– Sé apreciar una buena historia -comentó, sacudiendo la cabeza, y compró la jarra porque le recordó a su padre.
Cerca del mercado del ganado, el estruendo de las calles se hizo más fuerte aún. Había alas batiendo dentro de jaulas estrechas, moscas que zumbaban y un intenso hedor a ovejas que casi los dejó sin aliento durante unos instantes. Se oían balidos y graznidos, bramidos, silbidos y gritos superpuestos al alboroto de las personas que regateaban, encomiaban y cerraban tratos.
Con el brazo, Simún señaló en silencio hacia la izquierda para indicarle a Marub que quería torcer por la calle de los picapedreros. El asintió y se abrió camino tras ella entre la gente. Justo cuando lo habían conseguido y las apreturas del gentío empezaban a remitir, algo golpeó a Simún con tal fuerza que la hizo tambalearse. Era una chiquilla.
Marub cayó enseguida sobre la pequeña, dispuesto a agarrarla y zarandearla, pero la reina lo detuvo. El rostro enjuto que asomaba entre los pliegues de su vestido la conmovió.
– Ayudadme -llegó a susurrar la muchacha.
Entonces se les acercó un hombre mayor, cojeando y tambaleándose. En su empeño por inclinarse mientras aún corría, casi tropezó, y Marub tuvo que acabar sosteniéndolo del brazo. Colgado del codo del gigante más que sosteniéndose por propio pie, el hombre comunicó a Simún lo mucho que lamentaba aquel incidente.
– Estoy desconsolado, señora, desconsolado. Es imperdonable, estoy…
Tomó aire y sacó un pañuelo con el que se enjugó el sudor de la frente mientras le lanzaba una mirada recelosa desde debajo de la tela. El hombretón le sonrió con su rostro desfigurado y el viejo se quedó pálido. Masculló algo incomprensible y, al mismo tiempo, agarró a la chiquilla que, sin embargo, no quería soltarse de las rodillas de Simún.
– ¿Quiénes sois? -preguntó la reina, y miró por encima del hombro del viejo, donde la calle se abría a una gran plaza en la que habían montado un estrado de madera al que se subía por dos escalones: el punto de reunión de los esclavistas.
Muchos prisioneros de la guerra con Hadramaut abarrotaban el estrado esos días, pero de vez en cuando también se veían personas de tez negra traídas desde Etiopía, como Bayyin. Se podían encontrar indias de grandes ojos que llegaban en barcos hasta la costa, en Adana, junto con las especias y las piedras preciosas de su país. Sin embargo, la mayoría eran beduinos comprados a sus propias familias, que necesitaban dinero, o a clanes rivales en cuyas manos habían caído tras una disputa entre tribus.
Simún examinó el rostro de la muchacha que tenía a sus pies. No era diferente de las chicas de su tribu, aunque tenía la piel algo más oscura y el pañuelo que llevaba sobre los hombros y la cabeza tenía un estampado que no conocía. Escuchó la explicación del hombre.
– ¿Vendes a tu propia sangre? -inquirió, frunciendo el ceño.
El interfecto se encogió de hombros y se enjugó el sudor.
– ¿Qué le va a hacer uno? -preguntó en respuesta-. Muchas bocas, muchas bocas. De donde somos, nadie puede pagar unas buenas arras. -Dio unas cabezadas con pesar-. Entonces pensé: veré si en Marib puedo dejarla en buenas manos.
Simún contempló el mercado entornando los ojos. Ninguno de los comerciantes miraba hacia ellos. Por lo visto, el viejo aún no se la había ofrecido a nadie. Meditó un momento.
– ¿De dónde sois? -preguntó.
El viejo dudó.
– De Hadramaut -dijo la pequeña en su lugar-. Y no es mi abuelo.
El viejo protestó con gran profusión de palabras, pero Simún no le hizo caso. Hizo levantarse a la chiquilla. No era tan pequeña como había creído en un primer momento. Enjuta y de complexión delicada pero oscura como un árbol seco del desierto, era casi tan alta como la propia Simún y seguramente tampoco mucho más joven. Simún le quitó el pañuelo de la cabeza y, pensativa, contempló su abundante cabello rizado antes de preguntarle quiénes eran sus padres.
La muchacha se irguió con orgullo.
– Los espíritus del árbol del incienso -dijo-. Soy una inniyah.
Esa frase le llegó a Simún al corazón. De pronto se vio a sí misma de nuevo en la arena del desierto, jugando y tarareando. Hasta que su abuelo la traicionara.
– Una inniyah, vaya, vaya. -Lo dijo con reprobación, pero con una sonrisa en la voz-. Yo entiendo mucho de jinn, ¿sabes? -siguió diciendo, y le devolvió a la chica su pañuelo-. De hecho, también yo soy una.
El viejo abrió mucho los ojos. Pasaron unos instantes antes de que Marub le hiciera confesar a sacudidas que la chiquilla pertenecía al misterioso pueblo que en Hadramaut se encargaba del cuidado de los árboles del incienso. Que esa raza era arisca y no servía para ninguna otra cosa cuando los sacaban de su tierra, y que estaría contento si lograba obtener un pequeño beneficio de ese botín inservible que su hijo le había llevado a casa.
Simún lo mandó callar enseguida y le hizo a Marub una señal para que sacara su bolsa. El guerrero soltó al viejo, que seguía parloteando, y frunció el ceño.
– Una esclava de Hadramaut… -se atrevió a apuntar.
El viejo bizqueó al ver brillar ya las monedas entre los dedos de Marub. La propia Simún las cogió y contó una cantidad para depositarla en la mano del hombre, que desapareció entre interminables reverencias.
– Una inniyah -dijo Simún en respuesta a todas las preguntas no pronunciadas.
Marub suspiró, pero la reina estaba de buen humor.
– De pequeña me explicaron que la gente de Hadramaut mandaba vigilar sus arboledas a espíritus que bebían sangre. Ahora conoceré en persona a uno de ellos. Por aquí -añadió, e indicó a la muchacha que los siguiera.
Marub soltó un bufido.
– Cuentos. Sólo sirven para intimidar a las mentes curiosas. Mis hombres me han informado de que allí no hay más que una tribu de campesinos miserables, medio esclavos, que tienen que entregar todos los años a una de sus vírgenes al rey. -Se volvió hacia el otro lado-. ¿Alguna vez te llevaron ante Ausun?
– ¡Marub! -exclamó Simún con reproche.
La muchacha no parecía espantada.
– No -dijo, y ladeó la cabeza.
En su voz resonó un orgullo ronco. Miró imperturbable al guerrero, que le sacaba más de dos cabezas, después alargó una mano y con sus dedos finos y muy largos tocó suavemente el ojo muerto de Marub.
El hombre se hizo atrás con sobresalto. Le dio la sensación de verla entonces por primera vez con claridad: el rostro flaco, la doble hilera de puntos tatuados en sus pómulos, que le hacían los ojos aún más grandes, la frente alta y arqueada como una vasija, y los ojos mismos, que eran alargados e irisados y casi parecían azules en algunos momentos.
Simún sonrió.
Marub masculló algo y se frotó el rostro.
– ¿Para qué servirá? -preguntó por no dar su brazo a torcer.
Volvió a situarse junto a Simún, aunque no podía por menos de lanzar furtivas miradas a la muchacha una y otra vez.
– La convertiré en mi criada -explicó Simún con seguridad-, Ya sabes que todas las muchachas que me rodean pertenecen a mi madre, y me temo que le siguen siendo fieles. Cuando me miran, siempre creo que Dhahab me contempla a través de sus ojos. -Se estremeció.
Marub asintió con la cabeza. La madre de Simún se había retirado a sus aposentos, ciertamente, y no había vuelto a dejarse ver en ninguna ocasión, pero eso no quería decir que estuviera inactiva o que hubiese dejado de tener influencia. Recordó también con un estremecimiento la escena que se había producido el día en que regresaran de Hadramaut y el odio que se había hecho sentir allí. De aquello no podía salir nada bueno. Por mucho que Dhahab se hiciera la muerta, él seguía desconfiando de ella.