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– Además -añadió Simún-, no parece que sea asustadiza.

Marub comprendió que con eso se refería a la deformidad de su pie, pero no pudo evitar sonrojarse. Involuntariamente se llevó una mano al rostro. Todavía sentía con viveza el lugar en que lo habían tocado los dedos de la chiquilla.

– La llamaré Incienso -decidió Simún-. Es un nombre adecuado para la sirvienta de un mukarrib, ¿no te parece?

Mujzen le había pasado el brazo por los hombros a Shams para protegerla de los empujones del gentío. Su mano libre jugaba con el colgante de plata que le había comprado y que pendía entre sus pechos, que se habían vuelto grandes y repletos. Tenía pequeños trocitos de coral, era una joya valiosa; la que, a ojos de Mujzen, merecía la bella mujer de un hombre de mérito. Irguió la cabeza y miró en derredor en busca de admiración.

– ¡Eh! -exclamó de repente-, ahí está Marub. Te he hablado muchísimo de él, ahora podrás conocerlo en persona. -Alzó el brazo para hacerle una señal-. Además, quería comentarle algo.

– ¿Dónde? -preguntó Shams.

Su voz sonó con brío, pero su rostro denotaba cansancio y, aunque se esforzaba por seguir los gestos de él, sus rasgos apenas si mostraban vida alguna.

– Allí detrás. Es ese grandullón, la verdad es que no puedes no verlo. -Mujzen tiró de Shams tras de sí para cruzar al otro lado del gentío que ocupaba la calle-. El de rizos, el que va con una mujer que… -Mujzen enmudeció y dejó caer el brazo con el que señalaba.

También Shams vio entonces al gigante en compañía de dos mujeres. La primera, a la que en ese momento empujaba para que entrase en un taller de talla de ágatas, debía de ser una criada. La otra era Simún. Shams pensó que no había cambiado un ápice. Sus largas trenzas negras brillaban como si estuvieran enaceitadas y le caían a lado y lado del rostro, como antaño, siempre algo revueltas, lo cual no menoscababa en nada su belleza. Seguía siendo esbelta e iba orgullosamente erguida, no como ella, que, regordeta e hinchada, caminaba con torpeza. Shams sabía que sólo era consecuencia de su embarazo, parte del feliz estado en el que se encontraba. Sin embargo, no podía entender ese cambio más que como una deformidad, como castigo por el pecado del que había sido culpable.

– ¿Qué te parece si…? -En la voz de Mujzen se oía la duda.

Sin embargo, valoró mentalmente todo lo que había conseguido hasta entonces y llegó a la conclusión de que no tenía que avergonzarse de nada. Era responsable de unos grandes establos, un sirviente de éxito, le había proporcionado a Shams un bonito hogar y pronto su felicidad se vería colmada por un hijo. Su grito de despedida a Simún resonó entonces de nuevo en sus oídos: «Te odio», y también la amorosa respuesta de Shams: «No, no es verdad.» Nervioso, se pasó la lengua por la encía desnuda. Por primera vez le pareció que su mujer podía tener razón. No necesitaba odiarla. Se frotó las manos lleno de expectación, pero siguió dudando.

– ¿Nos acercamos?

Apenas hubo dicho eso, le pareció una decisión audaz. Sin embargo, estaba dispuesto a hacerlo en cuanto Shams accediera. Permaneció de pie con el corazón acelerado. ¿Qué otra cosa podía decir más que: «Sí»? ¿No había rogado ella siempre que fueran a ver a Simún? Eran buenas amigas. Seguro que tenían mucho que explicarse la una a la otra. Puesto que Shams no decía nada, la miró con un interrogante.

Su mujer había cerrado los ojos. Oía la voz de Dhiban susurrándole al oído: «Una mujer como tú.» Era cierto que le había dado el huerto. Shams plantaba allí rábanos y altramuces, y le había explicado a Mujzen que lo había comprado con el primer par de pendientes que él le había regalado. Las joyas las había enterrado al pie de una palmera y no había vuelto a ponérselas.

El huerto innecesario, que estaba en la plenitud de su florecer. Igual que la mala conciencia de Shams. De pronto tenía delante a Simún, que la cogería de las manos y la miraría con sus imperiosos ojos negros. «¿Cómo estás?», le preguntaría, y buscaría la verdad en su rostro. Nadie podía mentir a Simún.

– Estoy un poco mareada -dijo en voz baja, y se inclinó contra Mujzen-. Llévame a casa, por favor.

Él se volvió de nuevo hacia el taller por cuya puerta habían desaparecido Simún y sus acompañantes.

– Claro que sí-repuso despacio. Seguía vacilante, pero quizá también fuera mejor que le hablara a Marub de su inquietante descubrimiento a solas. Rebuscó en su bolsa y sacó unas lágrimas de incienso pegadas entre sí-. Toma, mastica esto -dijo, y se lo dio a Shams-. Ya verás como te sienta bien, en tu estado.

Despacio y con mucho cuidado llevó a su mujer a casa.

CAPÍTULO 28

Ha venido alguien

– ¿Y por esto me has hecho venir hasta aquí? -Marub contempló con enfado el dromedario que rumiaba tranquilo en el patio sin interesarse por su disgusto ni por la inquietud de Mujzen-. Como si no hubiéramos visto suficientes en las últimas semanas.

Mujzen asintió con brío.

– Ya conocemos esta especie, sí -confirmó, y de nuevo posó su mirada sobre el animal. Era un poco más pequeño pero más fornido que la raza autóctona. Su pelaje tenía un tono bermejo y sus pestañas eran insólitamente claras-. Viene de Hadramaut -afirmó.

Marub bostezó.

– Será uno de los muchos con los que nos hemos quedado.

Mujzen lo contradijo con vehemencia.

– Entonces debería haber estado en nuestros establos. Hemos confiscado todas las monturas para nuestras manadas, lo sabes bien. Éste, sin embargo… -Le dio unas palmadas al animal en el costado y levantó polvo con ellas-. Este lo he descubierto en el mercado, lo tenía un pequeño mercader que, por lo demás, sólo vendía aves.

Por primera vez Marub alzó las cejas.

– Dice que lo ha encontrado. -El tono de Mujzen dejaba entrever mucho.

– ¡Imposible! -exclamó Marub al comprender a qué se refería. Se irguió y entremetió los pulgares en su cinto-. Mis hombres son de completa confianza. Tú trabajas con ellos todos los días, dime: ¿crees que alguno nos robaría y vendería un dromedario por su cuenta?

Puesto que Mujzen guardó un silencio pensativo, porfió:

– ¿Estás completamente seguro de que el animal procede de veras de Hadramaut? Un dromedario no es más que un condenado dromedario.

En lugar de dar una respuesta, Mujzen señaló a la cola del animal. Los guerreros de Hadramaut solían trenzar hebras de lana de colores en el pelaje. A aquél le faltaban las cintas, pero se veía clara mente que el largo pelo estaba encrespado a causa del trenzado. Cuando Mujzen lo acarició, se le quedaron en los dedos un par tic pelusas de lana azul. Las sostuvo en alto y dejó que el viento vespertino se las llevara.

– Imposible -repitió Marub con terquedad-. Ninguno de mis hombres haría algo así.

– Entonces sólo queda una posibilidad -repuso Mujzen-. Que no sea uno de nuestros animales y el vendedor haya dicho la verdad. -Como Marub arrugó la frente con incertidumbre, añadió-: Y haya venido alguien.

– ¿De Hadramaut? -gruñó Marub.

Mujzen asintió. Los dos hombres se miraron con preocupación.

Incienso arrastraba con gran trabajo por la terraza la pantalla de madera tallada que usaban para guarecerse del viento. Cuando la dejó donde quería, respiró hondo un par de veces antes de levantarla de manera que tapara la visión del balcón de los aposentos de Dhahab. Con una rauda mirada comprobó que la puerta de madera estaba bien cerrada y que nada se movía tras el enrejado de la ventana, pero de todas formas colocó cautelosamente la protección contra las miradas. Después extendió una manta, fue por almohadones y los repartió para disponer un lecho.

Simún salió a la terraza, pero caminó hasta más allá, hasta el pretil, para contemplar el jardín. Dos trabajadores estaban enderezando una palmera de la altura de un hombre. La habían traído desde el oasis en un carro de bueyes, igual que la espesa capa de tierra de aluvión que Simún había hecho trasladar en cestos desde la orilla del embalse. No quería esperar años, sembrar y cuidar; quería ver aparecer su jardín ante sus ojos.