– ¡Karib, a mí! -vociferó.
Su lanza salió volando lejos, muy lejos. Ascendió por encima de la niebla de polvo; en el vértice de su parábola, la luz del sol se posó en su hoja y lanzó un destello.
Simún estaba inclinada sobre el cuello de su camello para galopar mejor. No sentía ningún miedo, sólo el corazón le latía con fuerza. Era como aquella otra vez, en la carrera, cuando todos estaban en su contra y ella sólo deseaba una cosa: ser la primera.
– Corre -susurró al oído de su montura-. ¡Corre! -gritó; fue un rugido, a su alrededor sólo se oía un sonido inarticulado que se alzaba de las gargantas de miles de hombres.
El animal extendió sus alas a toda velocidad y Simún echó a volar, voló hacia el enemigo. El viento le abofeteaba la cara, le arrancaba lágrimas de los ojos y emborronaba todo lo que se acercaba a ella.
El choque fue brutal. Simún oyó el crujido sordo de los cuerpos al hacer impacto entre sí. Ella misma estuvo a punto de caer del lomo de su camello y tuvo que sujetarse con ambas manos para no resbalar. Su padre, que la vio tambalearse, se apretó a su lado y con un golpe la hizo subir de nuevo a la silla. Simún lanzó una rauda mirada hacia su rostro, una fracción de segundo.
– ¡No te separes de ella! -oyó que ordenaba Yita, y supo que se lo decía a Marub, pero tuvo que ocuparse ya de un atacante que se abalanzaba sobre ella con la lanza en alto y los perdió a ambos de vista.
Toda su concentración estaba puesta en conservar la vida. Simún paró el primer golpe, se zafó de su adversario y salió al galope, quedó apartada, volvió a abrirse paso a empujones. Cada mandoble hacía vibrar su hoja. Su brazo temblaba bajo la fuerza de los golpes que asestaba. Los dientes le entrechocaban. De pronto pudo respirar, tomar impulso, atacar. Vio un rostro asombrado que se inclinaba hacia delante, una silla vacía. Lanzó la cabeza hacia at ras y se encontró un instante con la mirada de Marub, que bajaba su arco, Pero no tenía tiempo.
«No -pensó Simún, jadeando mientras repartía golpes y mas golpes, se agachaba, se erguía de nuevo-. No lo lamento. Era importante que yo cabalgara a la cabeza, y no tengo miedo.» Su hoja se hendió entre unas costillas con un crujido y reapareció de un rojo reluciente. Rojo como la ira del lagarto. Se la quedó mirando como en una pesadilla. A su alrededor, rostros demudados a causa del esfuerzo por sobrevivir, del ansia furiosa de robarle la vida a otro. De repente le pareció que todo ocurría sin sonido alguno, como si ese ruido atronador estuviera en su cabeza y sólo la ensordeciera a ella. Vio la caña de una lanza en el cuello de su camello y alargó la mano, sintió la sangre pegajosa bajo sus dedos, vio que la tierra se acercaba.
«Vuelo», pensó.
Yita se percató del tumulto entre el que se desplomaba el camello de su hija. Vio que su portaestandarte caía, que los animales, presa del pánico, soltaban patadas, tropezaban y caían. «¡La aplastarán!», fue su primer pensamiento. Antes de poder dar forma al segundo, ya estaba junto a ella. Su animal chocó con otro a toda velocidad y lo catapultó hacia los cuerpos que se revolcaban allí, pero Yita se puso de nuevo en pie como un gato. Encontró a su hija y la ayudó a levantarse. No estaba seguro de que Simún lo hubiese reconocido, pero eso no podía detenerlo. Se acercaban más jinetes.
– ¡Marub!
Simún oyó el grito. Reconoció la voz de su padre, pero su mirada seguía hipnotizada por el estandarte que se agitaba en el cielo, frente a ella. El árbol del incienso se desplegaba y se ocultaba allí delante, se burlaba y se reía de ella. Decidida, alzó su cuchilla.
– ¡Marub!
Simún no se volvió. Marub acudiría, ayudaría a su padre. Era su corazón y su brazo.
Sin embargo, el descomunal guerrero había comprendido mejor que ella qué significaba el grito de Yita. En el último momento, su animal se interpuso entre Simún, Yita y los hombres de Ausun que se abalanzaban sobre ellos, agarró a la muchacha del hombro, la alzó hasta su silla y se alejó con ella de allí antes de que las atronadoras pezuñas de los camellos de Hadramaut enterraran a su padre.
Simún lo vio sin comprenderlo.
– ¡Padre! -resonó su grito, ahogado en el clamor de la batalla.
Marub cabalgó con ella hasta estar lejos del tumulto. Cuando se detuvo, la soltó y ella pudo erguirse frente a él. Apretó el puño y le golpeó en la cara con todas sus fuerzas. En ese mismo momento resbaló de la silla al suelo.
– ¡Dadme un camello! -exigió.
Lo repitió varias veces a voz en grito y temblando de ira, pero nadie se movió. También Marub permaneció inmóvil en su montura, sin hacer más que tocar las delgadas líneas de sangre de la comisura de su boca.
Simún se abalanzó hacia un sabeo que estaba allí de pie, avergonzado. Le arrebató las riendas de su cabalgadura de las manos, lo hizo a un lado, montó y se inclinó de nuevo hacia él.
– ¡Tu lanza! -pidió.
El soldado miró a Marub sin saber qué hacer. Simún siguió su mirada. Su mano seguía extendida.
– Tu lanza -repitió, moderando la voz.
Vio que Marub accedía y sintió la cálida madera de la caña en la mano, alzó el arma y saludó con ella a los hombres de su padre. Entonces profirió un grito y se lanzó hacia la batalla.
Aquella noche las hogueras de Saba seguían ardiendo para celebrar la victoria. Los espetones giraban cargados con bueyes, cabras y dromedarios de los que caían gotas de grasa al fuego.
Los tambores no callaron hasta muy pasada la medianoche, y los hombres, que todavía no se habían cansado de blandir sus armas, competían en interminables danzas compuestas de temerarios saltos y giros. Simún los miraba desde la entrada de su tienda, inmóvil.
Marub estaba tras ella; sentía que la muchacha dudaba, veía que sus dedos jugueteaban con la tela de las colgaduras.
– No estáis obligada a asistir -dijo, en contra de su natural silencioso. La joven le daba lástima-. Los hombres comprenden que estéis de luto. -Carraspeó para ocultar la fragilidad de su propia voz, pues tampoco él podía pensar en la muerte de su señor sin emocionarse.
Simún sacudió despacio la cabeza.
– Esperan que su mukarrib bendiga la victoria -repuso, y descorrió del todo la colgadura de la tienda.
El alegre sonido de la fiesta se percibió con mayor claridad.
– ¿Acaso deben tomaros por un hombre? -El reproche escapó de los labios de Marub casi contra su voluntad.
Jamás había criticado a su difunto señor, lo había seguido en todo, también en el absurdo amor que le profesaba a su hija, una criatura obstinada, con una fuerza de voluntad, un valor y, sí, una frialdad casi inquietantes que la hacían seguir su propio camino. Los hombres de los al-Hadhad habían gritado, habían llorado y se habían golpeado con sus fustas al saber de la muerte de su jefe. El mismo seguía debatiéndose con su tristeza. ¿Y su hija? Había conducido con perfecto dominio de sí misma las negociaciones con Karib, el consejero de Ausun.
Marub debía reconocer que se había sentido orgulloso de ella al verla cabalgar de nuevo hacia la batalla, orgulloso de que luchara como cualquier otro guerrero que quisiera vengar la muerte de su padre. Jamás olvidaría el momento en que la muchacha, asiendo la daga con las dos manos alzadas, había galopado hacia Ausun y le había arrebatado su hoja. Cómo lo había tirado al suelo, cayendo con él, con la melena tapándole por un momento el rostro, que mostraba una expresión extrañamente serena. Por un instante tuvo la sensación de que la batalla entera contenía la respiración. Y entonces todo terminó.
Los hombres corrieron por el campo ensangrentado en busca de sus familiares. Simún recibió al enemigo para dictarle sus condiciones. Sentada como una estatua le había explicado a ese Karib qué esperaba Saba en el futuro de Hadramaut y de su joven rey, el hijo de Ausun: vasallaje… e incienso. No había llorado ni una sola vez. No había estado sola ni un minuto, y ahora quería ir a vaciar su copa con los hombres.