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Simún inspiró hondo.

– Es el perfume de una muchacha -siguió explicando Yada.

Mientras hablaba, trabajaba de espaldas a ella y Simún podía contemplar con calma el movimiento de los músculos bajo su piel y dejarse llevar en ensoñaciones con cada una de sus palabras.

– Un día esperaba a su amado, que la había cortejado durante mucho tiempo, mientras ella se hacía de rogar, hasta que al fin accedió a citarse con él. Sin embargo, estaba ya aguardándolo en un jardín crepuscular cuando la asaltaron las dudas. La muchacha era tan orgullosa y, a la vez, tenía tanto miedo que se preguntó si había hecho bien en aceptar.

– Era una muchacha decente -comentó Simún.

Yada la contradijo.

– Más bien no sabía lo que quería. Ya lo había mirado alguna vez con ojos tentadores. Aquella tarde se había puesto un velo translúcido y su perfume competía con el aroma del jazmín que había en la tapia del vergel.

Algo inquieta, Simún se recolocó el escote del vestido, que era generoso, y ocultó el ostentoso collar de plata y corales que llevaba.

– De modo que allí lo esperaba, sin estar segura. El latir de su corazón le cerraba la garganta y, cuando llegó su amado, al instante quiso abrazarlo con pasión, pero se sintió tan desconcertada que los dioses se apiadaron de ella y la convirtieron en una higuera. Resultó un árbol tan casto que de él dicen que nuestros ancestros utilizaron una vez sus hojas para cubrirse las vergüenzas. Pero yo tengo mis dudas al respecto. -Yada se irguió-. Sólo hay que inspirar su aroma para saber que la muchacha intenta todavía seducir a su amado. Vacilante, tímida, pero lo hace. -Se volvió hacia ella y se sacudió la tierra de las manos-. ¿Qué os parece a vos? ¿No creéis que en algunos momentos lamenta que su cuerpo se haya convertido en madera y corteza por siempre jamás?

A Simún le palpitaba el corazón al verlo ante sí. Por un momento creyó que se le acercaría y la apresaría con sus manos sucias y con olor a tierra. Se puso en pie como pudo.

– Es una historia muy tonta -comentó con dignidad-. Mejor será que diviertas con ella a las campesinas.

Yada hizo una reverencia y se marchó; ella no logró distinguir bien la expresión de su semblante en el ocaso. Esperó muy erguida hasta que se hubo marchado y entonces se acercó a la higuera, que la rodeó con su suave aliento. Se arrimó cariñosamente al tronco y posó una mano tibia sobre la madera.

– ¿Estás ahí? -susurró, y cerró los ojos para dar un soñado beso que la derritió en el dulce crepúsculo que cubría el cielo.

Así pasaba las tardes la que de día gobernaba con mano firme.

Simún suspiró. Descorrió las colgaduras de su litera para contemplar a la muchedumbre que avanzaba junto a ella. No vio más que rostros felices. No estaban sólo los miembros de su séquito; todas las tribus habían enviado delegaciones para acompañar a las imágenes de sus dioses, que serían los invitados de honor de la boda. Los representantes del comercio y la artesanía de la ciudad marchaban en grupos bien diferenciados, y todo el que había podido permitirse dejar el trabajo por un día estaba preparado cuando la caravana, preñada de colores, partió para dirigirse al lugar en el que el futuro de todos ellos había de ser concebido un año más.

Simún vio literas balanceantes con mujeres que estrechaban a sus niños contra sí, señalándoles esto o aquello de entre la muchedumbre con el brazo extendido. Sus maridos tiraban de las riendas de los animales y participaban en el cántico generaclass="underline"

– Cuando el arroyo se ha secado, tú lo has llenado de nuevo.

»Y siempre has hecho madurar el incienso.

»Y la oscuridad de la noche cerrada, cuando todo lo ha cubierto, siempre la has desgarrado por la mañana.

»Las uvas se han hecho vino porque tú las has irradiado con tu resplandor.

»Y la manada de camellos, que eran muchos, has hecho aún más numerosa.

El rumor de las voces subía y bajaba al ritmo del cántico, acompañado de los tambores de los sacerdotes, subrayado por las estridentes flautas. Todo el mundo conocía la letra, hacía generaciones que era la misma y, sin embargo, a todos les parecía que describía a la perfección el año recién transcurrido y que se refería sólo a él.

Simún vio a Marub, que cabalgaba orgulloso junto a la comitiva. «Sí-pensó-, en efecto, el encomio de los camellos va dirigido a ti.» Le hizo una seña con la mano y correspondió a su saludo. La severa mirada que dirigió Marub poco después a su alrededor recordó a Simún que estaba allí de servicio, para protegerla. La muchacha hizo lo propio y observó al gentío. Marub había ordenado a sus hombres que aquel día se mezclaran entre el pueblo y tuvieran los ojos bien abiertos, pero Simún no era capaz de reconocer a ninguno. Eso cambiaría en cuanto llegaran al santuario. Igual que en los demás templos, había zonas en que todo el mundo podía visitar y otras en las que la entrada estaba reservada a unos privilegiados. Sólo unos pocos atestiguarían la boda entre Athtar y Shams. ¿Estaría entre ellos el espía de Hadramaut, como Marub temía?

La gente sencilla de Marib y de los alrededores, llegados de Sirwah y del cercano Ma’in, acamparían a lo largo de la calzada empedrada que subía hasta el uadi. Allí se había dispuesto una hilera de fogatas en las que esos días se asaban bueyes enteros en espetones, había montones de pastelitos de sésamo empapados en miel sobre tablas de madera, largas filas de jarras de arcilla llenas de vino aguardaban en la arena, y a todo el que quería se le llenaba la escudilla y el vaso. Simún olfateó el aire. Sí, ya percibía los aromas del gigantesco lugar de los festejos, debían de estar muy cerca. Asomó la cabeza por la litera y a poca distancia por delante vio alzarse el cono de la montaña sagrada. El mudo volcán sobresalía de la meseta, escarpado y de paredes lisas. Silencioso y firme se erguía en la trémula calima del llano horizonte: la digna morada de un demonio.

No faltaba mucho para llegar a su pie, al círculo exterior del santuario. Una vez allí, los miembros de la corte ocuparían su lugar en uno de los numerosos bancos de piedra a derecha e izquierda de la calzada y celebrarían su parte de los festejos. Simún, Bayyin, los dioses de las tribus y la comitiva sacerdotal, sin embargo, debían desmontar y recorrer a pie la última parte del camino, que los llevaría al lugar secreto del acto sagrado.

Simún e Incienso se apoyaron contra la litera, que se inclinó amenazadoramente hacia delante y luego hacia atrás cuando el animal se arrodilló y después se sentó. Se echaron a reír, porque les tintinearon los pendientes y los flecos de las colgaduras cayeron sobre sus rostros.

A Simún se le resbaló el pañuelo y se le enredó entre los abalorios de las sienes, e Incienso se apresuró a volver a colocárselo bien.

– Espera, he perdido la sandalia en algún sitio.

Casi chocan con la cabeza al agacharse al mismo tiempo para buscar bajo la montaña de cojines. Seguía siendo el calzado que le había regalado Yita, una pequeña joya cubierta de oro y con engarces de ágatas que ocultaba la deformidad de sus dedos. Simún había mandado hacer algunos pares siguiendo el mismo modelo, y entre los artesanos había corrido la voz de que la reina de Saba no llevaba en los pies nada que no fuera oro. Para ellos, el ostentoso uso de ese noble metal era un símbolo de su creciente poder.

Simún se calzó la sandalia entre risas.

– La verdad es que he coqueteado con la idea de salir descalza y mostrarles a todos mi pie. ¿No se me ha desdibujado la línea de los ojos?

Incienso se aplicó en silencio a corregirle la sombra.

– Les diría: «He luchado con el demonio y lo he vencido. Esta herida me ha quedado de la batalla. El héroe puede regresar a su casa. Aquí no lo necesitamos ya.»

Incienso, con la cara muy cerca de Simún mientras volvía a pintarle con kohl la línea inferior de los ojos, se detuvo, sobresaltada.