Yada dejó que su atacante se le acercara con total tranquilidad. No se movió. Como si tal cosa, le dio una patada al cubo que estaba en el suelo poco antes de que Marub lo alcanzara y lo envió a los pies del gigante, que tropezó con él. Un raudo movimiento de Yada se encargó de que ese tropiezo terminara en una caída que lo hizo aterrizar chapoteando en el estanque. Todo sucedió en un abril y cerrar de ojos.
Marub emergió resoplando y cubierto de hojas de nenúfar. En la senda del jardín, Yada sostenía su pala con ambas manos, esperándolo a él y a su cuchilla, pero el guardián ni siquiera hizo ademán de querer atacarlo. Salió de la pila respirando con pesadez.
– Eres bueno -afirmó, y se fue quitando las hojas del manto.
Simún, a pesar del susto, tuvo que taparse la boca con la mano para ocultar su risa. A Marub le chorreaba agua del pelo, la ropa empapada se le pegaba a las piernas y fue dejando un rastro de gotas en el pavimento de piedra. Su voz había sonado triste, pero entonces se volvió con un movimiento repentino y partió el mango de la pala de Yada. La punta de su arma quedó rozando amenazadoramente la garganta del jardinero, pero sin clavarse.
– Un día -gruñó- empuñarás un arma digna. Entonces te mataré.
Yada cerró los ojos como si reflexionara al respecto, después sonrió, se inclinó y se fue.
– ¿Quién era? -quiso saber Marub.
– El jardinero. -Simún suspiró, a su pesar-. Un muchacho descarado, ¿verdad?
– ¿Ordeno que lo arresten?
Simún hizo que no con la mano, imperiosamente, para que Marub no viera que le temblaba.
– No creo que hayas venido para eso, ¿verdad? -preguntó entonces para cambiar de tema.
Marub la acompañó de vuelta a la terraza y le expuso todos los motivos que tenía para sospechar que dentro de las murallas de la ciudad había un espía de Hadramaut.
Simún se encogió de hombros y ordenó que le trajeran hidromiel.
– ¿Y qué va a descubrir? -preguntó-. Tenemos a Hadramaut sometido a nuestro poder. -Paladeó la bebida.
– Puede buscar formas de mataros -repuso Marub, dándole qué pensar.
También él aceptó el vaso que le ofrecía Incienso, y le sonrió con gratitud. Era una estampa tan insólita que Simún les dedicó una breve mirada. Marub no sonreía nunca, se veía que ese trato delicado le costaba trabajo, parecía que estuviera realizando un complicado ejercicio gimnástico que le obligara a torcer la boca a causa del esfuerzo. No lo hacía más atractivo. «Pobre Marub», pensó Simún, y observó, como él, el bamboleante andar de Incienso. En voz alta dijo:
– No encontrará ninguna. Incienso duerme en mi umbral y maneja la daga igual que yo. Ante la puerta hay guardias. ¿Qué podría pasar?
– Podríais hacer que cataran vuestra comida.
Simún le transmitió a su guardián con un gesto de la cabeza que así lo haría en el futuro.
– Además, deberíamos tener un cuidado extremo durante los festejos de la boda. El trayecto hasta el santuario será una buena oportunidad de ataque, y allí pasaréis la noche protegida únicamente por una tienda.
– Ay, pero si he dormido en tiendas toda la vida -repuso Simún con fingida indiferencia.
Lo que más la inquietaba en su fuero interno, por el contrario, no era tanto un intento de asesinato como la ceremonia de la boda celestial que la aguardaba. Pronto habría llegado el momento en que la luna habría alcanzado el punto más bajo de su recorrido en el cielo diurno y se colocaría justo delante del disco del sol poniente. Ese momento de unión aparente de los dos cuerpos celestes sería también el momento en el que Athtar, el héroe, convertiría a la muchacha solar en su esposa. Las flautas resonarían en el embalse de Marib, el demonio de la lluvia volvería a ser vencido. Faltaban pocas semanas.
Simún dio un buen trago para ocultar su semblante con el vaso. Lo había sabido desde el principio, y ahora casi había llegado el momento en que tendría que sellar su acuerdo con Bayyin. Sintió un hormigueo en la piel al pensar en el sacerdote de tez oscura que podía tocar su alma igual que si fuera una flauta.
«No bailaré al ritmo de su melodía», pensó con obstinación, aunque no estaba segura de hasta cuándo podría resistirse. Bayyin podía ser más fuerte que ella si dejaba que se le acercara, y era un hombre apuesto. Todavía escapaba a su poder de atracción, a esa capacidad casi espeluznante de leerle el pensamiento, pero con una tristeza queda tuvo que reconocer que de la repelencia a la entrega no había más que una estrecha cresta montañosa. De igual manera podía sentir anhelo por ese poder que el sacerdote ejercía sobre ella, por la sensación de estar desnuda ante él, por que le arrancara la coraza y tomara posesión de ella. Quizás un día llegara a suplicarle que quería perderse en él. Esa idea la asustaba.
Aun así, no había vuelta atrás. Ella misma había fijado las condiciones y el precio; la boda se celebraría. Su omisión haría tambalear las bases de la comunidad sobre la que quería gobernar. Los pobres habitantes de Marib nunca habían vivido un año sin ceremonia. De no celebrarse, todos ellos dudarían de que la lluvia volviera a caer, de que las plantas volvieran a crecer y de que el sol volviera a salir al día siguiente como debía. Cosas horribles podían suceder si no se completaba una vez más el acto salvador, y nada quebrantaría su convicción de que el mundo se derrumbaría si no tenía lugar.
Simún escuchaba sólo a medias las explicaciones de Marub sobre los planes para la ceremonia. Su mirada se desviaba hacia el jardín, cuyos contornos se hundían lentamente en la oscuridad. Sólo un aroma delicado se alzaba aún hasta ellos, sentados en la terraza. Simún inspiró hondo, escuchó los susurros de la palmera y sintió menos alegría que nunca por su compromiso nupcial.
CAPÍTULO 29
– Tu favor buscamos, oh, Munificente. Pues todo cuanto es lo has creado tú.
»Cien sacrificios has aceptado como expiación durante la temporada de caza.
»Tú has elevado a las tribus de Saba y has colmado de alegría el seno de los hombres.
» A los pobres has dado pan que comer.
»Has hecho manar los manantiales de las alturas del uadi.
»En la guerra y la batalla has otorgado fuerza.
En ese punto detuvo su cántico la comitiva de sacerdotes para dejar lugar a los gritos de júbilo que se elevaron desde el cortejo nupcial de Simún.
Los guerreros de Saba desahogaban con alaridos gorjeantes su todavía reciente alegría por la victoria de armas contra Hadramaut y, así, imbuían de un significado y una vida palpables a esas palabras que tenían siglos de antigüedad.
– Y al que gobierna con arbitrariedad has aniquilado.
Simún se preguntó si también los demás habrían pensado en Shamr al oír ese verso. A ella le parecía que fuera en otra vida cuando descendiera la escalinata del Salhin con la cabeza del tirano en la mano. La sangrienta época del mukarrib no pertenecía a un pasado lejano, pero su vida había cambiado radicalmente.
Simún bajaba al jardín casi todas las tardes. Había decidido que no significaba nada, pues a fin de cuentas había mandado plantarlo para su disfrute y no podía tomarle a mal al jardinero que hiciera su trabajo. Una reina no podía dejar que su conducta y su voluntad se vieran dictadas por la existencia de un criado. De modo que superó la aversión -tal como ella denominaba a ese sentimiento- que sentía ante la presencia de él. Sí, a veces incluso intercambiaban un par de palabras. Ella le hacía preguntas sobre las plantas y él respondía con historias.
Yada acabó por sustituir el enebro enfermo por una joven higuera. Simún le eximió de su castigo, y él le habló de la procedencia del árbol.
– ¿Oléis el aroma de sus hojas? -preguntó, y su voz misma, al hablar, era un perfume suave-. Es sabroso y delicado, pero también fugaz. En un momento se cree uno por él envuelto, y de nuevo vuelve a perderlo y duda de que no fuera más que una ilusión.