Por la tarde, al fin encontró tiempo para su jardín.
Tardó un rato en ver a Yada, que estaba inclinado sobre su cubo. Cuando se irguió, el pañuelo se le resbaló de la cabeza y alzó los brazos para asírselo con un enérgico movimiento. Simún lo contempló sin moverse. Cuando el muchacho la vio y dejó caer los brazos, la reina tuvo que controlarse para no echar a correr hacia él. Esperó con impaciencia a que cogiera el cubo, repartiera la tierra que quedaba en él, se limpiara y se le acercara al fin. Cuando llegó junto a ella, hizo una reverencia. Ella correspondió a su gesto con un leve movimiento de la cabeza.
– Los lirios están en flor -dijo Yada, a modo de saludo.
– Ah -repuso Simún con vaguedad. Le hablaba y era como si oyera una dulce música. Lo que dijera era secundario-. Sí.
– Me habría gustado traeros algunos, pero un sacerdote airado ha cruzado por aquí dando zancadas sin preocuparse por las flores y los ha destrozado todos.
– Vaya. -Simún se tapó la boca con la mano para reprimir una risilla.
El jardinero sacudió la cabeza.
– Me gustaría saber qué le tenía tan furioso.
Lo que dijera parecía accesorio, su voz era tranquila, pero sus ojos la miraban con ardor.
Simún se encogió de hombros.
– Qué sé yo -repuso con aspereza-. A lo mejor no ha conseguido lo que quería. -Rehuyó su mirada.
Yada asintió como si considerara su respuesta.
– Debería tener más paciencia -dijo al cabo, tras una larga pausa. Miró en derredor, cogió el cubo y siguió con su trabajo-. Las flores tardan su tiempo en florecer -explicó-. ¿Ya os he explicado la historia de cómo los lirios llegaron a este mundo?
– Ay, tú y tus historias -dijo Simún.
Pero se sentó en el borde del estanque, dobló las rodillas, las rodeó con sus brazos, apoyó en ellas la barbilla y escuchó con gratitud el suave y oscuro sonido de su voz.
CAPÍTULO 32
– ¿Siempre has sido jardinero? -preguntó Simún unos días después, mientras paseaba la mano por el agua del estanque.
Yada se lo confirmó.
– ¿Y vos, no habéis sido vos siempre reina? -preguntó él a su vez, mientras arrancaba unas malas hierbas.
Estaba arrodillado en el suelo, dándole la espalda. Simún pensó un momento.
– No -dijo al cabo de un rato-. Era… -se interrumpió. Era difícil explicar lo que había sido sin mencionar su pie-… una huérfana a la que nadie quería -terminó de decir. Alzó la barbilla con orgullo-. Pero siempre supe que acabaría siendo algo muy especial, y lo he conseguido.
Entrecerró los ojos y contempló los reflejos que dibujaba la luz sobre la superficie del agua. Desde la boda divina, esa sensación se había intensificado en su interior. No sólo había embaucado a Bayyin y engañado a los creyentes. No, había negociado personalmente con los dioses unas condiciones especiales para sí, se había situado más allá del ritual, y sus reglas, sobre las que todos los demás basaban su existencia, ya no tenían para ella ningún significado. Sólo ella conocía la verdad, únicamente ella se había liberado. Estaba por encima de todos.
Simún pensó entonces que seguramente no habría encontrado valor para ello de no haber sido una tullida que, rechazada desde el principio, había tenido que vivir sola y según sus propias reglas. De haber sido una niña normal, protegida, cuidada e integrada, con un hermano pequeño a la cadera, con un prometido y sin ningún motivo para cuestionar nada, se habría quedado en la tienda con las demás, temblando, habría rezado y habría tenido miedo de la oscuridad. En lugar de eso, estaba sentada en un trono y urdía sus propios planes. Por desgracia, no podía compartir con Yada ninguna de esas reflexiones. Sólo su extraordinaria satisfacción y su orgullo.
– Sé que me aguarda un destino muy especial -terminó de decir tras una pausa. Sus dedos chapoteaban en el agua-. ¿Y tú? -preguntó al cabo de un rato-¿Quieres ser siempre jardinero?
– ¿Qué otra cosa habría de ser? -repuso él con sorpresa, y volvió a medias el rostro hacia ella.
– No sé -contestó Simún con fingida inocencia-. ¿No te gustaría ser un orgulloso beduino, con tu parcela de tierra, un dromedario y una cimitarra al cinto?
Yada se echó a reír.
– Parecéis Marub, que quiere convertirme en guerrero para poder desafiarme.
Simún preguntó con malicia:
– ¿Por eso le tienes miedo?
Yada alzó las manos manchadas de tierra.
– Soy jardinero -dijo-. Amo las plantas y me gusta cuidarlas y escuchar cómo crecen.
– Sí, pero ¿es que no tienes ninguna otra ambición?
Simún había separado las piernas del reborde y estaba sentada muy erguida. Por su voz, parecía decepcionada y algo confusa.
Yada también se enderezó.
– ¿Para qué? -preguntó.
– Para… Para… -Simún se interrumpió, apocada. De repente se enfadó. ¿Qué estaba haciendo allí de pie ante ella? ¿Acaso no tenía nada mejor que hacer?-. Para nada -gruñó.
Yada la miró con una gravedad desacostumbrada.
– ¿Queréis decir que porque una reina y un jardinero no pueden estar juntos?
Simún inspiró con fuerza. Nunca antes le había hablado así.
– ¿Cómo te atreves? -exclamó, y se puso en pie de un salto.
Yada permaneció tranquilo como siempre.
– Sólo expreso lo que es evidente -dijo-. ¿O acaso no lo veis igual?
– ¡Naturalmente que no! -siseó Simún.
Se estremeció como una serpiente furiosa bajo su mirada. Le habría encantado propinarle un bofetón, pero no estaba segura de qué sucedería si lo tocaba.
– Te amo -dijo Yada con sencillez.
No podría haberla desconcertado más. El silencio que siguió a sus palabras se le antojó de pronto a Simún como la calma tras una rugiente tempestad. No fue capaz de decir una palabra.
– Te amaré hasta que muera. Sea como sea y cuando sea.
Dicho eso, cogió el cubo y se marchó. Simún levantó el brazo, pero antes de que lograra susurrar su nombre ya había desaparecido entre la vegetación.
CAPÍTULO 33
Simún corría por una extensa llanura llena de piedras que parecía el cadáver de algo muerto tiempo ha, un cementerio de piedras, las ruinas de unas montañas, el esqueleto de un paisaje olvidado hacía mucho. Una estampa que no podía entenderse si no hubiese existido allí alguna otra cosa, hermosa, única.
La nada se extendía interminablemente ante ella. Por encima de su cabeza se cernían espesas nubes de un violeta negruzco que se movían más rápido que ella misma y cubrían toda la llanura como la tapa de un arcón. Simún se sentía atrapada. Se quedó de pie y buscó un lugar donde refugiarse. En la creciente penumbra vio entonces a unas personas que formaban un amplio círculo. Despuntaban inmóviles como muñecas de madera, rígidas y encorvadas en ángulos increíbles. Sus ropajes ondeaban al viento; sus rostros carecían de expresión e intención, pero su mera presencia hacía que Simún tuviera miedo. Uno se adelantó y se convirtió en Yada. El pañuelo blanco de su frente resplandecía en la penumbra. Yada abrió entonces la boca y de ella salió, como una lengua desproporcionada, una gran rata roja. De las bocas de los demás, que se echaron a reír, lo mismo.
Simún profirió un grito. Despertó sentada, jadeando y con los ojos desorbitados. Vio al animal enseguida, antes aún de alzar el brazo para enjugarse el sudor de la frente. Ni un instante dudó de que la banda ondulante que veía en el suelo no fuera una serpiente de verdad. Las nubes amenazadoras de su sueño desaparecieron más deprisa aún de lo que habían cubierto la llanura, se alejaron por el techo de alabastro y las paredes de la habitación, dejaron ver el arcón de madera, los pliegues de la ligera manta de algodón del lecho, las coloridas baldosas del suelo sobre las que la atenuada luz del mediodía que entraba por la puerta cerrada de la terraza lanzaba apenas un rayo de luz, y también aquella cosa negra, móvil, rauda y silenciosa que no pertenecía a ese entorno pero que ni por un segundo le pareció irreal. Era tan de verdad como el miedo que le atenazaba las extremidades.