– El escenario perfecto para un sacerdote -confirmó Simún con tranquilidad-. Todos creerán que ha seguido la llamada de los dioses, de vuelta al lugar que le corresponde.
– Es un hombre apuesto -no pudo evitar comentar Incienso cuando lo tuvieron desnudo ante ellas y la luz de la luna hizo relucir su piel, a pesar de los arañazos y las rozaduras que se había llevado durante el camino cuesta arriba-. A lo mejor os perdéis algo.
Simún, con una risilla, miró para otro lado. De pronto se quedó atónita. Un par de ojos la miraban desde la oscuridad, grandes y amenazadores, su blanco relucía en la negrura. Justo entonces descubrió otro rostro, y otro más.
– ¡Incienso! -Apenas si se atrevía a susurrar.
¡Sus jueguecitos con aquel instrumento de los demonios no habían pasado inadvertidos! Se quedó allí de pie largo rato, mirando a aquel grupo que seguía mudo e inmóvil en la penumbra. Oyó el tenue raspar del puñal que llevaba Incienso al cinto y, de repente, supo a quiénes se enfrentaban.
Alargó la mano hacia atrás y retuvo con fuerza el brazo de su criada.
– ¡Son los dioses! -exclamó con alivio.
Ciertamente, entre las columnas del patio estaban reunidos todos los dioses de las tribus. Sus rostros de madera pintada las contemplaban con los ojos bien abiertos desde sus literas, que habían sido colocadas allí con gran deferencia para que el pueblo pudiera festejar por debajo de ellos.
Allí estaban Athiat, a la que veneraban en el uadi de Harib, y Wadd, el dios del amor, cuyo símbolo era la serpiente. Burdamente tallado en la madera, el reptil le rodeaba el brazo. Descuidadamente apoyado contra él estaba Nahrah, el dios de la prosperidad, y tras el se veía a Narr, con el águila en la mano, y a las guerreras Allath, Uzza y Manat. Anbi miraba a las tres diosas por encima del hombro, muy cerca de Tabab. Y Athtar, una y otra vez, encarnado en diferentes formas, agasajado con numerosos sobrenombres. Unos testigos mudos y réprobos, vestidos para una fiesta de la que los habían apartado con todo respeto. No parecían felices y no les quitaban ojo de encima a las dos muchachas, pero no eran ni mucho menos amenazadores.
Simún, exultante, dio una palmada. Nada se movió allí detrás.
Hizo una reverencia y se volvió hacia Incienso:
– Menuda compañía para un sacerdote…
– ¡Menudo disparate para una reina! -oyó que exclamaba una voz masculina.
Simún dio media vuelta.
– Marub. Hoy te has propuesto matarme de un susto. -Se llevó una mano al corazón y con la otra buscó a Incienso, como una niña a la que habían sorprendido en una diablura y no quería cargar con la culpa ella sola.
Su sirvienta volvió a guardar el puñal que aún blandía y, al erguirse junto a Simún, contempló al guardián con su mirada muda e intensa.
Marub se rascó la cabeza, miró al sacerdote que yacía inerte, a la comitiva de los dioses y luego a las jóvenes, que estaban de pie, muy juntas.
– ¿Está muerto? -preguntó.
– Oh, no. -Simún sacudió la cabeza con ímpetu-. Los demás nunca aceptarían a un Athtar muerto. Mañana, temprano, despertará ileso.
– Comprendo -masculló Marub. Las piezas iban encajando poco a poco-. Para entonces seguramente vos ya habréis partido.
Simún repuso encogiéndose de hombros.
– De veras habría deseado que me hubierais puesto al corriente.
– ¿Sobre los planes de su noche de bodas? Habría sido demasiado íntimo.
Marub lanzó una rauda mirada a Incienso y se sonrojó, aunque era imposible saber si de bochorno o de rabia.
– La noche aún no ha terminado -se limitó a rezongar.
Simún asintió.
– Ahora mismo nos íbamos.
Juntos desanduvieron el camino cuesta abajo y llegaron sin ser vistos a la tienda nupcial. Marub fue a echar un vistazo a los guardias de delante, e Incienso corrió hacia donde estaban los demás sirvientes para prepararlo todo para partir al alba. Simún se quedó sola en el lecho vacío, sobre el vellón blanco. La acarició una sola vez, brevemente, con su mano morena. Después cogió el cuchillo que había escondido bajo los almohadones por si acaso.
Incienso le había propuesto sacrificar a una gallina, pero ella había insistido en que debía ser su propia sangre la que manchara la piel. Dispuso la hoja plateada sobre la palma de su mano, dudó solo un instante y la hizo resbalar. Inspirando con fuerza, cerró el puño como si en él aplastara el dolor. La sangre, roja como la granada, goteó y manchó la inmaculada piel. Cuando se hacían tratos con los dioses, había que pagar el precio.
CAPÍTULO 31
– ¡Simún! ¡Déjame entrar, maldita seas! -La voz de Bayyin resonó por la terraza y llegó hasta el jardín. También se oía el golpeteo de sus puños contra la puerta de madera-. Simún. -Sólo la palmera susurró levemente. Tras las puertas del balcón de Dhahab iodo estaba en calma. Tampoco la reina, en su estancia, se movió-. Soy tu esposo.
«No», pensó ella. Athtar se había convertido en el esposo de Shams, ni más ni menos. Aquello ya no tenía nada que ver con ellos dos. Miró a la puerta, que vibraba a causa de los golpes de Bayyin pero seguía fija en su marco. Entonces se oyó un estrépito; Simún se estremeció. Bayyin le había dado un puntapié al batiente. Por fin rompió ella su silencio:
– Vas a despertar a toda la casa.
– Es lo que pretendo. -La voz de Bayyin denotaba una furia desaforada-. Déjame entrar ahora mismo o les explico a todos que la boda sagrada no se consumó.
– ¡Pues muy bien! -se mofó Simún-Explícales a todos que el rito no se celebró. Diles que el vellón es falso. Que el sol no volverá a salir, que la lluvia no volverá a caer y que no habrá futuro. Te harán pedazos, o bien porque te tendrán por un embustero, o bien porque te creerán. -Escuchó un momento el silencio que había caído al otro lado de la puerta. Se acercó a ella despacio y apoyó el rostro contra la madera-. ¿De verdad quieres eso? -preguntó en voz baja-. ¿Quieres sumirlo todo en el caos y la locura?
Se estremeció al sentir en la puerta un único golpe, imperioso. Del otro lado, Bayyin apretó el puño dolorosamente y apoyó la frente contra la madera.
– Vuelve a tu templo, Bayyin -susurró Simún-. No te tengo miedo, créeme. Un día también tú encontrarás tu cometido, un cometido grandioso. No te olvidaré, ¿me oyes? ¿Bayyin? -Se interrumpió al oír sus pasos, que se alejaban deprisa por el suelo de piedra del pasillo.
Simún vació sus pulmones y se dejó resbalar por el marco de la puerta. Había ganado.
En el consejo tan sólo alzaron brevemente las cejas al ver aparecer a Simún sola. Ya se había corrido la voz de que Bayyin se había retirado al templo la misma noche de la boda para volver a dedicarse a los dioses. Le agradecían su entrega, pero reinaba un alivio generalizado al saber que el extraño extranjero había regresado a las zonas sagradas para encargarse de todo lo oculto. A Simún ya se habían acostumbrado, de modo que la sesión transcurrió deprisa y en el habitual tono de tedioso parloteo de siempre.
Acordaron que se necesitarían unos cinco mil hombres para los trabajos de renovación de la presa e intentaron calcular cuánta cebada y cuántas reses de matadero serían necesarias para alimentarlos. Simún escuchó con atención los números y los cálculos expuestos, así como las previsiones de si podrían reunirlo todo y cómo repartirían las responsabilidades entre todos ellos. Como quiera que fuese, había logrado la hazaña de que admitieran poseer la cantidad necesaria de hombres gracias a los prisioneros de guerra de Hadramaut. También los pasos siguientes se andarían, si Almaqh así lo quería. El lodo que la riada traía todos los años, que se asentaba en el oasis y hacía tan fértiles sus campos, había elevado el nivel del suelo. Era indispensable, por tanto, elevar también la presa y las instalaciones de irrigación; el desnivel de los dos canales principales que se extendían hacia el norte y hacia el sur desde el pie de la presa, hacia los oasis, ya casi no bastaba y debía ser corregido.