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Simún alzó la figurilla con ambas manos y, antes aún de que sus sirvientes pudieran reaccionar, ya la había estampado contra el suelo y hecho añicos. Los pedazos saltaron sobre las baldosas y se esparcieron por todos los rincones de la estancia.

– Esto es lo que pienso de la propuesta del faraón -gritó, y se lanzó al lecho.

Sin una sola palabra de protesta, Incienso se dispuso a recoger el estropicio.

Marub la miraba. No se atrevía a repetir su primera pregunta. ¿Dónde había estado? Toda la noche, desde su desaparición, él la había buscado con miedo. Al oír que se había marchado de la presa con un hombre, había temido que se tratara del asesino de Hadramaut, que éste hubiera logrado su objetivo y que estuviera muerta. Al mismo tiempo, sin embargo, una voz interior le había susurrado que ese hombre tenía un significado completamente diferente, y que haría mejor manteniéndose al margen. Si era sincero consigo mismo, incluso podía intuir de quién se trataba, y esa idea lo llenaba al mismo tiempo de alivio y de una ira silenciosa. Al ver entonces a su señora tan agitada e imprevisible, empezó a preguntarse si esa segunda posibilidad no entrañaba aún más motivos de preocupación que la primera.

Un criado entró entonces anunciando a un peticionario, y Marub quiso echarlo al pasillo para que no viera a Simún tan fuera de sí, pero ella alzó la cabeza, se arregló el pelo, desestimó todas las objeciones y explicó que quería ocuparse de su trabajo.

– No estoy enferma -bufó-. Y tampoco soy una mujercilla débil a la que deban decirle lo que ha de hacer o pensar.

Marub se inclinó y ordenó pasar al criado.

– Bueno, ¿qué sucede? -preguntó Simún con majestuosidad, aunque sus pensamientos seguían aún ocupados consigo misma.

El esclavo agachó la cabeza, avergonzado.

– Abajo aguarda un hombre extraño. Dice que la señora le debe un diente y una vida. Y que viene a reclamar la vida.

LIBRO TERCERO

El cantar de los cantares

Cuando la reina de Saba oyó de la fama que Salomón había alcanzado

vino aprobarlo con preguntas difíciles.

Llegó a Jerusalén con un séquito muy grande,

con camellos cargados de especias, oro en gran abundancia y

piedras preciosas.

Al presentarse ante Salomón, le expuso todo lo que en su corazón tenía.

Libro primero de los Reyes 10,1-2

¡Qué hermosa eres, amada mía, qué hermosa eres!

¡Tus ojos son como palomas en medio de tus guedejas!

Tus cabellos, como manada de cabras que bajan retozando las laderas de Galaad.

Tus dientes, como manada de ovejas que suben del baño recién trasquiladas. […]

Tus labios son como un hilo de grana; tu hablar, cadencioso; tus mejillas,

como gajos de granada detrás de tu velo. […]

Tus dos pechos, como gemelos de gacela que se apacientan entre lirios.

Mientras despunta el día y huyen las sombras, me iré al monte de la mirra, a la colina del incienso.

¡Qué hermosa eres, amada mía!

No hay defecto en ti.

Cantar de los Cantares 4,1-7

CAPÍTULO 36

Indivisible

La luz del sol se posaba plateada sobre las palmeras de Marib. Simún encontró a Bayyin en los huertos. Su piel de leopardo, cuyas motas competían con las manchas de sol del suelo, relucía dorada entre las palmas. Había entrelazado las manos y escuchaba en silencio, casi con indiferencia, las protestas de dos hombres que se habían presentado ante él con gran impetuosidad. Con amplios gestos exponían su caso.

– ¡Es un mentiroso, si eso es lo que afirma! -El acusador remetió los pulgares en la faja de su túnica y se ocupó de que su gran daga curva quedara bien a la vista-. El canal ni siquiera toca nuestra tierra. Es la presa la que se levanta sobre el suelo de los Dhu-Jawlan. -Parecía satisfecho con su argumentación.

Sin embargo, su adversario sacudía la cabeza.

– Que Almaqh haga que se me pudra la nariz y se me caiga si no digo la verdad. El canal corre paralelo a nuestros campos sin pisarlo ni una sola vez. Los Ilsarj no somos responsables de él.

– Pero limita con vuestra frontera en toda su longitud, y la mitad de su agua fluye hasta vuestras tierras pasando por nuestra presa -gruñó su contendiente de los Dhu-Jawlan.

El hombre de los Ilsarj alzó las manos.

– Como tú mismo dices, es vuestra presa. Y el canal va con ella. -Sonrió ante su demostración.

Su oponente se volvió hacia Bayyin.

– La presa sí, sumo sacerdote, y hemos levantado una estela en la que se puede leer a quién pertenece. Pero el canal no tiene nada que ver con nosotros.

Bayyin no se había movido todavía. Su mirada paseaba de un contendiente al otro, y también al objeto de la disputa, un canal secundario de piedra que proveía de agua a aquella parte del oasis, compartido por las tribus de los Ilsarj y los Dhu-Jawlan, pero del que nadie se sentía responsable.

– Bien -dijo al cabo, cuando los gallos de pelea hubieron intercambiado suficientes reniegos-. Ya veo que el canal no os pertenece a ninguno, que se encuentra en tierra de nadie y que a vosotros no os importa qué le suceda siempre que así siga siendo.

Ambos, sonrientes, asintieron con brío.

– Pero todos recibís agua de él, y cada parte la mitad, de hecho -siguió diciendo Bayyin, lo cual hizo que las cabezadas de los hombres fueran algo más vacilantes. No sabían adonde llevaría eso, pero aún no encontraban motivo alguno para llevarle la contraria. Bayyin se frotó el mentón-. Así pues, me ocuparé de que en el futuro cada parte reciba una mitad exacta de la que pueda responsabilizarse, y el problema quedará resuelto. -Alzó una mano e indicó así a sus ayudantes sacerdotales que se acercaran. En las manos llevaban martillo y cincel-. Dividid ese canal -ordenó Bayyin- y entregadle a cada tribu la mitad que le corresponde. -Sonrió y unió las yemas de los dedos de ambas manos-. Podéis escoger con qué trozos deseáis quedaros.

– Sí, pero… -El representante de los Ilsarj se quedó sin habla.

Su vecino no tardó en encontrar palabras:

– ¡Van a destrozarlo! -Sin dar crédito marchaba ya por entre los jóvenes sacerdotes que, impasibles, habían colocado los cinceles sobre la acequia de piedra. Le temblaba la mano mientras los señalaba; se habían puesto a trabajar y, tras pocos movimientos, el sudor empezó a aflorar en sus cráneos rasurados-. ¡El suelo se tragará el agua!

– Sólo os entregan lo que es vuestro -repuso Bayyin por encima del seco golpetear de los martillos.

El polvo de la piedra se elevaba centelleando al sol. Simún contuvo una sonrisa mientras se acercaba sin hacer ruido y contemplaba cómo los representantes de ambas tribus asediaban a Bayyin para que detuviera a los trabajadores.

– Al fin y al cabo, limita con nuestros campos -imploró el jefe de los Ilsarj.

– Y desemboca en nuestra presa -añadió el cabecilla de los Dhu-Jawlan, mostrándose comprensivo-. Cómo no iba a importarnos cuidar de él.

– Los Ilsarj pondrán la mitad de los hombres que sean necesarios para las obras -ofreció el primero, y su vecino se apresuró a poner a disposición la otra mitad.

Bayyin los miró a uno y a otro. Asintió, satisfecho. Una señal suya y los picapedreros dejaron su trabajo.

– Entonces haré erigir en este lugar una estela y mandaré que graben en ella que vuestras dos tribus son responsables de este canal, desde cien pasos más allá del repartidor hasta donde empieza la tierra de los Dhu-Jalil.