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– ¿Incienso? -susurró.

Le pareció que la vibración del sonido de su voz recorría su cuerpo del animal, que en ese momento se deslizaba ya por el extremo de la colcha de su lecho. Sintió el leve tirón del tejido.

– ¡Incienso!

El miedo le quebraba la voz. Carraspeó y volvió a llamar algo más alto. Su sirvienta, que debiera estar durmiendo como siempre en una estera ante la puerta que daba al pasillo, no estaba. Una ráfaga de viento apresó la ligera puerta de la terraza, atravesada por tallas, y la abrió, aunque sólo un resquicio. La luz invadió el interior, iluminó las paredes y volvió a extinguirse cuando el batiente se cerró de golpe. Simún quedó sumida de nuevo en la amarronada penumbra empapada de ensueños. ¿Dónde estaba Incienso? Debía de haber salido, a lo mejor el calor del mediodía no la dejaba dormir y había salido al jardín a tomar el fresco. Las puertas sólo estaban entornadas, si llamaba más alto… De nuevo se abrió la puerta y la esperanzadora luz del sol inundó el interior. Simún sintió entonces el primer roce. Fría y suave, la serpiente se deslizaba por su pierna.

– ¡Incienso! -Esta vez gritó sin reservas, a pleno pulmón.

Tres pesados golpes cayeron desde fuera sobre la puerta del pasillo, que se partió entonces con un fuerte crujido, astillándose, y Marub apareció sobre la estera de Incienso con el puñal en la mano. Las mantas se le enredaron en los pies y él intentó apartarlas con impaciencia.

– ¿Qué…? -empezó a preguntar, pero enmudeció al ver el rostro de Simún, que lo miraba fijamente.

La reina no estaba en condiciones de moverse y no tenía valor para pronunciar otra palabra siquiera.

El grito había hecho que su cuerpo se moviera un poco, y eso había provocado un revuelo bajo la manta que la había dejado helada de miedo.

Incienso abrió la puerta de la terraza y la escena se iluminó de golpe con una luz cálida.

– ¿Qué sucede? -preguntó, espantada, y se acercó un par de pasos-. He ido hasta el pretil a que me diera un poco el aire. ¿Halléis tenido una pesadilla?

La tensa postura de Simún y su rostro demudado hicieron que se detuviera. Sin entender nada, miró a Marub. Los ojos del hombre recorrían a Simún, que seguía inmóvil, y se detuvieron finalmente en la manta, que se deformaba y se movía un poco aquí y allá. El gigante levantó una mano y le hizo una señal a Incienso, que seguía sin comprender lo que pasaba, para que no se moviera. Entonces se acercó lo más sigilosamente posible al lecho, se arrodilló sin dejar de vigilar los movimientos de debajo de la manta y cogió un extremo del tejido. Despacio, muy despacio, empezó a tirar de él para destapar a Simún. La muchacha se mordía el labio y contenía la respiración. Luchaba con todas sus fuerzas contra el impulso de levantarse de un salto y echar a correr, que se hacía más fuerte a medida que se iba viendo el oscuro cuerpo del animal.

No era tan grande como la serpiente que habían encontrado aquel día en el desierto. Sus ojos no eran del color del rubí, sino de un marrón discreto, igual que su vestido de escamas, más bien tosco. No parecía un animal jinni, y en ningún momento estuvo tentada de hablar con él. Fue Marub quien abrió la boca y pronunció el nombre de la serpiente; sonó como un siseo. Simún la conocía bien: una mordedura bastaría para matarla. Haría mejor si no se movía.

Incienso, que seguía apartada, no vio el animal hasta unos instantes después, ya que desde donde estaba quedaba oculto por el muslo de Simún. Sin embargo, en cuanto lo vio empezó a proferir unos gritos histéricos y desaforados. De su boca salían sonidos inarticulados. Se llevó las manos al cuello, como si se ahogara.

– Chsss -intentó tranquilizarla Marub.

Su mirada iba con preocupación de la muchacha a la serpiente, que con el alboroto se había puesto alerta y se contraía, siseando. Volvió a bajar el brazo que había extendido hacia Incienso. Debían evitar todo movimiento innecesario. La criada, sin embargo, no lograba serenarse. Su cabeza se movía de aquí para allá con histerismo, como si otros peligros pudieran amenazar también en la estancia. De pronto echó a andar hacia atrás y tropezó con la puerta, se volvió gritando y salió corriendo a la terraza, donde se encaramó al pretil, se abrazó las rodillas y empezó a balancearse hacia delante y hacia atrás en su postura salvadora, como una niña que intenta acunarse para caer dormida. Simún vio su figura en la luz reluciente del exterior y deseó estar en su lugar. Después se volvió de nuevo hacia Marub.

Los gimoteos de Incienso llegaban todavía al interior, aunque más apagados, pero el semblante del guardián volvía a estar completamente concentrado.

– Ni un solo movimiento -siseó al ver que los muslos trémulos de Simún intentaban separarse del animal.

Sus piernas se relajaron al instante. El más leve movimiento de los músculos bastaría para alarmar a la serpiente. Simún oyó el leve crepitar de las escamas que se deslizaban por el tejido, y entonces el bicho alzó su horrible cabeza. Incienso, que lo vio desde lejos, se puso a chillar.

La daga de Marub fue rauda, no obstante. Antes aún de que Simún pudiera abrir la boca para unirse al grito de Incienso, la cabeza segada de la serpiente salió volando por el aire y aterrizó en el rincón que quedaba detrás de la puerta de la terraza. El cuerpo se desmoronó allí mismo.

Con sus últimas convulsiones, la sangre manó del tocón a la sábana, entre los muslos de Simún. Presa de un pánico indecible, ésta se puso en pie de un salto y se alejó tropezando del lecho, sin lograr calmarse tampoco al sentir las frías baldosas bajo sus pies descalzos. Juntó las piernas y puso un pie sobre el otro. Le habría gustado hacer como Incienso y encontrar algún sitio al que encaramarse. Se frotaba los brazos con las manos sin parar mientras veía cómo su lecho quedaba empapado. Cuando el cuerpo de la serpiente dejó de sacudirse, también ella empezó a tranquilizarse. Marub se enjugó el sudor de la frente y buscó algo con lo que poder limpiar su larga daga curva.

Simún regresó al lecho y tiró de la manta con un imperioso movimiento para cubrir la sábana embadurnada. Parecía un lecho nupcial; eso le pasó incluso por la mente. ¿Se habría dado cuenta también Marub? Después salió al calor de la tarde y abrazó a Incienso, que se desmoronó sollozando en sus brazos.

– No… puedo… las serpientes… -prorrumpía ésta a golpes mientras apretaba la cabeza contra los pliegues del sudoroso camisón de Simún.

– Ya ha pasado todo. -Simún se volvió hacia Marub, que también entonces salió a la terraza-. No sabía que montaras guardia a mi puerta -dijo.

El guardián no respondió. En lugar de eso, inspeccionó la estancia en busca de un recipiente en el que pudieran haber transportado al animal, pero no encontró nada.

– Debe de haber entrado por el jardín -concluyó cuando se acercó por fin a Simún.

Los dos contemplaron los árboles y los arbustos en silencio: estaban rodeados por una columnata y por el edificio de atrás, en ninguna parte había un resquicio. El jardín ocupaba un patio interior que se encontraba, además, en un tercer piso. No había en él más vida que los peces del estanque, las abejas cuya colmena Yada había colocado cerca del hibisco, los insectos que llegaban volando y un par de tímidos pajarillos. La serpiente tendría que haber salvado la piedra vertical para colarse dentro, o la escalinata y toda una serie de salas y habitaciones. Ninguna de las dos cosas era posible.