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– He oído contar historias -murmuró Simún- de águilas que llevan serpientes en sus garras y que las dejan caer en pleno vuelo, desprendiéndose de su presa porque ofrecía demasiada resistencia.

Su mirada se dirigió al cielo, como si una de esas aves fuese a atravesar el cielo en ese mismo instante para corroborar sus palabras.

Nada se movió.

– Sólo quería que me diera un poco el aire. -Incienso se había calmado un tanto, pero su voz sonaba pesarosa-. Me he sentado aquí, a la sombra del pretil, y he apoyado la cabeza contra la piedra Iría. -Se detuvo, horrorizada-. ¿Creéis que se habrá deslizado junto a mí?

La sacudió un escalofrío de repugnancia mientras, con la mirada fija en el liso suelo, comprobaba lo pequeña que era la distancia entre ella y el lugar por donde debía de haber pasado el animal.

Marub se adelantó hasta los escalones.

– ¿Dónde está ese jardinero? -preguntó, y empezó a bajar.

Simún se inclinó sobre el pretil.

– No, Marub -exclamó tras él.

No, eso era imposible. El día anterior le había confesado su amor, y ella había creído todas sus palabras. No, Yada no podía ser el responsable. Un millar de explicaciones se amontonaban en sus labios, pero no podía compartir ninguna de ellas con Marub.

El hombretón había llegado ya al estanque, donde sólo había un cubo olvidado. Pasó el dedo por el rastro de agua que había junto a él y que el sol todavía no había secado.

Simún se volvió al oír un ruido, un suave golpeteo de madera sobre madera. Procedía de los aposentos de su madre. Sin embargo, como siempre, allí no se movía nada y, al mirar, vio que los batientes de la puerta seguían bien cerrados. Simún se asomó más.

– A mediodía nunca está, Marub. Tú mismo prohibiste que hubiera nadie aquí mientras duermo la siesta.

Su guardián, sin dejarse persuadir, se inclinó para limpiar el puñal en el agua. Una lenta nube rosada se desprendió de la hoja y desapareció en el verde turbio de las plantas acuáticas. Los peces curiosos se acercaron nadando con cautela, abriendo y cerrando sus bocas. Un trueno lejano los hizo mirar al cielo.

– Afrit asoma la cabeza -murmuró Simún, y estrechó contra sí a Incienso, que seguía temblando-. Alabado sea Almaqh. El agua llegará pronto.

Marub agitó su arma y vio cómo las gotas caían sobre la piedra y la teñían de oscuridad. El calor las convertía enseguida en pequeños puntos que encogían y desaparecían.

– He soñado con ratas rojas -siguió diciendo Simún-. Qué extraño, ¿verdad?

Se colocó bien la holgada túnica sobre los hombros y frunció el ceño. Las ratas le recordaban algo, pero no lograba saber el qué.

CAPÍTULO 34

Principio y Final

– ¡Enhorabuena!

– ¡Muchas felicidades, Mujzen!

– Es buena señal que el niño llegue el día del agua.

– Que Almaqh bendiga a tu hijo.

Mujzen aceptaba los buenos deseos de los vecinos mientras recorría el patio por entre ellos y les ofrecía vino con expresión exultante. Llenaba los vasos con generosidad, hasta el borde, animaba a los que se hacían de rogar y tampoco él se reprimía. Sobre el crepitante fuego del círculo de piedras goteaba la grasa de toda una oveja en un espetón. Se necesitaban dos hombres para darle vueltas. Después repartieron en fuentes la carne hebrosa y grasienta. Mujzen animaba a sus invitados a que comieran. Todos ellos tenían razón, aquel día coronaba verdaderamente su felicidad.

Dentro se oyó el llanto de un recién nacido, que fue respondido desde fuera por gritos de asombro y júbilo. A Mujzen casi le dolía el corazón de lo rápido que latía contra su pecho cuando la partera abrió al fin la puerta y salió para dejar a su hijito en sus brazos. Estaba lavado y envuelto en un paño, llevaba amuletos colgados y le habían dibujado símbolos para llamar a la buena suerte. Mujzen lo sostuvo con miedo, era una criaturita pequeña, frágil y flaca, con pestañas como patas de mosquito y la naricilla respingona apuntando al cielo. La partera cogió un incensario cuadrado de alabastro y dio tres vueltas con él alrededor de padre e hijo, envolviéndolos en el aromático humo y murmurando bendiciones. Tras ese bautizo, Mujzen avanzó entre la concurrencia mostrando a su primogénito. Recibía sus buenos deseos, asentía, reía y apartaba con la mano las semillas de sésamo que les lanzaban a puñados como símbolo de fertilidad. Molesto por el ritual, el pequeño abrió la boca y mostró sus rosadas encías desnudas con un lloriqueo.

Susurros y chasquidos de lengua generalizados se alzaron para intentar acallar la protesta del niño. Sólo una voz dijo algo, claro e ineludible, por encima del coro musitante:

– Sin dientes. Igualito que el padre.

Alguien soltó una risilla. Mujzen se volvió y vio a un grupo de campesinos que habían bebido ya mucho vino. El que hablaba se tambaleó a causa de los codazos de aquiescencia de sus dos amigos y luego pasó el brazo por el cuello de otro en busca de apoyo. Evitaba la mirada de Mujzen, pero sonreía. Se echó entonces otro trago.

Mujzen dejó al niño en brazos de la partera, que se había acercado enseguida, alarmada, y se acercó a los hombres. Más de una mano se posó en su hombro con ánimo conciliador; él las apartó todas. Los tres socarrones estaban apoyados entre sí y reían todavía de su supuesta broma. Cuando Mujzen llegó ante ellos, uno intentó echarle un brazo al hombro también a él.

– ¿Qué te pasa? -masculló, e intentó darle a beber del vaso medio lleno-. Alégrate.

– Eso -añadió otro-. Puedes estar contento de que tu hijo se te parezca.

El comentario fue seguido de carcajadas, como si fuera una buena chanza. Mujzen, molesto, apartó el vaso de delante de su cara.

– ¿Qué quiere decir eso? -quiso saber.

La agitación hacía que las eses resonaran más que nunca por el hueco de sus dientes.

La mayoría de los invitados respondió con un silencio turbado. Algunos, que no sabían nada, preguntaron susurrando a quienes tenían al lado, y éstos se lo explicaron. Mujzen los miraba a todos con ceño. Por lo visto había algo que sólo él ignoraba.

– ¿Qué quiere decir eso? -repitió a mayor volumen.

Los primeros visitantes se marcharon con discreta premura.

Los tres borrachos fueron los únicos que no se dieron cuenta del cambio de humor; o a lo mejor les daba lo mismo. Allí estaban, como tres chiquillos sorprendidos en plena travesura, con las cabezas gachas, dándose golpecitos, riendo. Uno, empujado hacia delante por sus compañeros, dijo al fin:

– Bueno, también podría haberse parecido a Dhiban, ¿no? Por algo le regaló el huerto a tu mujer.

Una sonora carcajada de los otros dos siguió a su frase.

– Mi mujer le compró ese huerto. -A Mujzen se le crispó la voz. Todo daba vueltas ante sus ojos.

– Seguro que sí. -La voz del que hablaba se ahogó, riendo antes de decir la gracia-. Y al pagarle se quedó quieta como una corderita. Eso dice Dhiban. -Estalló y le dio un golpetazo en el hombro al que tenía al lado.

Su risa resonaba en los oídos de Mujzen. «Ni una sola de esas palabras es cierta», gritó por dentro. Sin embargo, otra voz le susurró: «Siempre lo has sabido.» Cerró los ojos, alterado. El alboroto que lo rodeaba se hizo mayor, sintió que lo engullía, oyó las groserías, lo vio: vio a Shams en brazos del otro.

– ¡No!

Todos enmudecieron de asombro cuando Mujzen sacó la daga. Estaba solo y tembloroso en el centro de un círculo de rostros.

Uno de los bromistas alzó ambos brazos en actitud conciliadora y dio un par de pasos tambaleantes hacia él.

– No pasa nada -tartamudeó-. Ya nos…

Un movimiento amenazador de Mujzen con la hoja lo hizo callar. Las manos de sus amigos tiraron de él hacia la seguridad del círculo de los observadores. Mujzen se volvió despacio sobre sí mismo, buscando un contrincante. Allá donde mirara, los demás agachaban la cabeza.