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De súbito, sus pies perdieron el apoyo del suelo. Antes aún de poder proferir un grito, se hundió y se deslizó hacia las profundidades. La tierra se desprendía, se le metía en la boca y en la garganta, provocándole tos y arcadas. Ella intentaba hacerla a un lado, pero no encontraba ningún punto al que asirse en aquella masa móvil. Era como una ciénaga.

Algo la agarró entonces de la mano. Simún alzó la mirada y vio a Yada. Se había tumbado boca abajo para inclinarse sobre el hoyo y apartaba con ambas manos la tierra que le cubría la cara. De nuevo le asió la muñeca y tiró de ella. Pero de nada servía, el agujero no soltaba a Simún. La tierra no tardó en transformarse en lodo a causa de la lluvia, cada vez más abundante.

– Espera. -Yada se puso de pie y les gritó algo a los trabajadores.

Enseguida volvió junto a ella. Nada más que con sus manos la iba desenterrando de allí. Simún resoplaba, tosía e intentaba ayudarlo. Sin embargo, al verse casi liberada e ir a trepar agarrándose de su mano, no lo consiguió.

– Se me ha quedado un pie atrapado -susurró.

– El agua ya está aquí-fue el grito que llegó en respuesta desde arriba.

Sin decir nada, Yada se lanzó hacia sus piernas y arañó la tierra con las uñas. De pronto descubrió la piedra que mantenía el pie de Simún atascado en uno de los orificios abiertos por las ratas con tan mala suerte que no podía sacarlo. La estrechez del hoyo no le permitía volverse y liberarse.

– Una vara -bramó Yada a los de arriba.

Tardó un rato en conseguir que los hombres espantados le entendieran. Por fin alguien les lanzó una azada. Yada soltó un reniego, le dio la vuelta e hincó el mango de madera bajo la roca para hacer palanca con todas sus fuerzas. La piedra se movió en su lecho de tierra, pero también la madera crujió. Al fin fue cediendo la roca, poco a poco. Simún tiró de su pie sin preocuparse de los rasguños.

Yada y ella se alzaron hacia las manos que les tendían los hombres y salieron del hoyo, que ya se llenaba de agua borboteante.

– Echad piedras ahí dentro -gritó Simún, e intentó levantar ella misma una de las losas caídas que había por allí.

Pesaba demasiado, pero alguien se la quitó de las manos.

– Ahí abajo hay tierra firme -explicó la reina-. Pero necesitamos más piedras. Deprisa.

Yada y ella trabajaron codo con codo con los hombres. La oscuridad era casi total. El agua les salpicaba cada vez que tiraban una de las losas al hoyo, que se cerraba despacio, demasiado despacio. El barro les embadurnaba la cara, la ropa, cubría sus cuerpos y la lluvia no se lo llevaba consigo. A Simún le dolían los brazos, tenía la voz ronca. A su alrededor, la corona de la presa crecía gracias al trabajo de voluntarios a quienes no veía. Sin embargo, la brecha seguía sin cerrarse. Una voz gritó en la oscuridad que uno de los sacerdotes había sido arrastrado al canal por la masa de agua.

– ¿Es Bayyin? -preguntó Simún a gritos, pero no obtuvo res puesta.

Cuando se les acabaron las piedras, envió a hombres con azadas al pequeño templo que había junto al dique sur para que lo destruyeran. Regresaron en cuanto pudieron, cubiertos de blanco polvo de cal, trayendo consigo trozos de piedra, frisos, losas con inscripciones y tablillas votivas para lanzarlas a ese hoyo que nunca se saciaba. Yada y Simún, arrastrándose por el suelo, juntos sobre la grava, empujaban todo cuanto encontraban y lo echaban al agujero. La muchacha tardó en darse cuenta de que Yada le había puesto una mano en el hombro.

– Ya está -oyó que decía al fin su voz-. Ya está. Lo hemos conseguido.

Sin poder creerlo, Simún se detuvo y miró en derredor. Todo lo que veía eran hombres con el rostro transido del esfuerzo. Sin embargo, el miedo había desaparecido. Habían rellenado la brecha con una burda argamasa de tierra y piedras, pero se mantenía firme. En aquella negrura, en lugar de verlo, Simún sintió y oyó que el agua se estrellaba impotente contra las anchas espaldas de la presa. El suelo no temblaba bajo sus pies, no se desmoronaba, no se transformaba en una ola de lodo que se tragaba toda la vida de alrededor. Se mantenía donde estaba, fuerte, firme y real. Simún se tumbó de espaldas, sintió la tierra firme con todo su cuerpo, extendió los brazos y se echó a reír. La lluvia le caía sobre el rostro y en la boca abierta. No le importaba en absoluto.

Al cabo de un rato vio la mano extendida de Yada, la aceptó y dejó que la ayudara a ponerse en pie. Se apartó de la cara el pelo embadurnado de barro, tosió y anunció con resolución:

– Nos uniremos a las cadenas humanas.

La lluvia dejó de caer, el oscuro manto de nubes empezó a abrirse y dejó relucir unos breves instantes la luz de una luna llena, casi dolorosamente clara. Su resplandor iluminó los contornos de los hombres de Marib, cuyos rítmicos gritos delataban que seguían trabajando. Simún repartió órdenes. Sin embargo, al dar el primer paso para ocupar su lugar en la fila se tambaleó. Entonces se dio cuenta de lo mucho que le dolía la espalda. Le temblaban las piernas y sentía que le faltaba toda la fuerza de los brazos. Apenas consiguió rodear con ellos el cuello de Yada cuando éste la levantó para llevársela de la presa, tropezando y resbalando.

– No pueden desistir -murmuró Simún.

Yada la estrechó contra sí.

– No lo harán -dijo.

Por encima de su hombro, Simún vio desaparecer la presa y a los hombres. Oyó el frío rugido del agua en el canal norte y pensó en Bayyin. La luz de la luna hacía resplandecer las hojas de las palmeras como si fueran cuchillas. Entonces cerró los ojos.

Cuando los abrió de nuevo, Yada abría de un puntapié la puerta de una cabaña. Simún sintió que la dejaba sobre algo blando. Lo oyó revolver por ahí, después vio que se encendía una luz y un cálido resplandor iluminó un techo de vigas de madera y hojas de palma. Los muros, hechos de adobe, estaban enjalbegados de un blanco luminoso que lucía amarillo a la luz de la lámpara. Simún vio la gran sombra de Yada, que se deslizaba aquí y allá por las paredes. Agotada y complacida, se tumbó sobre la manta. En aquel momento le era indiferente dónde se encontraba. Estaba cerca de Yada, y eso era bueno.

– ¿Cómo has aparecido así, de repente? -preguntó.

– He acudido al dique al oír los cuernos, como todos.

Yada se sentó a su lado y le ofreció un vaso de vino. Ella lo aceptó, se echó un largo trago y paladeó la miel, la mirra y la fuerte pimienta sobre la lengua. Sintió que entraba en calor.

– Y cuando te he visto allí, en el lugar más peligroso, he decidido no quitarte ojo de encima.

Simún sintió su mano, que le acarició el pelo revuelto y luego le tocó la mejilla.

– Hace tiempo que me observas, ¿verdad? -preguntó.

La mano de su mejilla vaciló tras esas palabras. Simún la estrechó enseguida con la suya y la sostuvo contra su rostro. Sorprendida ella misma por su gesto, alzó la cabeza y lo miró fijamente a los ojos. Nunca había estado tan cerca de él.

– No quiero ver nada más en toda mi vida -dijo Yada.

Entonces se inclinó y la besó.

Simún le rodeó el cuello con los brazos y tiró de él hacia sí para tumbarlo en el lecho. Recorrió su cuerpo con manos raudas, aunque temblando aún de miedo y agotamiento, lo desvistió y se abalanzó sobre él como si aquélla fuera otra lucha por la supervivencia en la que no podía detenerse un instante si quería salir victoriosa. En realidad no intentaba asaltarlo tanto a él como a sí misma. Acababa de batallar con todas sus fuerzas porque una presa se mantuviera firme y de pronto deseaba que esa otra se rompiera. Toda su felicidad residía en esa riada, y Simún se lanzó de cabeza.

El momento era propicio: envuelta en la niebla del agotamiento y alentada por el vino, consiguió superar todos sus miedos y sus limitaciones. Sus labios apresaron la boca de Yada, sus manos recorrieron toda su piel. Se apretó contra él y casi le rogó que alimentara ese delirio para que avanzara, creciera y le hiciera olvidar todo reparo.