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Simún se volvió hacia él. Intentó aparentar entereza, pero sus facciones amenazaban con desembocar en algo que ya no podía dominar. Luchó trabajosamente contra el deseo de asirse la cabeza con las manos para golpeársela contra un poste de la tienda. «Padre pensó-, oh, padre, padre. ¿Por qué has vuelto a dejarme sola?» Entonces recuperó el dominio de sí misma.

– ¿Acaso deben tomarme por una enclenque? -En su pregunta resonó más crudeza de lo que había pretendido.

A Marub le rechinaron los dientes al ver la mirada que le lanzaba al decirlo. Sin pensarlo, añadió:

– No deben tomaros por un monstruo.

Para sorpresa suya, Simún soltó una carcajada al oírlo. Sonó estridente y demasiado penetrante en la solitaria tienda. La muchacha se volvió entonces bruscamente hacia él.

– Pero es que soy un monstruo, Marub -dijo. Con un movimiento raudo se quitó la sandalia y le mostró el pie-. Siempre lo he sido.

El gigante cayó de rodillas sin apartar la mirada de esa extremidad deforme y tullida. Casi creyó que en la oscuridad de la tienda se había obrado una magia, una visión. Por encima de él seguía pendiendo su hermoso rostro casi irreal. En las hogueras de las caravanas, Marub había oído contar historias sobre mujeres seductoramente bellas pero con colas de pez o garras de ave y malvadas como algunos jinn. Sin embargo, nunca había visto nada semejante con sus propios ojos. Al cabo, se apartó de su pie y la miró a los ojos.

Simún estaba pálida; sus pupilas, dilatadas como si tuviera fiebre. Marub leyó largo rato en ellas. Su diálogo mudo pareció durar una eternidad.

– ¿Mi corazón y mi brazo? -preguntó Simún al final.

Su voz desprendía algo de la imperiosa obstinación de una niña.

En lugar de dar una respuesta, Marub alzó el puño. Cansada y pesadamente, pero con decisión, se dio un breve golpe contra el tórax y luego otro en el hombro. Recogió la sandalia con sus grandes manos y se la puso con humildad.

CAPÍTULO 26

¡Lágrimas!

El reino de Saba festejó el regreso de sus guerreros. Aún no habían llegado a la capital, Marib, pero sus habitantes salieron ya a recibirlos. Las familias buscaban con la mirada a sus hombres, las delegaciones de las tribus saludaban a sus jefes, jóvenes a lomos de camellos se apretaban a su alrededor e intentaban retar a una carrera a los soldados. El ejército no tardó en dispersarse en una colorida procesión de personas que reían, cantaban y explicaban sus batallas a voz en grito.

Algunos jinetes realizaban demostraciones de las heroicidades conseguidas: se adelantaban, representaban un combate fingido y se volvían para galopar a gran velocidad hacia su público y detenerse justo antes de llegar a ellos, que los contemplaban sin pestañear siquiera. Cuando los jinetes frenaban en el último instante y los espectadores quedaban envueltos por una nube de polvo, chillaban y jaleaban llenos de entusiasmo.

Simún, con la piel de león del mukarrib sobre los hombros, montaba impasible. Percibía el júbilo y no podía evitar que una parte le llegara también al corazón. «Hemos ganado», pensó. Además, era una victoria mayor que la de una carrera. Podía celebrar que había conseguido la libertad. Ningún otro Ausun pretendería desposarse con ella y esclavizarla. En esa lucha había ganado su derecho a vivir. Algo parecido a la alegría se movió en su pecho. Tras ella, sin embargo, los hombres de los al-Hadhad llevaban a Yita envuelto en su capa y rodeado por una nube de incienso. El primer tributo que había pagado Hadramaut había servido para rendir homenaje a la muerte de su padre.

El griterío de la muchedumbre empezó a acallarse cuando se acercaron a las murallas ovaladas del templo de Awwam. Al sur del recinto se levantaban las torres funerarias de Marib, pétreas moles de diez metros de altura. Unos peldaños subían hasta el podio exterior, en el que se alzaba la columnata de pilares cuadrados sobre los que descansaba una techumbre de piedra. Todos los frisos ostentaban la misma apacible franja de cuadrados. Ningún ornamento, ninguna decoración más que el juego simétrico de luces y sombras junto con las monumentales formas cuadrangulares. Sólo al pie de la construcción, donde imperaban las medidas humanas, se había llenado el vacío: allí había altares empotrados en los muros; rostros de alabastro que miraban con grandes ojos pintados desde la piedra y dotaban de semblante al recuerdo. Dentro, sobre suelos de madera, yacía algo en lo que Simún nunca había pensado, el lugar en que tendría que imaginar a Yita cuando lo recordara: la comunidad de los muertos, embalsamados y dispuestos en fila.

La música sacó a Simún de sus cavilaciones. Alzó la cabeza y vio que del recinto del templo salía a recibirlos una comitiva festiva. También los sacerdotes de Awwam iban de blanco y con el cuero cabelludo rasurado, y su jefe, un anciano al que la carne marchita le colgaba arrugada del cuerpo, se sostenía bajo la barbilla con dedos gotosos la piel de leopardo que lo cubría. Sus uñas amarillentas y curvas eran más largas que las garras del animal.

Simún se inclinó con respeto. Ordenó a los porteadores del cuerpo de Yita que se adelantaran y se lo entregaran a los sacerdotes junto con un recipiente lleno de incienso, un obsequio para la comunidad del templo. El anciano, con voz ronca, pidió otras cosas imprescindibles y tosió. Simún se sobresaltó; no había tenido tiempo de hacer ningún preparativo, así que prometió enviar pronto a un criado con todo lo necesario. Al ver que la boca del sacerdote se torcía bajo su nariz prominente, se quitó presurosa todos los anillos de los dedos y se descolgó la cadena. Le resultaba insoportable dejar marchar así a Yita. A ojos del sacerdote no podía ser un hombre al que su familia no honraba lo suficiente.

Los contrapesos del pectoral de oro que llevaba colgado sobre el pecho se le enredaron en el pelo, pero ella los desenganchó y lo dejó todo en las garras del sacerdote. Después aceptó el estilete que le alcanzaron y gravó el nombre de Yita en el pedazo de arcilla que le sostenía un asistente. Comprendió que aquélla sería la joya que adornaría el cuello de su padre por toda la eternidad, sencilla, pues todo se igualaba en la muerte, todo era frágil y efímero como los hombres.

Cuando terminó, descubrió a otro recién llegado. Era Bayyin, escrutado con ojo crítico por los sacerdotes de Awwam. Sin embargo, puesto que ella misma lo saludó con benevolencia, nadie le impidió sumarse a la procesión de quienes accedían al interior de los muros circulares. Simún se sintió agradecida de que él se encargara de las demás disposiciones sobre la preparación del cadáver de Yita y su sepelio. Así, ella pudo pasar un rato en el silencioso interior del templo acompañada únicamente por el anciano sacerdote, que aguardaba inmóvil a la entrada del sanctasanctórum, pronunciando una oración monótona. De vez en cuando se movía, estiraba los brazos desnudos, enjutos por la edad y llenos de secas arrugas, y lanzaba un par de granos de incienso más al brasero.

Por la repentina indignación que se encendió entonces en su mirada, hasta ese momento somnolienta, Simún supo que ya no estaban solos. Bayyin se llegó junto a ella y murmuró una oración. La muchacha se preparó interiormente contra lo siguiente que fuera a decirle. No quería sus condolencias, cualquier muestra de compasión la amargaría tanto como una barata frase de consuelo espiritual del estilo de: «Los dioses han llamado a tu padre», o: «La vida de todas las personas llega algún día a su fin.» Con todo, una parte de ella esperaba que Bayyin encontrara las palabras adecuadas, si bien ni ella misma sabía cuáles habrían de ser. Se irguió, tiesa como una vara, y alzó la barbilla. Sin embargo, no se había preparado para lo que llegó entonces.

Bayyin, que se había dado cuenta de cómo se había erizado, sonrió. Guardó un largo silencio y después dijo: