen no percibió la agitación interior que tenía presa a su mujer.

– Pues así será a partir de ahora -exclamó con voz entusiasta-. Esto no es más que el principio. -De nuevo la estrechó contra sí-. Ahora tendremos qué comer todos los días, Shams. He encontrado trabajo, un buen trabajo.

Le relató su encuentro con Marub y le explicó que desde ese día le aconsejaría en la compra de camellos y su crianza.

– Imagínate, todo el establo estará en mis manos. Todos los mozos de camellos obedecerán lo que yo diga. -Su voz era casi venerable-. Tres mil camellos. -No sin orgullo le describió su nueva posición y la prosperidad que obtendrían gracias a ella. Desde entonces se alimentarían como reyes, bueno, o casi. Vestirían mejor, se instalarían en una casa de la ciudad. Marub esperaba que viviera cerca de los establos del palacio-. Naturalmente, tendré que pasar más tiempo fuera -siguió explicando Mujzen, exultante-. Queremos ir a Qataban y Adana a comprar animales nuevos. Criar con una sola manada sería demasiado laborioso, ¿sabes? Las hembras sólo paren una cría cada tres años, y Marub dice que quiere resultados antes. De modo que estarás sola más a menudo, pero…

Mudo de asombro, comprobó que Shams se hundía en sus brazos llorando. Sollozaba con tanta fuerza que no pudo seguir hablándole. Con suavidad la meció sobre su regazo y le murmuró palabras de consuelo como a una niña, pero ella no lo escuchaba.

– No pasa nada -dijo Mujzen al final, sin saber qué hacer-. No estaré fuera mucho tiempo, ¿me oyes? Regresaré al cabo de poco. Ya todo está bien. -Lo dijo con fervor, y la felicidad inundó su pecho al hablar, pues de veras era así.

Shams, en su regazo, asintió mecánicamente y guardó silencio. Con ojos ardientes y secos miraba a la oscuridad mientras él le describía el futuro con voz alegre. Era demasiado tarde, demasiado tarde para llorar.

CAPÍTULO 25

Al este, hacia Hadramaut

Simún alzó la mano y ordenó a los hombres que refrenaran a sus camellos. La vanguardia de su ejército se detuvo. Habían avanzado completamente desplegados sobre la cresta de la cadena de colinas, un guerrero junto a otro, un animal junto a otro. La fila de jinetes se extendía de lado a lado ocupando más que la presa de Marib.

Como una riada caerían sobre Ausun.

El rey estaba acampado allí abajo, en el valle. Simún vio las colgaduras de su tienda ondeando al viento, con su blanco estandarte del árbol del incienso. La llamada de las trompetas de guerra llegó resonando hasta ellos.

Simún sonrió. Los jinetes de Hadramaut ni siquiera habían montado. Sus cabalgaduras estaban todavía amarradas junto a las tiendas, y el humo ascendía en delgadas volutas desde las hogueras en las que cocinaban bajo el cielo de la mañana.

– Los aplastaremos -dijo, dando voz a sus pensamientos.

Su padre llegó cabalgando a su lado y detuvo a su animal. Despacio, siguió la mirada de su hija y sopesó lo que veía.

– Son muchos -afirmó-, y nos han visto.

Señaló con la mano a las figuras de allí abajo, que poco a poco iban cobrando vida. Se veían las tiendas abriéndose, y los hombres que corrían hacia sus animales. La llamada de las trompetas resonó un vez más, fuerte e imperiosa.

– Aún no lo han visto todo -repuso Simún, y volvió a levantar la mano.

Obedeciendo a ese gesto, la segunda fila de jinetes avanzó entonces y sus negras figuras cubrieron las cimas de las colinas. A una nueva señal, sus trompetas respondieron a las del fondo del valle.

Estalló entonces un estruendo de pezuñas de camellos que hizo temblar el suelo. Como un aguacero atronador descendieron sobre el valle, bajaron por las colinas, resbalaron por la grava, quedaron engullidos por el polvo como en nubes de tormenta y arremetieron contra el enemigo en amplia formación.

Ausun salió de su tienda cuando el grupo negro se acercaba. No importaba a donde volviera la cabeza, ocupaban el horizonte de un lado a otro. Esa visión lo dejó un momento sin aliento. Entonces apretó más el pañuelo que sostenía en las manos y se dio con él tres vueltas alrededor de la frente antes de remeter el extremo con decisión. Extendió las manos; le alcanzaron el arco, el carcaj y la larga daga curva. Con ambas manos asió la lanza.

– ¿Ha venido ella? -preguntó, sucinto.

Su consejero asintió con la cabeza.

– Su estandarte ondea el primero de todos.

– Enséñamelo, y la aniquilaré.

Ausun esperó a que el dromedario que le trajeron se arrodillara. Montó de un salto, tiró de las riendas y le clavó el pie en el cuello. El animal obedeció la orden con un bramido y se levantó. El rey se vio zarandeado hacia delante y luego hacia atrás, asió la lanza con impaciencia y la alzó por la caña, agitándola ya mientras cabalgaba. No esperó a sus hombres. Con un feroz grito de guerra se lanzó a la batalla y buscó el estandarte del cuarto de luna yaciente que nadaba en un sol rojo sangre.

Los hombres de Hadramaut no consiguieron formar una línea de ataque prolongada. Sin embargo, poco importaba, pues la táctica de todas formas era otra: buscar un adversario para lanzarse en un duelo contra él. El amplio frente de los sabeos había llegado al galope, pero en cuanto se encontró en el campamento de Ausun, su raudo cabalgar quedó detenido. Los jinetes de los extremos siguieron camino por los costados, como la cola de una serpiente, y acosaron al enemigo por los flancos, pero enseguida se dispersaron también en un tumulto de duelos en los que se peleaba encarnizadamente.

Se veía a jinetes solitarios azuzando a sus monturas, repartiendo mandobles a diestro y siniestro, cruzándose entre sí. Otros luchaban contra un adversario, lo perseguían y lo asediaban con todas sus fuerzas hasta que, finalmente, caían al suelo aferrados hombre a hombre en un abrazo mortal. Otros habían vencido a sus rivales. Bramando y blandiendo el arma galopaban con la capa al viento, proclamando su triunfo y atrayendo así al siguiente que quisiera medirse con ellos. Cada vez se veían más camellos sin dueño en aquella confusión. Cada vez más cuerpos quedaban tendidos en el suelo mientras el caos de patas de la batalla arreciaba aquí y allá. El polvo ascendía en nubes y lo ocultaba todo como si fuera niebla.

Ausun, flanqueado por su guardia, se había embarcado en un ataque imperioso que, no obstante, había quedado obstaculizado al chocar con los sabeos que se habían reunido alrededor de su reina. Con los dientes apretados vio cómo se alejaba su estandarte mientras él se veía obligado a defenderse frente a otros rivales. Ausun repartía un mandoble tras otro con ira, pero el muro de los hombres de Saba era sólido, no había forma de atravesarlo. Se limpió la frente con el brazo. Parpadeó; le había entrado arena en los ojos, le escocían. ¿Dónde estaba esa mujer, esa mujerzuela megalómana? ¿Dónde se había escondido entre aquella turba de hombres? Tiró de las riendas de su dromedario para hacer que se arrodillara un poco y girara sobre los cuartos traseros.

Ausun sonrió entonces. La veía, la veía claramente.