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– Ha muerto por ti.

Simún tomó aire con audible dificultad. Sí, era cierto. Había muerto por ella. Tal vez no hubiera recriminación en las palabras de Bayyin, sólo una seca afirmación, pero al darse cuenta de ello sufrió tanto que casi se encogió. Su padre se había sacrificado por ella, que había sido demasiado débil para conseguirlo sola. De no haber caído, de no haber dudado tanto, habría estado más alerta, habría sido más rápida, más resuelta… Los reproches que ella misma se hacía le cayeron encima con el peso de un ataque de caballería.

Tardó un buen rato en volver a serenarse y sintió entonces en la nuca la calidez de la mano de Bayyin.

– Ahora puedes llorar -dijo-. Todo está bien.

No preguntó cómo sabía él que todavía no había llorado por la muerte de su padre. Las lágrimas que acechaban ya en su interior asomaron a sus ojos. Simún tuvo que tragar saliva. Quería asentir, pero todavía tenía la mano en la nuca, por lo que espiró e inspiró temblorosa hasta que estuvo segura de que sus mejillas seguirían secas.

Marib bailaba. Desde las callejas se elevaban las estridentes melodías de las flautas, y los tambores se paseaban aquí y allá con un sinfín de festejantes a la zaga. El gentío se apretaba hasta en la escalinata del palacio, cuyos guardias, en lugar de permanecer en su puesto, se habían echado los brazos sobre los hombros unos a otros para realizar una complicada danza en corro.

Simún divisó a su madre mucho antes de poder llegar hasta ella por entre la muchedumbre. Dhahab aguardaba arriba, en la puerta principal, y se había engalanado como para una boda. Su hija tuvo tiempo de contemplar todos los detalles de su traje, cada joya y cada velo, hasta que Marub logró abrirle un pasillo. Ordenó que las trompetas hicieran sonar su toque de guerra para que quienes estallan cerca prestaran atención y se hicieran a un lado inclinándose. Agarró a los danzarines guardias de la oreja hasta que los obligó a empuñar de nuevo sus lanzas y ocupar sus puestos en una presurosa confusión justo en el preciso instante en que Simún llegaba junto a ellos. La muchacha oyó sus disculpas murmuradas, pero no se dignó mirarlos. No le quitaba el ojo de encima a Dhahab, ni ésta a su hija.

«Lo sabe -pensó Simún, y el peso de su culpa crecía con cada escalón que subía-. Ya lo sabe todo. ¿Qué voy a decirle?» Al fin estuvieron ambas mujeres una frente a la otra.

– Madre -dijo Simún, pero calló.

Esa palabra tenía un sabor amargo. ¿Sería el gentío o su madre había retrocedido cuando le había hablado? A lado y lado de ellas, la comitiva iba entrando en tropel al interior del palacio. Por encima del hombro de Dhahab, Simún vio a Marub, que fruncía el ceño preguntando por qué se detenía. Ella le hizo una señal para que la dejara sola.

– Lo lament… -empezó a decir Simún con torpeza.

Sus ojos se apartaron de ella antes de terminar la palabra. Era consciente de que parecía una embustera. Oh, sí que lo lamentaba, más de lo que era capaz de expresar, pero no por su madre. Tomó aire para proseguir.

Sin embargo, el grito de Dhahab la interrumpió.

– ¡Ladrona! -chilló.

Simún, desconcertada, se detuvo. Abrió la boca otra vez. «¿Por qué?», quería preguntar, pero su madre no le dio ocasión de decir nada.

– ¿Ya has conseguido por fin lo que querías? -preguntó Dhahab con furia. Su hermoso rostro estaba demudado-. ¿Por fin has logrado quitármelo del todo?

Simún alzó las manos con impotencia. Su madre las apartó con un gesto violento.

– Vamos, no te hagas la inocente. Sí, enseguida me di cuenta. Ya entonces, aquel día aciago en el que viniste al mundo. Qué gusano feo y deforme eras… Y, a pesar de eso, él te miró mientras te tenía en sus brazos como jamás me había mirado a mí. ¡Te quería! ¡A ese engendro! -Una incredulidad sarcástica le crispó la voz. Entonces añadió con odio-: No lo merecías.

– Madre -susurró Simún sin creer lo que oía.

Dhahab no hizo caso de su objeción.

– Hasta el desierto te acarreé para que te olvidara. Pero tú tuviste que volver, tuviste que embaucarlo y utilizarlo para tus propósitos hasta que no le interesó nada más, y ahora por fin me ha abandonado. ¡Por ti! -Se abalanzó sobre Simún y la habría golpeado si Marub no se hubiese interpuesto entre ambas-. Tú… -jadeó Dhahab, que en vano intentaba zafarse del gigante.

Al final escupió con rabia a su hija.

La riña se interrumpió. Simún levantó lentamente una mano, se limpió la cara y luego se miró los dedos. La sangre afluyó a sus mejillas.

– Déjala-dijo al ver que Marub la asía con más fuerza-. Suéltala.

Sacudió la cabeza. En los ojos de Dhahab refulgió el triunfo al ver a su hija allí de pie con los hombros caídos. Sin embargo, el odio volvió a imponerse. Marub sintió el estremecimiento que le recorrió el cuerpo y se preparó para impedir un nuevo ataque. Dhahab, no obstante, retrocedió.

– No hace falta, monstruo -dijo, burlándose a la cara de Marub. Dicho eso agarró su velo, que se le había resbalado por los hombros, se lo echó sobre el pelo revuelto, serenó su expresión y se retiró despacio, paso a paso-. No le haré nada más. Ahora ya sabe -con esas palabras alcanzó la puerta- lo que es.

Lo siguiente fue un violento portazo y los pasos de Dhahab que se oían cada vez más lejos por el pasillo del otro lado.

Marub se volvió hacia Simún en actitud interrogante. Ésta esbozó una sonrisa torcida y se limpió la mano en el vestido.

– No soy nada -dijo en tono burlesco-. ¿Un dios?

Marub no respondió. Tras la puerta de los aposentos de Dhahab se había hecho el silencio. No volvería a abrirse por sí sola.

CAPÍTULO 27

Inniyahs en el mercado

– No, no, gracias, no. -Simún sacudió la cabeza, sonriendo, y rechazó con ambas manos la joya que el mercader quería venderle-. Que Almaqh te conceda felicidad y salud en todo momento.

Dejó atrás el puesto y siguió camino por la callejuela de los orfebres y los plateros. La luz del sol caía en lunares temblorosos a través de la fronda de las palmeras que cubrían el estrecho camino y casi lo sumergían en una penumbra misteriosa. Al llegar a un cruce, Simún se refrescó en una fuente. Unas fauces de león vertían un fino chorro de agua en la pila. Había unas jóvenes risueñas con cántaros de arcilla sobre los hombros que la contemplaban desde una distancia segura. Señalaban con el dedo y se susurraban unas a otras. No lo hacían con mala intención. Cuando Simún las saludó con la mano, respondieron a su gesto con un tintineo de pendientes, coloradas hasta el cuello.

Los mercaderes, más solemnes, saludaban desde los taburetes de madera en los que estaban sentados junto a sus artículos y se llevaban entonces respetuosamente la mano a la frente tatuada. Marub los contemplaba a todos con mirada severa, pero Simún paseaba sonriente por el corredor que formaban sus puestos. Le gustaba deambular por las callejas de los artesanos.

El sometimiento de Hadramaut había hecho entrar dinero en Saba. Eso tenía contenta a la gente, y a Simún satisfecha consigo misma. ¿No había hecho ella posible todo eso? Allí, en Marib, la nueva riqueza se veía en todas las esquinas. En los talleres de los artesanos siempre se oía ruido, pues un creciente número de personas requería sus servicios. Los mercaderes iban bien vestidos y se sentaban junto a grandes escaparates; nunca antes se había visto tal cantidad de joyas y artículos de lujo, nunca tejidos tan ostentosos y enseres tan caros como los que empezaron a colmar las casas de Marib, que desde fuera seguían pareciendo insignificantes. Objetos de países lejanos empezaron a entrar en la ciudad. Simún se filo en un tablero de un juego de Egipto cuyas casillas estaban delimitadas con taraceas de marfil, vio un brazalete con esmeraldas de la India, frasquitos de cristal con perfumes del norte de Arabia y un extraño objeto de alfarería que llevaba pintadas figuras humanas y procedía de muy al norte, según explicó el vendedor, de un pueblo que tenía el cabello amarillo como el sol. Simún rió al oír aquello y pasó un dedo por la imagen de un hombre que descansaba entre vides.