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Yada contempló con desconcierto a la joven que ardía en sus brazos. Había presentido ese temperamento tras su compostura, pero Simún jamás le había mostrado más que los arrebatos de cólera con los que una y otra vez lo había atacado. A medias, casi esperaba todavía que de pronto le pusiera una cuchilla en la garganta, pero le asombró comprobar que eso sólo aumentaba su deseo. La entrega de la muchacha lo halagaba, aun cuando sintiera el aliento de agresividad que se escondía en ella. Sospechaba que no era más que otra de sus batallas, todavía no un final. En vano se esforzó por contenerla, por hacerla parar. Igual que su ira, quería domar también su pasión, desconcertarla y conducirla, pero Simún no quería detenerse y lo arrastró consigo.

Se negó a abrir los ojos siquiera y mirarlo. Sólo sus párpados pudo besar Yada, y redibujar con sus labios los delicados arcos de sus cejas. Los dedos ávidos de Simún se enredaban en su pelo, del que aún goteaba agua. Su lengua saboreó el sudor del cuello de Yada. Ninguno de los dos había tenido tiempo de lavarse; estaban sudados y cubiertos de barro. Ninguno de los dos desperdició un momento pensando en ello. Los mechones mojados de Simún, delgadas serpientes de un negro resplandeciente, se retorcían en torno a los amantes que rodaban en el lecho, encadenándolos. El mundo desapareció tras ese telón de pelo. Cuando Yada le arremangó el vestido y descubrió sus muslos, ella se arqueó contra él y frustró cualquier esbozo de cautela hasta que también él la dejó de lado.

Yada vio las lágrimas que descendían dejando un rastro por sus mejillas sucias y las lamió con su lengua caliente. Simún apartó la cabeza, hundió primero el rostro y luego los dientes en la curva de su cuello. Sus brazos y sus piernas lo asieron con tal fuerza que los movimientos de ambos se hicieron uno solo. Cuando todo hubo terminado, rodaron completamente exhaustos a un lado y se quedaron dormidos así, entrelazados.

CAPÍTULO 35

La Esfinge

Simún despertó a la mañana siguiente con una delicada caricia y una sensación de calidez sobre la piel.

Yada había despertado mucho antes que ella. Se había lavado en una acequia de piedra que había frente a la cabaña, se había cambia do de ropa y después se había acercado al lecho en el que Simún seguía profundamente dormida, medio desnuda, con el pelo revuelto y todo el cuerpo sucio.

Yada calentó agua, aplastó con los dedos un par de flores de azahar recién cogidas y buscó un paño suave y limpio. Con movimientos graves y cuidadosos intentó limpiarle la cara, que estaba casi oculta bajo su pelo, pero se rindió al ver que ella, dormida, esbozaba gestos de rechazo, refunfuñaba y le daba la espalda para no despertar.

Con el paño húmedo limpió suavemente la suciedad de sus hombros, en cuyo barro seco se veían aún las huellas de los dedos de él como si fueran sellos. Húmeda, reluciente, morena y virginal apareció su piel. Yada fue recorriendo sus brazos, contempló el brillo de las gotas en el fino vello y la piel de gallina que hacía brotar.

– Mmm…

Simún se movió dormida, murmurando algo incomprensible, se volvió hacia un lado y le escatimó la visión de sus pequeños pechos redondeados. Yada resistió la tentación de volverla de nuevo para admirar cómo se perlaba el agua sobre sus pezones, que se habían contraído. En lugar de eso, la tapó y se dedicó a sus piernas, que eran largas, esbeltas y a la vez fuertes, como las de una amazona. Se sentó junto a ella en la cama y se colocó en el regazo uno de sus pies, que estaba cubierto por una capa de suciedad, para comenzar a lavarle el muslo. Se puso a tararear una canción y empezó a cantar después la letra.

– Muchacha morena -entonó-, reluciente como el bronce, parda como el pelo de mis cabras. Muchacha morena, cimbreante como el trigo, esbelta como el tronco de la palmera. Mécete para mí, niña morena, olorosa como la miel, dulce como el dátil.

Era una canción sencilla e inocente, al ritmo de la cual cosechaban las muchachas los campos de cereales. Simún la conocía bien. La familiar melodía entró por sus oídos y la hizo emerger del sueño a la luz.

Yada deslizaba el paño húmedo y cálido por sus pantorrillas, que eran verdaderamente tan lisas y relucientes como el bronce martilleado. Ensimismado, repitió la primera parte de la canción y se inclinó para besar la piel clara del hueco de sus rodillas. Después cerró la mano izquierda sobre su pie y lo alzó.

En ese momento despertó Simún. Vio que Yada mojaba el paño y lo sacaba del agua. Vio el tejido empapado y cómo se humedecían y caían las costras lodosas de su pie. Vio a Yada inclinarse para escurrir el paño, canturreando con alegría, y descubrir lentamente su deformidad.

«No se espanta», pensó sin moverse. Lo contempló a través del telón de su melena, que formaba un velo contra la clara luz del alba. Fuera oía a los pájaros cantar.

– Bu, bu, bu -llamó la abubilla.

Yada no se extrañó siquiera. Con los ojos entornados, Simún observó todos los detalles del rostro del joven, que pasaba el paño por entre sus dedos, retirando los últimos restos de tierra de las delicadas ranuras de piel que más los unían que separarlos unos de otros. En sus rasgos no vio más que la paz de la mañana y su concentración en el trabajo.

«Lo sabe.» Aquella revelación recorrió a Simún con tal fuerza que la hizo estremecerse. «Ya lo sabía antes de verlo.» ¿Quién? ¿Quién se lo había dicho?

Al darse cuenta de que estaba despierta, Yada alzó la mirada y le ofreció una sonrisa resplandeciente.

– Buenos días -dijo con calidez-. Que Yasmin haga florecer tu mañana. -E hizo un amago de acercarse el pie a los labios para besarlo.

Simún se enderezó de repente, como si hubiera tocado un sapo. Con un solo gesto tiró del pie hacia sí. Al ver la expresión de sorpresa de Yada, que intentaba inclinarse hacia ella, dobló ambas piernas y arremetió con toda la fuerza que fue capaz de aunar. Golpeó a su amante en el pecho y lo lanzó hacia atrás. Yada se dio un fuerte golpe en la cabeza con la pared. El barreño de agua cayó y vertió su contenido por el suelo hollado de la cabaña.

Antes de que el joven pudiera reaccionar, Simún se puso en pie de un salto. Buscó su ropa, pero la encontró sucia y ajada y la dejo caer apenas le hubo echado mano. Enseguida se envolvió con la manta en la que había dormido, recogió también su ropa, las sandalias y salió corriendo. Se detuvo, desconcertada, pues estaba en un jardín de palmeras. El trabajo de las manos de Yada se veía por doquier: ramas cargadas de flores que trepaban por la pared exterior de la cabaña, arriates repletos de exuberantes matas. Por entre los troncos de las datileras vio los muros de piedra del canal principal, que le dijeron que debía de encontrarse cerca de la presa, en el extremo noroccidental del oasis septentrional. El camino a casa sería largo.

Simún siguió mirando en derredor. También allí había creado Yada un bello rincón. No sabía que el jardinero poseyera su propia cabaña. Bueno, tampoco se lo había preguntado nunca. Jamás le había hecho ninguna pregunta sobre él. Un día apareció en palacio, siempre estaba cuando ella lo buscaba, nunca le había exigido saber quién era, de dónde procedía ni qué quería verdaderamente de ella. En ese momento, sin embargo, se dio cuenta de cuánto ignoraba.

Oyó la puerta de la cabaña y se volvió. Yada salió sujetándose la cabeza con las manos y se le acercó, tambaleándose un poco. Parecía más desconcertado que furioso. Simún dio un par de pasos hacia atrás y puso los brazos en jarras.

– ¿Cómo sabías tú que yo…? -empezó a preguntar.

Sin embargo, la frase no terminó de salir de sus labios. Ni siquiera se atrevía a pronunciarlo delante de él, que ya lo había visto. La sola idea le resultaba un suplicio. No obstante, sucedió algo muy diferente. Puede que a causa del golpe de la puerta de la cabaña, de repente creyó oír otro golpeteo: vio ante sí la puerta de los aposentos de su madre, cerrados siempre a cal y canto. El día que apareciera la serpiente, sin embargo, había oído un sonido que procedía de ellos. Puede que no fuera más que alguien escuchando, puede que incluso su propia madre. Pero también podían haber hecho desde allí una señal. Yada podía haber desaparecido tras esa puerta. Cientos de suposiciones se agolparon en su mente y pasaron unas tras otras a un ritmo vertiginoso. Apenas si fue un instante, pero antes de que Simún pudiera inspirar hondo para terminar de decir su frase, en su interior había hecho nido la sospecha, no, la certeza de que la serpiente había salido de las estancias de su madre, y eso suscitaba una segunda pregunta; de nuevo vio claramente ante sí el cubo junto al borde del estanque.