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Simún no quería ni oír algo así. Tenían que conseguirlo. Cuando rayara el alba, el pueblo de Saba no debía ver a Bayyin a su lado. Siempre sería su novio por una noche, parte de un ritual que tenía lugar una vez cada año. Sin embargo, no permitiría que conquistara su dormitorio y no pensaba compartir su trono con él. El pueblo de Saba no esperaba ninguna de esas dos cosas, sin lugar a dudas; para ellos sólo la noche de bodas contaba. Más allá de aquel espectáculo, era Simún quien debía dar forma a su futuro. Se inclinó sobre el hombre que yacía allí inmóvil.

– Pobre Bayyin -le susurró con burla al oído-. Siempre tan solo. -Acarició su cráneo rasurado. No es que no entendiera ese rencor enconado, su ansia de independencia. Al contrario, le resultaba demasiado familiar. De nuevo se inclinó hacia él-. Un día nos uniremos, pero con mis condiciones. -Entonces se volvió hacia Incienso-: Ayúdame, levántalo de ahí.

Envolvieron al anestesiado sacerdote en una manta, de modo que no se viera nada de él, y entre las dos lo levantaron. Simún gimió; pesaba más de lo que había calculado. La frágil Incienso empezó a tambalearse ya en el breve trayecto del lecho a las colgaduras de la tienda. Pronto no podrían con su peso, seguro que no lograrían moverse sin llamar la atención.

Incienso asomó la cabeza fuera.

– Están todos en los festejos -susurró-. Es el momento.

La música y los deliciosos aromas las rodearon mientras sacaban su fardo a rastras. La luz de las antorchas que iluminaban la explanada de las danzas oscurecía aún más, por suerte, las sombras de alrededor. Ninguno de los presentes las vería arrastrando a Bayyin en su envoltorio por entre las duras jaras.

– ¿Dónde están las tiendas de los sacerdotes? -preguntó Simún, que se enderezó y entrecerró los ojos. Cuando Incienso se las señaló, sacudió la cabeza con desánimo-. Tendríamos que rodear toda la fiesta, eso no puede ser.

En un principio había tenido intención de dejar a Bayyin de vuelta en sus aposentos para que por la mañana despertara en compañía de sus ayudantes y comprendiera que en ese círculo debía permanecer. No obstante, el camino era largo y la muchedumbre de la fiesta demasiado numerosa. Sólo con que uno de ellos se alejara de la zona iluminada para ir a aliviarse, o una pareja de amantes se escabullera entre la maleza y tropezara con ellas, estarían perdidas.

Simún miró en derredor. Tras ellas todo estaba en silencio y en paz. Sólo por encima, sobre las rocas, titilaban un par de luces solitarias. ¡El templo! Al fin la idea salvadora. Tocó a Incienso en el hombro y señaló hacia arriba. La muchacha rezongó:

– Eso está aún más lejos, y queda cuesta arriba.

– Pero no encontraremos a nadie por el camino.

Simún estaba decidida. Hizo oídos sordos a las protestas de su sirvienta y se dispuso a arrastrar el pesado cuerpo por la ladera. Fue un trabajo costoso, en él emplearon bastante tiempo. La manta no hacía más que engancharse en la espinosa maleza que crecía entre las rocas y, a cada paso que daban, sus pies tenían que buscar nuevo apoyo sobre el cantizal de piedrecillas volcánicas.

– Espero que no molestemos a ninguna serpiente -dijo Incienso. Su comentario fue desoído. Se limpió el sudor de la frente y miró hacia arriba. El templo todavía quedaba igual de lejos que antes-. Nunca lo conseguiremos.

Pero llegaron. No tardaron en alcanzar la larga escalinata y luego el muro exterior. Con todas sus fuerzas tiraban de Bayyin, cuyos rasguñados pies habían acabado saliéndose de la manta y rozaban el liso pavimento del patio mientras pasaban por delante del altar de sacrificios. El último desafío fueron los escalones que había a la entrada del templo en sí. Simún quería detenerse a recuperar aliento antes de alzar una última vez la pesada carga, pero entonces oyeron unas voces en la oscuridad. Sobresaltadas, las muchachas se miraron un instante y empujaron el fardo a patadas para que rodara hasta la sombra de un toro de piedra. También ellas se agazaparon tras él, conteniendo la respiración. Las voces se acercaron, eran hombres, despreocupados y contentos, inmersos en una conversación de la que no lograron entender nada.

– Sacerdotes -siseó Simún con sorpresa.

¿Qué hacían allí arriba después de la ceremonia? Vislumbró las blancas vestiduras de los jóvenes como manchas claras en la casi completa oscuridad, que sólo la luna y alguna que otra tea iluminaban un tanto. Parecían cargar con algo y desaparecieron un momento con ello en el interior del templo. Simún oyó sus pasos en la escalera y el chirriar de la puerta. Después salieron y obligaron a las dos muchachas a ocultarse más aún en las sombras, pero su paso era alegre, no se detuvieron, sus voces se perdieron parloteando en la negrura. Aun así, la inquietud de Simún e Incienso no cesó hasta que llevaron un buen rato solas, con el canto de las cigarras como único sonido que llenaba la oscuridad. Simún se levantó y se sacudió el polvo del vestido.

– Vayamos -ordenó-. Un, dos, tres.

Recuperadas las fuerzas, alzaron a Bayyin. Cuando hubieron subido los peldaños, sentaron al dormido apoyándolo contra el batiente de madera de la entrada, que chirrió y se movió un poco.

– Han dejado la puerta abierta -dijo Simún con el corazón acelerado.

Dudó apenas un instante y abrió del todo. La oscuridad profunda y fría les dedicó un bostezo. Un olor a humo frío y a madera llegó hasta ellas, pero no se veía nada.

– ¿Qué hacían aquí? -susurró Simún, y se aventuró un paso más allá mientras, tras ella, Incienso liberaba a Bayyin de su envoltura.

– ¿Qué estáis haciendo? -le preguntó con miedo a su señora.

– Chsss -pidió Simún con un dedo en los labios.

De nuevo alzó un pie y entonces se encontró con algo blando. Se oyó un leve quejido que resonó, lúgubre, en la oscuridad.

– ¿Qué ha sido eso? -Incienso se había puesto en pie de un salto. Le temblaba la voz.

Simún alargó un brazo y tiró de ella, que se acercó a regañadientes. Notó que su criada no temblaba menos que ella misma.

– Aquí en el suelo hay alguien -susurró. Se arrodilló y palpó cautelosamente con las manos, aunque casi prefería no imaginar qué podía esperarle allí abajo. Sin embargo, el quejido había sonado enfermo, herido, lastimero-. O algo -añadió con voz más sobria.

Sus dedos habían asido un mango de madera y tiraron de él. De aquel bastón parecía colgar algo pesado que resbaló seseando por el suelo de piedra cuando Simún intentó arrastrarlo hacia la luz de la luna.

– Un animal -gimió Incienso.

Lo cierto es que los contornos de aquella cosa tenían un pelaje amarronado y pajizo.

– Un pellejo -explicó Simún, que seguía inspeccionando el objeto-. Es la piel de un animal, cosida e hinchada. Mira, no es más que aire.

Con alivio le dio una patada… y un instante después retrocedió de un salto. Las varas huecas de madera que sobresalían en varios puntos de aquella fea piel se enderezaron como si poseyeran vida propia. Por sus extremos salió un sonido penetrante que todo lo atravesó.

– ¡Los demonios! -exclamó Incienso, horrorizada.

Simún pensó algo parecido: la voz de Afrit que había oído antes en el valle. Sin embargo, sonrió.

– En cierta forma… -murmuró, y contempló el artilugio, el pequeño secreto de Bayyin, que emitía sonidos como los que ningún ser vivo era capaz de producir.

De nuevo alzó el pie para darle una patada, pero se contuvo. Si volvían a armar escándalo, no tardarían en dejar de estar solas. Empujó con cuidado el artefacto con la punta del pie hasta dejarlo tras la puerta y la cerró con energía.

– Ya no hay más demonios -dijo con voz alegre, y volvió a agarrar del brazo a Incienso, que todavía estaba aterrada-. Ya es hora de volver a lo nuestro. ¿Has traído su ropa?

La sirvienta asintió con celeridad y la sacó de su bandolera. Desvistieron a Bayyin y lo vistieron como bien pudieron con la blanca túnica sacerdotal, larga hasta los pies, antes de cubrirlo con su manto.