– ¡Athtar, ampáranos! -Los gritos débiles y desalentados que sonaron en la caldera fueron proferidos espontáneamente.
Simún se tapó las orejas; el alarido resonaba aún, se alzó con ronca furia en penetrantes agudos, descendió quejumbroso desde las cimas, se dilató en un dolor insoportable y al fin se quebró, cuando nadie se atrevía a esperarlo ya, con un gemido. Por un momento todo quedó en silencio. Después estalló un júbilo indescriptible. Retumbaba, vivo, humano y cálido, y los contagió a todos, que se abrazaron, se pusieron a dar saltos y a cantar. Incluso Simún, sobre su plataforma, volvió a erguirse, se limpió la tierra de las manos y no pudo evitar reír de alivio, aun a su pesar. Sacudió la cabeza para romper el hechizo por el que se había dejado cautivar. Sin embargo, tras de sí oyó un sonido que le heló la sangre. Levantó la cabeza.
Los gritos de júbilo que llegaban hasta ella no lograban ahogar los delatores susurros. Ahí estaba, en algún lugar de la oscuridad, detrás de ella. Había alguien. Oía el rozar de su vestimenta y, de vez en cuando, el deslizar de arena y piedras que desencadenaban sus sigilosos pasos.
¡Cómo podía haber sido tan necia! Dejarse cautivar por un espectáculo así y olvidar el peligro real que la amenazaba tras el fingido horror de un príncipe demoníaco. En lugar de temer a Afrit, debía haber temido a Hadramaut. Allí estaba ella, lejos de todos, y su amenaza se acercaba por detrás. ¿Dónde estaba Marub?
Lo buscó con la mirada por todo el cráter, inquieta. Sus hombres volvían a danzar, complacidos y felices, mientras ella sentía un nudo que le dolía al tragar saliva. Ni siquiera llevaba consigo un puñal.
Simún se agachó y buscó en el suelo una piedra suelta que fuera lo bastante grande. Sus dedos ciegos tocaron una hierba recia, guijarros y polvo. Entonces palparon algo cálido. Se puso en pie de un salto, profirió un grito, tropezó y alguien la agarró de la muñeca. Simún le clavó las uñas en el brazo a su agresor.
– ¡Ay, maldición! -protestó éste.
– ¡Marub!
– ¿Creíais que iba a dejaros aquí sola?
Simún se quedó quieta, jadeando. La sangre le afluía a los oídos, aún le parecía oír los redobles. En las pendientes que los rodeaban se fueron encendiendo una luz tras otra y, en su resplandor, Simún vio relucir el ojo vivo de su guardián. Era el único que se había apartado de la ceremonia, el único que no se había dejado deslumbrar por las artes de Bayyin. Había renunciado a participar de la renovación, de la promesa de un nuevo año, y se había escabullido en esa condenada oscuridad para protegerla.
Simún inspiró hondo. Sin embargo, antes de que pudiera decir nada, sintió un roce en el empeine. Se volvió. Bayyin se encontraba un nivel por debajo de ella, acompañado de dos portadores de teas.
– Aquí está mi novia -dijo a media voz, y la ayudó a bajar hasta donde estaba él. Entonces exclamó-: ¡La luz va hacia la luz! ¡El sol huye de la oscuridad!
La muchedumbre, tras él, retomó los gritos de júbilo:
– No acabes, pues, con el agua del cielo y de la tierra. Líbranos de la vejez y la enfermedad, y asiste al que tiene sed.
Simún, llevada en brazos de Bayyin, miró por encima de su hombro a Marub, que se había quedado solo sobre la roca. Parecía satisfecho, como quien ha cumplido con su cometido. A partir de ahí no podría seguir protegiéndola.
Bayyin avanzaba con su botín como si volara. Llevó a Simún por un pasillo de luces, por entre una llameante luminosidad que bailaba con las sombras sobre los rostros de los hombres. Decenas de manos se alargaban hacia ellos para tirarles de la vestimenta, para tocarlos, para participar por un instante del misterio de la vida que siempre se renueva y cuyo ciclo simbolizaban esa noche. La música había vuelto a sonar y empujaba a todos los que estaban en la caldera a una caótica embriaguez.
– Vamos, bebe un trago.
El sumo sacerdote la había dejado en el lecho dispuesto dentro de la tienda con una montaña de mantas coronada por un vellón blanco. Simún no podía apartar los ojos de su superficie inmaculada. Sus dedos se retorcían nerviosos por entre la blanca lanilla.
Bayyin, que reparó en su inquietud, le ofreció un vaso de la jarra de vino que había en una mesita baja y redonda, de madera, junto con una fuente de dulces y otra jarra de agua de rosas. Simún miró el arreglo, que delataba la mano experta de Incienso, y sacudió la cabeza.
– En palacio no pruebo nada sin un catador -dijo con cierta afectación, y apretó los labios.
Ni una gota de ese vino entraría en su boca.
Bayyin enarcó las cejas, pero sonrió.
– Una innovación de Marub, ya sé -dijo pensativamente-. Deja que esta noche sea yo tu catador -propuso.
Simún casi se quedó sin respiración cuando el hombre, sin dejar de mirarla, se llevó la copa a los carnosos labios y dio un trago. No se había atrevido a esperar que resultara tan sencillo.
Bayyin volvió a alcanzarle el cáliz, pero, al ver que ella seguía negándose con la cabeza, se lo llevó de nuevo a la boca y lo apuró. El largo camino con su novia en brazos le había dado sed. Su novia. La miró con atención. Qué encogida estaba allí sentada, casi como si le tuviera miedo.
Bayyin sonrió. Naturalmente que le tenía miedo; estaba indefensa ante él, que conocía los recovecos más secretos de su alma. Por un momento había querido abalanzarse sobre ella y tomarla por la fuerza, destrozar el orgullo que sostenía en pie a ese personaje desgarrado, disfrutar de ella y confinarla después a sus aposentos para gobernar él solo. Gobernar al fin sobre esa Saba que lo había esclavizado. Sería como partir una granada e ir sacando uno a uno los dulces granos de la dura corteza.
Sin embargo, no estaba seguro de poder quebrarla así. No, era mejor ceñirse al método comprobado, embaucarla, confundirla, tenerla pendiendo entre el temor y el deseo hasta que dejara de sentir el suelo bajo sus pies.
– Por fin todos los demonios están conjurados. -Se acerco a ella con una amplia sonrisa.
Para su sorpresa, también tuvo que bostezar. Bayyin dio olio paso. De repente el aire se volvió espeso, era trabajoso avanzar por él. Las piernas no lo obedecían, tenía que remar con los brazos para ayudarse a andar. Como las moscas en la miel, así de atrapado se sentía el sacerdote en la pegajosa atmósfera de la tienda mientras su mirada seguía clavada en su objetivo: Simún. Ella estaba sentada, inmóvil, y alzaba los ojos hacia él, que de repente la veía como al final de un larguísimo corredor.
– Siempre has estado sola -dijo Bayyin.
Oyó resonar la frase en sus oídos. El pasillo al fondo del cual aguardaba Simún empezó a ondularse, su imagen se desdibujaba como un reflejo sobre la superficie del agua rizado de súbito por el viento. No podía faltar mucho para llegar a aquel condenado lecho. Bayyin extendió un brazo para avanzar a tientas. Algo tiró de él. Se desmoronó, la realidad se dilataba y se alejaba como un hilo de miel, en espirales y espirales… Simún reía.
Se apartó un poco del sumo sacerdote, que se había desplomado en el lecho, junto a ella. Tenía los ojos desorbitados y le salía espuma de la boca abierta. Parecía muerto, pero respiraba, y la joven reina sabía que estaba lo suficientemente consciente para comprender lo que tenía que decirle.
Incienso separó las colgaduras de la tienda y se coló dentro.
– ¿Ha funcionado? -preguntó sin aliento-. La idea del vino me la ha dado el catador. -De nuevo miró por encima de su hombro para asegurarse de que los guardias no la hubieran visto-. El bueno de Marub ha hecho muy bien su trabajo. Hay ojos por doquier. No creo que logremos sacarlo de aquí.