– ¡Jamás lo creerían!
Simún sacudió la cabeza.
– Ay, perdona. -Volvió a estarse quieta para que su criada pudiera seguir maquillándola-. Seguramente no, pero a lo mejor así intimidaría a Bayyin.
– Nada impediría a Bayyin proclamarse secreto señor de Saba -replicó Incienso-, sólo una voluntad igual de férrea que la suya.
Ambas mujeres se miraron a los ojos.
– ¿Me ayudarás? -preguntó Simún.
Incienso asintió.
– Como hemos convenido.
– No faltará el peligro. -Se miraron y volvieron a reír. El acicate del peligro las estimulaba como un vino fuerte. Simún fue la primera en serenarse-. Entonces será mejor que empecemos con la ceremonia.
Asió la mano de Incienso para que ésta la sostuviera mientras bajaba. Percibió entonces que sus propios dedos estaban fríos como el hielo.
Fuera resonaban las últimas palabras del cántico:
– La promesa hecha siempre has cumplido por entero.
»Nos obsequias con generosidad, oh, Sol, pues nos das la lluvia.
»Con fervor acudimos a ti, aunque aniquiles a las personas.
Se oyeron unos atronadores gritos de júbilo cuando Simún bajó de la litera. Avanzó despacio entre los bancos de piedra y se detuvo un instante al ver la calzada de piedra que ascendía ante ella por la montaña.
Los sacerdotes de Bayyin trajeron una silla de manos dorada y Simún se sentó. El sumo sacerdote no se mostró ante ella. A él, su salvador, no debía verlo hasta que la luna empezara a ponerse. Sin embargo, los estruendosos gritos que se alzaban allí detrás le desvelaron que también el sacerdote había bajado de su litera.
– ¡Danos fertilidad!
– ¡Danos agua, danos luz!
Entre bendiciones exclamadas y bajo una lluvia de flores, la pequeña comitiva enfiló montaña arriba seguida de los jefes de las tribus. Era un camino largo y empinado, pero la lisa calzada lo hacía más fácil de recorrer. Una buena hora después, el templo apareció sobre una colina que quedaba a un lado, pero el verdadero santuario se abría directamente por delante de ellos: una amplia caldera casi circular entre cuyas escarpadas paredes, por las que se precipitaba la grava, se originaba el uadi. Allí nacía la riada, allí moraba el demonio de la lluvia en persona. Ese día su reino estaba seco, unos árboles tristes bordeaban el cauce árido en el que no se adivinaba el poder que en otras épocas del año lo desbordaba. En el fondo del valle, sin embargo, toda la calzada procesional estaba flanqueada por piedras sueltas. Afrit las había arrastrado hasta allí y las escobas de los esclavos las habían hecho a un lado sólo para ese día.
La hierba seca temblaba en el viento, que movía un par de flores pálidas. Las zarzas se aferraban a las grietas de la roca. Sobre las piedras descansaban insignificantes lagartijas marrones que alzaban la cabeza y desaparecían en silencio por sus resquicios cuando la música de la comitiva nupcial llegaba hasta ellas. Simún miró en derredor. El escenario estaba dispuesto. Allí, en aquella plataforma de roca aguardaría ella de pie, cubierta con velos amarillos y dorados que arderían a porfía con los últimos rayos del sol. Allá detrás, Bayyin debía golpear la piedra con su lanza tres veces para retar al demonio de la lluvia. El demonio no acudiría. Entonces Bayyin se acercaría a ella y la conduciría a la tienda en la que debía consumarse la boda. Fuera se encenderían luces, una antorcha tras otra, una lámpara tras otra, para celebrar la liberación del sol y la victoria de la luz sobre la oscuridad.
La tienda ya estaba montada, sus colgaduras aún abiertas ondeaban en el viento. Simún se volvió hacia el otro lado.
Empezaron a sonar los tambores.
Horas más tarde seguían sonando. El crepúsculo, el aire, incluso el suelo que Simún sentía bajo sus pies parecían vibrar con su continuo golpeteo. Le daba la sensación de que su ritmo se le metía en la cabeza, le ablandaba el interior, le estremecía la conciencia y le arrebataba la capacidad de pensar con claridad. Aunque estaba muy erguida, tenía la sensación de que se tambaleaba. No había pretexto posible, no había escapatoria. Tarde o temprano se rendía uno a su monotonía, capitulaba, temblando como la liebre paralizada ante la serpiente. En ese momento, Simún comprendió cómo debía sentirse el animaclass="underline" era una visión religiosa, la apertura de una garganta gigantesca que lo devoraba a uno y se lo llevaba al más allá.
Al mirar a quienes la acompañaban comprendió que así lo sentirían todos. Caminaban por doquier con ojos relucientes, como hipnotizados, embriagados por la música, por el vino que manaba a raudales y por la danza. Los músicos, resplandecientes de sudor, estaban allí sentados ejecutando su labor como si no fueran ya de este mundo. Un grupo de guerreros de Marub había formado para realizar la tradicional danza de armas, concentrados, sudados por el esfuerzo. A algunos les brotaba la sangre allí donde sus propias hojas los habían herido durante los peligrosos ejercicios. La exhibían con orgullo, sin limpiársela. Fertilizaría el suelo para la nueva siembra. De vez en cuando alguien se acercaba a los bailarines delirantes, les limpiaba la frente y colgaba el trapo húmedo en los dioses de madera, que seguían desde sus baldaquines el aterrador espectáculo, envueltos en espesos vapores de incienso.
– Señora, ha llegado el momento.
– Al fin -dijo Simún con un suspiro, y siguió al joven sacerdote que se había dirigido a ella.
Más redobles de tambor y hubiera empezado a marearse. Caminó silenciosamente siguiendo su antorcha, que en el creciente crepúsculo se hacía cada vez más visible, definida, corpórea, ya no una mancha espectral de destellante calor y humo. La muchacha de la luz, pensó, cobraba forma. Así llegó al lugar que había de ocupar. Solitaria contra el cielo vespertino, solitaria y desplegada como un estandarte. No podía ser de otro modo, el latir de su corazón le cerraba la garganta. Ante ella, la montaña se agazapaba como un hombre que hubiera ocultado las rodillas bajo su vestimenta. Un gigante silencioso con los hombros caídos que despuntaba amenazadoramente por encima de todo. Bajo su cima, en la oscuridad, uno buscaba sin querer las dos luces de un par de ojos ardientes.
Los tambores enmudecieron de súbito.
En contra de lo esperado, el silencio no supuso una liberación. Pesado como un puño cayó sobre los que aguardaban allí. A Simún le zumbaban los oídos, le costaba respirar. De pronto no estaba segura de si deliraba o si de veras percibía sonidos que se hacían cada vez más inciertos y amenazadores con la espera y la duda. Parpadeó e intentó atravesar la oscuridad, que se hacía más densa a pasos agigantados. Nunca la ausencia de sonido había estado tan llena de expectación.
– ¡Negro señor! ¡Poderoso señor!
Simún sintió un escalofrío. Bayyin había elegido el momento perfecto para hacer su aparición. Su voz retumbó como un gong y rebotó en las paredes de piedra con un eco múltiple. Pero ¿dónde estaba? La muchacha miraba con nerviosismo en la dirección en que debía de quedar la piedra sagrada. «Un truco muy conseguido», pensó, aunque no pudo evitar sentirse sobrecogida por él.
– ¡Señor de la lluvia! ¡Devorador de riadas!
Tres veces desafió Bayyin al poder del demonio del agua, que permaneció mudo. Cuantos estaban en el cráter lo escucharon conteniendo la respiración. Los dioses miraban a la montaña desde sus baldaquines, sin pestañear; los hombres se apretaban unos contra otros y oyeron claramente el tintineo del metal contra la piedra.
Entonces se oyó el grito.
CAPÍTULO 30
Sólo Bayyin supo cómo lo había creado. La voz parecía proceder de las profundidades de la roca misma. Fuerte, imperioso, desatado, el grito creció con una intensidad temible. Simún se agachó involuntariamente sobre su roca buscando protección, sus ojos esperaban ver las crestas de blanca espuma de la riada que debía de estar a punto de aparecer por la estrecha garganta del uadi. Ninguna otra cosa en el mundo hacía temblar así el suelo; ella lo había vivido. Todos ellos lo habían vivido.