– No -repitió, en voz más baja y lastimera.
Nadie dijo nada. Cuando llegó el jinete, sus jadeos se pudieron oír en el silencio. No se tomó la molestia de descabalgar.
– ¡A la presa! -exclamó-. ¿Es que no habéis oído los cuernos?
– ¡Aquí se celebra una fiesta, hombre!
El recién llegado desestimó la objeción con un gesto de la mano. Tampoco hizo caso del vaso que intentaron pasarle.
– Se ha abierto una grieta -anunció, e inspiró hondo-. Todos los hombres tienen que acudir enseguida. -Y azuzó a su montura para seguir camino.
Los que quedaron atrás oyeron cómo llamaba a la siguiente puerta, escucharon de nuevo su anuncio, aunque más débil, a lo lejos, subrayado por los gritos de espanto de quienes lo recibían. Entonces también oyeron los cuernos. Resonaban en todas las calles. Les dio la sensación de que las puertas de toda la ciudad retumbaban a causa de los golpes de los jinetes mensajeros. La alegría se acabó al instante. De repente todos recuperaron la sobriedad.
Una grieta en la presa; eso no sólo implicaba una inundación, el regreso del poder de Afrit y la destrucción de sus cosechas, también suponía sequía. El agua que los inundaría sería irrecuperable y se perdería. Los oasis de Marib eran un producto del continuo regadío con el agua del pantano. Si ésta faltaba, sólo serían fértiles unas estrechas franjas a uno y otro lado del uadi, que no bastaban ni para alimentar a una pequeña parte de los habitantes de la ciudad y que, además, enseguida volverían a agostarse y los dejarían a merced de la sequía. Todos ellos vivían gracias a la presa. Su destrucción significaba su final. Y amenazaba con partirse.
Nadie entendía cómo era posible. Sin embargo, todos ellos se pusieron en marcha. Al cabo de pocos minutos, Mujzen se había quedado solo en el patio. Aún mantuvo la daga asida un rato más. A pesar del alboroto de las calles, percibió unos tenues sonidos que procedían del interior de la casa. Pensó en entrar. Imaginó el rostro espantado de Shams ante sí, el niño en su cuna, y no estuvo muy seguro de qué haría allí. Entonces, como en un sueño, guardó el arma en el cinto, se fue al granero y sacó su pala. Cuando salió por la puerta del patio, el aluvión de voluntarios se lo llevó consigo.
– Las ratas -jadeó Simún.
Había rechazado la litera y se había montado a un camello en cuanto Marub le había dado la noticia. A lomos del animal lo escuchó informar de que los trabajadores que habían empezado los preparativos para elevar el dique de la presa y el nivel de los canales principales habían dado con las picas en el vacío. Que la tierra, supuestamente firme, se había desmoronado bajo las paladas y había mostrado sus entrañas horadadas, y que la presa, en lugar de crecer, había acabado con una brecha abierta.
Simún supo entonces qué le habían recordado las ratas de su sueño. Había visto una allí el primer día que visitara la presa de Marib, con su padre junto a ella, mientras trazaban planes para sus vidas futuras. Ya no recordaba si aquella rata había sido roja, pero sí había sido grande, y había corrido por allí como si la presa le perteneciera.
– Seguramente la tierra está llena de esas alimañas -presumió Simún. Le costaba hablar a lomos del camello-. Está llena de agujeros, y nosotros nos hemos dejado engañar por el revestimiento de piedra que la cubre.
– Hace tiempo que queríais empezar los trabajos de reparación -replicó Marub. No era un reproche.
– Lo he debatido durante demasiado tiempo, debería haberme encargado de ello antes.
Ya era demasiado tarde. Vio a los trabajadores desde lejos, exiguas colonias de hormigas negras en el talud de la presa. Entonces vio también la brecha.
Marub se quedó casi sin respiración al inspeccionar el lugar.
– La crecida se lo llevará todo por delante si no cerramos esta grieta.
– Si en todas partes está así, de todas formas la arrastrará. -Simún dio una patada a una baldosa suelta, que se desprendió y dejó ver grandes pasadizos que se internaban en la tierra-. Está toda horadada.
Dio otro furioso puntapié contra la boca de un pequeño túnel, y su pie se hundió hasta el tobillo sin encontrar resistencia. Ordenó a los trabajadores que se dieran prisa. Dispuestos en largas hileras, se pasaban unos a otros sacos llenos de piedras y tierra para irlos apilando en la brecha.
– Van demasiado despacio -afirmó Simún, y dejó vagar la mirada hasta la boca del uadi, donde ya se veían caravanas de personas que acudían para ayudar en la reparación-. Envíales jinetes -ordenó-. Deben apresurarse.
Después dispuso varias cuadrillas para que fueran dividiendo a los ayudantes según llegaban, los condujeran hacia las franjas arenosas de las orillas del uadi y organizaran las cadenas humanas que se pasaban los sacos. Ella marchaba intranquila a lo largo de la presa, daba órdenes, gritaba instrucciones dique abajo, le arrebataba a algún que otro hombre la herramienta de las manos para mostrarle lo que tenía que hacer y en ningún momento dejaba de vigilar con la mirada la parte superior del valle. ¿Cuándo llegaría el agua? Luz, necesitaban más luz. Ya iba a abrir la boca para dar la orden correspondiente cuando empezó a caer una ligera llovizna que hizo inútil el uso de antorchas.
– ¿Qué significa todo esto? -Una voz oscura, profunda, de quien está acostumbrado a ser obedecido.
Simún se sobresaltó en un primer momento al oírlo, pero alzó la mirada y vio que el rostro del hombre estaba cargado de inquietud. No encontró en él la ágil seguridad que solía irradiar en otras circunstancias, ni la superioridad, ni el odio. Superó su sobresalto y saludó al sumo sacerdote sin demasiada ceremonia antes de explicarle la situación con unas frases raudas. El no replicó nada.
– Athtar esté con nosotros -dijo Simún para terminar su in forme. En esas palabras había súplica, aunque apenas si se atrevía a esperar nada bueno.
Bayyin seguía sin decir nada. Su mirada recorría la presa, que se sumía en la oscuridad. Simún temió que fuera a alzar los brazos para denunciar el sacrilegio que había provocado esa catástrofe. La boda celestial no había sido consumada, Afrit no había sido vencido y alzaba la cabeza para castigar a Marib por ello. Ya oía sus palabras, todas ellas resonando en la distancia como tañidas en un gong de bronce: «Tú eres la culpable, tú eres la culpable.» No debería haber osado enfrentarse a él.
Bayyin se aclaró la voz.
– Deberíamos abrir las esclusas del rebosadero -dijo con voz ronca-. Eso ayudará a reducir la primera colisión. ¿Ya se han limpiado y desbrozado los canales?
El corazón de Simún se aceleró de alivio. Quiso estrecharle la mano, pero el sacerdote se apartó de ella y se volvió bruscamente.
– Me encontrarás con mis hombres en la esclusa norte -exclamó por encima del hombro.
– ¡Te lo agradezco, Bayyin! -Simún casi tuvo que vociferar.
El viento que arreciaba se llevó las palabras de su boca. Una ráfaga de lluvia la dejó sin visión unos instantes, pero después vio que el sacerdote se había detenido y se volvía una vez más hacia ella:
– Ésta es también mi ciudad. No permitiré que se hunda.
Simún no supo si lo había entendido bien. La tormenta bramaba. Los sacos de arena seguían pasando mojados de hombro en hombro, cada vez más pesados. Vio que los porteadores se tambaleaban. «Esto va despacio, va demasiado despacio», pensó con desesperanza, y corrió de nuevo a la brecha, que todavía no estaba sellada.
– Donde cavamos, la tierra cede -se lamentó el jefe de la cuadrilla.
Sin mediar palabra, Simún le arrebató la pala y la clavó en el suelo, pero el hombre había dicho la verdad. Allí donde la hundía encontraba pasadizos, la tierra cedía, se desmoronaba, no ofrecía resistencia.
– Tiene… que… haber… tierra… firme… en… algún… sitio -fue voceando Simún con obstinación a cada golpe de pala.