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Un asno tiró de las cuerdas, que se tensaron. Se oyó gritar una orden. El fardo de las raíces entró resbalando en el hoyo. Los hombres cogieron las palas. Por encima de ellos se desplegaba la majestuosa fronda del árbol, que susurraba en el viento.

Simún señaló hacia allí.

– ¿No queda magnífica entre las columnas?

Incienso se encogió de hombros. No entendía por qué ensuciaban con barro las bellas piedras de aquel patio interior del Salhin. ¿Para qué se empeñaban en hacer crecer vegetación a toda costa mando podían vivir en una casa limpia y ordenada?

Simún se echó a reír al ver cómo arrugaba la nariz su criada. Los trabajadores la vieron entonces, se quitaron de la cabeza los harapos con los que se habían envuelto la frente, hicieron una reverencia y se retiraron.

La reina bajó los escalones. Por entre rosales de flores blancas que desprendían un aroma embriagador caminó hasta el estanque que había en el centro de su jardín. Unas capuchinas de un naranja subido, rodeadas por matas de lavanda de un violeta pálido, trepaban por la blanca cal de conchas del reborde. Las pasionarias suavizaban el rigor cuadrangular de las columnas. A sus pies, Simún había hecho plantar el enebro de las laderas de su antiguo hogar, pero los arbustos parecían enfermos.

– Necesitan altitud -dijo una voz masculina.

Simún se volvió.

– Aquí, en la llanura, mueren.

La reina intentó dominarse. Había salido descalza, pues había creído estar a solas con Incienso. Escondió el pie bajo la escasa vegetación del arbusto y removió la tierra con dedos nerviosos. ¡Que Almaqh maldijera a ese jardinero!

– Quieres decir que no puedes hacerle nada, ¿no? -repuso bruscamente con la esperanza de que el hombre bajara la mirada.

– Ésa es la verdad -dijo él con serenidad, y siguió trabajando como si ella no lo hubiese reprendido.

Iba regando las pasionarias con un cubo en la mano. Si Simún no quería que le mojara los pies, tendría que hacerse atrás, pero ¿cómo iba a moverse sin descubrirse? Por suerte, Incienso reparó en sus miradas de desamparo y bajó corriendo la escalera con las sandalias en la mano. Enseguida se arrodilló ante su señora y la calzó para que pudiera apartarse y poner la debida distancia entre el jardinero, su cubo y ella. ¡Qué muchacho más impertinente!

El corazón le palpitaba de agitación mientras lo observaba. Era casi tan alto como Marub y, como éste, llevaba el pelo largo. Sin embargo, no tenía nada que ocultar bajo sus rizos, que enmarcaban un rostro de orgullosa belleza. Por encima de su nariz aguileña montaban guardia sus ojos, grandes y de pestañas largas como las de una muchacha. Su boca era ancha y suave; su sonrisa, resplandeciente.

– ¿De qué te ríes? -espetó Simún con aspereza para romper el hechizo.

El jardinero tenía largas extremidades, era esbelto, ancho de espaldas aunque de caderas estrechas. Se movía como un bailarín. Como en ese momento, mientras se inclinaba ligeramente.

– ¿No sonríe todo el mundo cuando los ilumina el sol de vuestra presencia? -preguntó.

Simún ladeó la cabeza e intentó corroborar el leve soplo de desfachatez que había creído intuir en esa respuesta, pero no lo consiguió. Si en su voz había ironía, era una muy elegante.

Sacó la mandíbula hacia delante mientras buscaba una réplica adecuada, pero entonces se dio cuenta de que aún seguía mirándolo y se volvió con brusquedad.

– ¿Quién es? -preguntó Incienso en un susurro.

Simún percibió el interés con el que su criada miraba al joven y se molestó.

– Nada más que el jardinero -repuso a más volumen del necesario.

El muchacho sonrió.

– Me llamo Yada -dijo con calma.

Miró primero a Incienso, luego a Simún, y después fue hasta el estanque para llenar otra vez el cubo.

Las dos mujeres lo siguieron con la mirada. Qué fuertes eran sus brazos, qué claras y vulnerables las axilas que mostraba al trabajar, ese trozo de piel pálida y secreta. Simún alzó los dedos sin darse cuenta, como si pudiera acariciarlo desde lejos. Oyó un suspiro a su lado y le dio un brusco codazo a Incienso.

– ¿No te da vergüenza? -siseó, y la empujó hacia la escalera. También se obligó a caminar ella misma, aunque aún se volvió un momento. Era incapaz de decidirse a alejarse del jardinero. Carraspeó con timidez-: ¿Hace mucho que trabajas aquí, Yada?

Le pareció que pronunciar su nombre era de una intimidad peligrosa, casi como un roce físico; se le iluminó el rostro al hacerlo. Esperaba que él no se hubiera dado cuenta.

– Hace dos días que vuestro mayordomo me empleó.

– ¿Y te gusta el trabajo? -Tragó saliva. ¿Qué clase de pregunta estúpida era ésa? ¿A quién le interesaba si a un criado le agradaba su cometido?

Yada se irguió, tenía la piel sudorosa. A Simún le temblaron las narinas intentando inspirar involuntariamente su aroma. No lo sabía, pero tenía los ojos húmedos y brillantes. Ella, que se tenía por una persona con dominio de sí misma y se enorgullecía de que nadie pudiera leer en su rostro ni conocer sus sentimientos. Ya de niña se había cuidado de que su semblante no expresara nada cuando la humillaban. Tristeza, miedo, soledad, nada de todo eso debía traicionarla. Había preferido ser un enigma. De esa forma había sobrevivido. La idea de ser transparente para alguien la había asustado más que todos esos sentimientos.

Yada reprimió una sonrisa mayor aún.

– En ningún lugar podría ser más feliz un jardinero -dijo simplemente-. Aquí crecen las flores más bellas del mundo. -Cortó una rosa y se la ofreció.

Simún se apresuró a hundir en ella la nariz, pero por encima de los pétalos vio que Yada la observaba con atención. De nuevo se sonrojó y se enfadó por que él pudiera darse cuenta. ¿Qué hacía ahí plantado? ¿Acaso esperaba una respuesta a su descarado cumplido? Nerviosa, aplastó la flor en sus manos.

– Nadie te ha dado permiso para cortar ninguna flor -exclamó, y lanzó al suelo los pétalos destrozados.

Su voz sonó forzada, lo cual aumentó su furia. Antes prefería la muerte a dejar que aquel mozo creyera que tenía en él algún interés. Lo cual era completamente falso, era una equivocación, por supuesto. ¡No, no le importaba lo más mínimo! Además, ¿adonde llevaba todo eso? Sabía muy bien cuál sería el punto en que la admiración con la que paseaba la mirada por todo su cuerpo se convertiría en decepción y asco. A esa certeza se aferró en medio de su desconcierto, a pesar de que le dolía más de lo que nunca le había dolido nada. La sonrisa del jardinero se extinguiría, por mucho que la halagara en ese momento. El muchacho retiraría la mano, se esforzaría por ocultar su repugnancia. De eso no había duda. No creyó ni una de sus palabras. Además, ¿qué importaba? Era un jardinero, un criado insolente, nada más.

– Y en cuanto al enebro -siguió diciendo con estridencia-, más vale que lo cuides bien. Si muere, te costará la cabeza.

Yada hizo una reverencia respetuosa, aunque sin temor.

– Si ha de caer a vuestros pies, con gusto prescindiré de ella.

Simún escrutó su semblante con recelo. ¿Se estaba burlando? ¿Qué clase de alusión a sus pies era ésa? Sin embargo, el jardinero no sonreía. Su mirada transmitía algo que la hizo estremecerse de dulzura. Involuntariamente dio un paso atrás.

– ¡Se la lanzará a los leones para que la devoren, granuja desvergonzado!

– ¡Marub! -Simún, que no había oído acercarse a su guardián, vio con espanto cómo el guerrero se abalanzaba sobre Yada, desenvainando la daga curva-. ¡No! -Su grito fue cortante como la hoja, pero en él vibraba el miedo.