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– ¿Intentaste tú asesinarme? -le gritó a Yada.

Con desconfianza vio cómo él, aparentemente desconcertado, se detenía. Cuando volvió a moverse, ella dio otro paso hacia atrás.

– Simún. -Se frotó la frente como si, recién despertado, se enfrentara a una idea salida de la nada-. Eso es absurdo. -Levantó las manos con impotencia-. ¿Qué quiere decir todo esto? Vuelve aquí.

Pero ella retrocedió un paso más. Yada se rascó la cabeza.

– Ni siquiera sé de qué estás hablando -dijo, algo molesto.

Eso era mentira y ella lo sabía.

– Hablo de serpientes, Yada. ¿No te acuerdas? Serpientes.

El joven negó con la cabeza. De pronto parecía enfadado. Alzó un poco la voz:

– No, no creo que hablemos de serpientes, Simún. Creo que hablamos de pi…

No terminó de decir la palabra, porque ella cogió las sandalias y se las tiró con todas sus fuerzas. Se estrellaron contra su hombro sin hacerle daño pero con gran estrépito.

– ¡Miserable! -chilló-. Querías matarme. Primero me adormeces con tus bonitas palabras y luego… -Rompió a llorar.

Yada levantó ambas manos y se le acercó un solo paso, despacio.

– Eso es una locura, Simún, y lo sabes. -Se detuvo como preparándose para la siguiente frase-. Yo te quiero.

«Está mintiendo», susurró el pánico en su interior. «Miente, miente, miente, miente.» Simún miró a derecha e izquierda como un animal en busca de una escapatoria. El se le acercaba y ella no podía escabullirse, echar a correr.

– Sólo tenemos una cosa de que hablar, Simún, de ti y de mí. De nosotros. -La voz de Yada se serenó y se volvió suplicante-. Lo que sucedió anoche…

– ¡Cállate!

– No pienso hacerlo.

– No des ni un paso más. -Simún jadeaba de miedo-. No sucedió nada, ¿me oyes?, nada.

– ¡Simún!

Yada quiso tocarla, pero ella lo rehuyó con un grito, se hizo a un lado y echó a correr por el jardín.

Enseguida supo que no la seguía, pero no aminoró el paso. Solo se detuvo un instante, cuando cayó en la cuenta de que sus sandalias habían quedado en el jardín. Dudó, pero se miró los pies y comprendió que difícilmente nadie se daría cuenta. La crecida de la noche junto con la medida sugerida por Bayyin de abrir el sistema de irrigación había anegado gran parte de los huertos. Simún volvería estar cubierta de barro y tierra hasta las pantorrillas. Miró en derredor.

El sol todavía no estaba muy alto sobre el horizonte, y los huertos parecían desiertos en las primeras luces de la mañana. En el trayecto de vuelta no se encontraría con muchos testigos. Recogió con decisión la caída de su vestimenta.

Saltó canales, trepó tapias, atravesó vallas de cañas y tropezó por los bancales sin que nada le importara. Sólo quería regresar a casa, al Salhin, a su habitación, para dejar bien cerrada la puerta del jardín. Mandaría que la bloquearan, que la clausuraran, que la tapiaran, que cerraran hasta la menor ranura. Nunca habría suficientes bloques de piedra entre el jardín y ella. Ay, esas malditas flores; plantas repugnantes como las que se arrastraban hacia ella por todas partes, ¡querían apresarla! ¡Como si existiera la menor posibilidad de que él no le hubiera mentido! Era una posibilidad pequeña, minúscula, que se enfrentaba a unas alternativas inconmensurables. No se dejaría atormentar por esa idea.

Trotó por otro bancal sin la menor consideración y fue acercándose a la ciudad, cuya geométrica silueta empezaba a dejarse ver por fin entre los troncos. La solitaria mujer que estaba sentada al pie de una palmera no se fijó en ella.

– ¿Shams? -llamó Mujzen con vacilación al regresar de la presa.

Estaba cansado, estaba muerto de agotamiento y no sabía qué decirle. Sólo con pensar en la conversación que tenía por delante se sentía desfallecer hasta en lo más profundo, como si se le aturdiera el alma.

Las habitaciones estaban a oscuras, sólo las primeras luces del alba hacían que los objetos se distinguieran ligeramente de la negrura. Abrió del todo los postigos y miró en derredor. Agazapada en un rincón vio entonces a la partera con el niño en brazos, que, al acercarse, empezó a gritar lastimeramente.

Mujzen no sabía qué hacía la mujer allí todavía. A modo de saludo, estiró una mano y tocó con el dedo la carita de su hijo. El pequeño enseguida dejó de gritar, volvió la cabeza buscando, encontró la yema de su dedo y empezó a chupar con fuerza. Mujzen se lo quedó mirando un rato, sin afecto pero también sin repulsión. Bajo su cansancio brotó un débil interés. Había perdido las ganas de matar. Había tenido toda la noche para desfogar su cólera con el duro trabajo.

En algún momento había creído que se vendría abajo y quedaría allí tirado, inconsciente. Después, cuando todo acabó, habían ido al canal norte a enterrar el cadáver de un joven. Era uno de los ayudantes sacerdotales, un africano cuya oscura piel se había vuelto por un momento extrañamente gris a causa de las perlas de aire que se le habían pegado bajo el agua. Grandes y redondos, sus ojos miraban al pálido cielo mientras ellos intentaban volverlo con unas varas. Por fin alargaron las manos hacia él para sacarlo a tierra. De su vestimenta salió tantísima agua que daba la sensación de que el elemento hubiese intentado tragárselo y no lo entregara sino con gran renuencia. Mujzen sacudió la cabeza. Ya había visto suficiente muerte por un día.

La partera, que estudió su expresión con nerviosismo, suspiró tranquila.

– Tiene hambre -dijo con timidez, y aventuró una sonrisa en dirección a la carita del niño, que seguía chupando con fuerza del dedo de su padre.

Mujzen arrugó la frente.

– ¿Dónde está? -preguntó.

La partera sabía que la pregunta se refería a la madre que habría de saciar su hambre, pero sólo pudo encogerse de hombros con impotencia. Shams había desaparecido unos instantes después de que le explicaran la desagradable escena que había tenido lugar en el patio.

– Ha salido hace ya horas.

– ¿En plena noche?

El agotamiento que Mujzen había sentido hasta ese mismo instante lo abandonó de repente. Miró en derredor con alarma, como si aún pudiera encontrar a su mujer en algún lugar de la estancia.

Sus ojos repasaron sus humildes posesiones; no parecía faltar nada. Entonces vio la cadena con el colgante redondo de plata y corales que le había regalado cuando le anunciara su embarazo. Le había dicho que lo llevara siempre consigo. Pero allí estaba, en la baja mesita redonda de madera, con la cadena cuidadosamente en rollada. Los pedazos de coral rojo brillaban en la luz de los prime ros rayos del sol. Sin decir palabra, Mujzen dio media vuelta y se apresuró a salir.

– Pero el niño… -exclamó la partera tras él-. ¿Qué hago con el niño?

Mujzen no la oyó. Echó a correr tan deprisa que sintió el corazón martilleándole el pecho. Cruzó la puerta abierta de la ciudad sin dignarse mirar siquiera a la mujer que, enrollada en una manta, discutía al otro lado con un guardia. Aceleró por las callejas de los arrabales, salió a la llanura, a la grava que a aquellas horas todavía no brillaba como metal líquido bajo los árboles.