Normalmente solía detenerse allí, tras los primeros pasos, para recobrar el aliento. Ese día no. Sin dejarse descansar un instante siguió corriendo. Sabía dónde encontraría a su mujer. Era el único lugar posible.
– Shams -repitió en voz baja cuando al fin la vio.
Estaba sentada en su huerto, apoyada al pie de una palmera. Estaba muy quieta, indiferente, y miraba algo que sostenía en la palma abierta de la mano. Más aún que su artificial inmovilidad, lo que espantó a Mujzen fue la mancha oscura que se extendía entre sus pies separados. Toda una serpiente de un rojo brillante que se alargaba lamiendo el polvo del suelo, una serpiente que no relucía menos que los corales abandonados sobre la mesa.
De nuevo gritó su nombre, llegó junto a ella, que seguía sin reaccionar, y la alzó contra sí. Parecía una muñeca de trapo. Al punto reconoció lo que sostenía en la palma de su mano: los pendientes que supuestamente había entregado en pago por el huerto. También vio el hoyo que había hecho al desenterrarlos, pero no se preocupó por eso, pues de entre los muslos de Shams seguía manando sangre. Sintió en la mano su pegajosa humedad al alzarla en brazos; tenía la falda empapada.
– Quería tragármelos. -La voz de su mujer no era más que un débil murmullo-. Para mor…
– No vas a morir -la interrumpió Mujzen con aspereza, y se puso en marcha-. ¿Me oyes? Encontraré un médico.
En su voz se oía ira y miedo a partes iguales. Le habría gustado zarandearla. En lugar de eso, no obstante, la estrechó con todas sus fuerzas y echó a correr. También esta vez sabía muy bien adónde ir.
– Seguramente se vio atraída por la calidez del sueño de mi hermana pequeña. -La voz de Incienso sonaba serena al explicar, y un poco apagada.
Marub le alcanzó su vaso para que volviera a llenárselo. Su expresión era de desconfianza, no sabía por qué la criada de Simún había ido a verlo esa mañana y le había obligado a hacer un descanso para vendarle las ampollas de la mano. Por qué le había llevado un ungüento y por qué había limpiado los vasos de vino. El gigante sólo podía intentar adivinar con qué propósito le explicaba esa historia. No es que le resultara sospechosa, la muchacha lo hacía todo con calma y distancia, sin sonreír ni hacer gestos indiscretos.
No lo entendía y, por eso, aunque no deseaba más que seguir mirándola, seguía poniendo un semblante huraño. Llevaba el pelo rizado envuelto en pañuelos de colores que, no obstante, dejaban despejada su alta frente, en la que la luz se posaba con luminosidad. Sus ojos eran de un color indeterminable. Marub se rozó el ojo con el dedo, sin querer, en el mismo lugar en que lo hiciera ella durante su primer encuentro. Se dio cuenta y carraspeó.
– Toma.
– Gracias. -Sostuvo con cuidado el vaso de alabastro. Sus manos no se tocaron.
– Mi padre se despertó en algún momento y la vio, vio cómo se había enrollado sobre la manta. Sabía que era venenosa y que, si mi hermana se movía un poco mientras dormía, enseguida la mordería y caería muerta. -Interrumpió su relato y miró al suelo-. Así que se levantó con mucho cuidado y se acercó con sigilo. Quería agarrar a la serpiente desde atrás y lanzarla lejos. Sabía que tenía que ser muy rápido. A los niños nos hizo un gesto para indicarnos que nos resguardáramos en la esquina contraria. Todavía veo su rostro, el sudor de su frente y el miedo en sus ojos mientras alzaba la mano, despacio, muy despacio. -Sin darse cuenta imitó ese gesto, después se quedó callada.
La pausa se hizo tan interminable como aquel instante pasado,
– ¿Y entonces? -gruñó Marub, aunque se había propuesto no hablar.
Incienso alzó la mirada, cogió la jarra de cobre y la limpió.
– No fue lo bastante rápido -dijo como de pasada, como si la historia ya hubiera llegado al final y el resto sólo hubiera que contarlo deprisa.
Volvió a guardar silencio y lo miró.
– Tú fuiste rápido -dijo después.
Ninguno de los dos se movió. Marub estaba atónito. Se esforzaba por comprender el significado oculto de lo que acababa do oír, pero se le escapaba, raudo como un lagarto, y lo rehuía cuando creía haberlo atrapado ya. Confundido, se dio unos golpecitos en el ojo muerto; si no llevaba cuidado, acabaría convirtiéndose en una mala costumbre.
Antes de que Marub pudiera decir nada, se oyeron unos pasos en el corredor. La voz de Simún, que decía algo. Luego un presuroso murmullo. El gigante, abochornado, se puso en pie y le tendió a Incienso el vaso de vino medio vacío, que la muchacha aceptó sin decir nada. Parte de la bebida le salpicó en el vestido. Los dos estaban en rincones diferentes de la habitación cuando entró Simún.
La reina pasó entre ambos y cerró las puertas del jardín de un estrepitoso portazo. Después apoyó la espalda contra ellas e inspiró hondo.
Marub la miró de arriba abajo: el vestido ausente, la manta extraña, la suciedad, los pies descalzos.
– ¿Dónde habéis estado? -farfulló-. ¿Cómo voy a protegeros si os escapáis? -«Mis hombres han peinado la ciudad buscándoos y todo el palacio está alborotado», habría querido añadir. Como también que una corazonada le había hecho contener sus peores miedos y proceder con toda la discreción posible.
Simún lo hizo callar con un gesto de la mano. Se quedó allí de pie, mordiéndose los labios. Había percibido la intimidad de la situación en la que había irrumpido de pronto, y eso la molestaba. Sintió celos y recordó con tormento la intimidad de la que ella misma acababa de salir huyendo. Todo ello pendía en el aire, inexpresado, ay, cómo odiaba lo inexpresado. Su mirada no se quedó quieta, buscó algo que desaprobar.
– ¿Qué es eso? -preguntó, y señaló una cajita de madera que nunca había visto sobre el arcón.
– Es un regalo del egipcio que llegó con la última caravana -explicó Incienso.
– El emisario del faraón -añadió Marub.
Simún los hizo callar con una mano. Lo recordaba bien. Había hecho esperar al hombre un par de días para considerar cómo presentarse ante él. Egipto era un importante socio comercial. Para sus asentamientos de la costa negra era incluso un vecino. Y en los últimos tiempos, o más bien desde que el comercio del incienso empezara a concentrarse en manos de Saba, en Egipto se había despertado el interés por ese país del otro lado del mar Rojo. Eso podía ser una bendición, o podía ser un peligro. Tenía que reflexionar sobre ello en calma.
– ¿Qué pretendía con eso? -preguntó con impaciencia, y se acercó.
Todavía no tenía fuerzas para ocuparse de Egipto, pero aún le apetecía menos explicar lo que acababa de ocurrirle. De manera que fue hasta la cajita, que tenía taraceas de marfil y los cantos de oro, y la abrió.
Marub carraspeó:
– El faraón Necao desea una unión matrimonial con Saba. -En silencio se felicitó por esa formulación impersonal con la que, de todas formas, no hacía más que repetir las palabras del emisario-. Y envía ese presente.
Entretanto, Simún sacó del cofre de madera otro más pequeño, dorado, que pesaba. Al abrirlo, se encontró con unos ojos perfilados de oro que la miraban.
– ¿Qué es esto? -exclamó, y su mano sacó una estatuilla con cabeza de mujer bajo la cual seguía un cuerpo de félido.
– Lo llaman, creo, esfinge -dijo Marub.
Simún repasó con el dedo las líneas de la pieza, que eran de una elegancia extraordinaria. El cuerpo felino era ágil y fuerte, estaba agachado como presto para saltar. El dorado hacía resaltar las garras y la borla de la cola. Los ojos del rostro de mujer eran incrustaciones de lapislázuli, las pupilas estaban representadas por una espiga de bronce, el globo ocular de alabastro desprendía un brillo lechoso. La imagen era casi inquietantemente viva, misteriosa, peligrosa. Toda la figura parecía respirar e impresionaba por su delicada belleza. Con todo, se trataba de una criatura deforme. Como ella. ¡Cómo había decidido el faraón obsequiarla con semejante retrato!