Con un afilado estilete de bronce, redactó una nota en una vara de madera que entregó a uno de sus acompañantes para que se dirigiera de inmediato con ella al cantero.
Los portavoces de las dos tribus hicieron una reverencia.
– Nuestros ancianos vendrán para grabar sus nombres al pie -dijeron con respeto-. ¿Podemos saber qué sacrificios debemos ofrecer para tal ocasión?
Bayyin los despidió con la condición de que sacrificaran a Athtar una oveja blanca y otra negra en el templo de Baran a la tercera hora de la mañana del día siguiente. Durante el acontecimiento les sería entregada la estela bendecida con la sangre de los animales sacrificados, que sería colocada en su solemne ubicación de los huertos en el marco de una festividad.
Cuando las partes contendientes, tras una profusión de reverencias, se hubieron retirado, Simún salió de las sombras en las que se había mantenido oculta hasta ese momento y aplaudió con suavidad.
Sorprendido, Bayyin se volvió hacia ella.
– Te felicito -dijo la muchacha-. Sabía que eras un gran diplomático, Bayyin, pero esa decisión ha sido verdaderamente sabia.
El sacerdote, que había puesto un semblante impenetrable nada más verla, sonrió al oír esas palabras, no sin ufanía.
– Creo que han comprendido que hay cosas que son indivisibles -repuso-, por el bien de todos.
– Igual que el bienestar de Saba. -Simún asintió.
Bayyin respiró hondo, como si quisiera inhalar todos los perfumes de los huertos. Su mirada se paseó por el verde que los rodeaba y evitó la de ella.
– Siempre he amado esta ciudad -dijo.
Simún le puso una mano en el brazo.
– Esa es una frase -dijo- que sí creo sin reservas. -Hizo una pausa y supo que él había comprendido: esa vez sí lo creía, al contrario que cuando le hablara de su amor por ella-. Y siempre he estado firmemente convencida de que en el fondo nunca me hablaste de ninguna otra cosa.
No estaba muy segura, pero creyó ver que Bayyin se ruborizaba bajo su piel oscura.
– ¿Quieres acompañarme?
Simún y Bayyin renunciaron a las literas y recorrieron el largo camino a pie. Mientras se acercaban lentamente a Marib, empezaron a oír los berridos de muchos camellos. Antes de dejar atrás los huertos, el hedor de los animales les golpeó en la nariz y, avanzando por entre los árboles, encontraron ante sí el descampado que la trápala de cientos de pezuñas había convertido en una explanada de polvo. El acompañante de Simún y sus jóvenes sacerdotes empezaron a agitar en vano sus enormes plumeros para evitar verse alcanzados por las nubes de polvo que se levantaban por doquier. No lo conseguían. Bayyin se cubrió la boca y la nariz con su ancha manga. Simún contempló los animales llena de orgullo, aunque sufrió un ataque de tos. Dejaron la conversación en suspenso mientras cruzaban la explanada y, cuando hubieron atravesado la puerta de la ciudad, el aire volvió a aclararse y el ruido disminuyó, Bayyin preguntó:
– ¿Todavía piensas seguir adelante con esa expedición?
Simún asintió decididamente. Sí, quería partir. Después de haberse apoderado de las regiones de cultivo del incienso con la victoria sobre Hadramaut, lo más consecuente era intentar ir controlando poco a poco todas las rutas comerciales. Había hablado con muchos mercaderes, había recibido en la corte a viajeros y había debatido largo y tendido con los jefes de las tribus. La ruta hacia el norte estaba hecha de remiendos, cada tramo del camino pertenecía a un gobernante diferente, y todos protegían el secreto de sus trayectos, exigían impuestos a voluntad, atacaban a los viajeros o los desorientaban. Simún quería seguridad para sus comerciantes. Quería mapas y aliados de confianza. También quería un socio en quien poder confiar al otro extremo de la ruta para transportar las mercancías por aquel Mar Grande en cuyas costas se encontraban los legendarios compradores de su incienso, aquellos que necesitaban la resina para hablar con sus dioses. Todo ello a fin de que el flujo de incienso no llegara tan sólo en forma de un delgado riachuelo a las lejanas costas, y de que la corriente contraria de oro no fuera absorbida por el suelo del camino, para evitar que todo el que pudiera sostener una lanza reclamase su parte y lograr que llegara a Saba como transportado por un canal perfectamente ensamblado.
Nada de eso podía dejarse en manos de un representante. Además, así se alejaría de Marib. Deseaba con ardor huir de los últimos acontecimientos y de ella misma. Sin embargo, ése no fue ninguno de los argumentos que le expuso a Bayyin con locuacidad:
– He hablado con los mercaderes de la sal y con los comerciantes de Min, que viajan hasta los países del oro. Todos dicen lo mismo: bajando hasta la región de la costa no, pues está plagada de mosquitos de la fiebre, tampoco por las montañas, que es un camino demasiado arduo. Los mejores trayectos recorren el borde oriental de las montañas, allí donde limitan con el desierto. A veces se alejan de la arena caliente hacia las cuestas, a veces una escarpada pared los empuja al desierto. Así van de uadi en uadi, de pozo en pozo. -Ilustraba sus palabras con las manos-. En cada alto tendré que negociar. -Tosió otra vez y apartó a un camello que, nervioso y con las piernas rígidas, le cortaba el paso.
El propietario se apresuró a llevárselo entre grandes reverencias.
– ¿Y los peligros? -preguntó Bayyin.
– ¿A qué te refieres: fiebre, escorpiones, flechas de beduinos? -Simún se echó a reír-. Nada es más peligroso que permanecer aquí, si he de creer a Marub.
Parecían palabras pronunciadas a la ligera, pero Bayyin creyó detectar en ellas cierto tinte de enojo.
La reina vio sus cejas enarcadas y pensó si compartir con él sus pensamientos.
Las continuas advertencias de Marub la molestaban y, a pesar de haber encontrado la serpiente en su lecho, no estaba dispuesta a reconocer que su preocupación fuera fundada. El hombretón no hacía más que tantear a sus espías y luego transmitirle a ella noticias de Hadramaut que sonaban confusas y no aclaraban nada. Hacía poco la había informado de que en aquel país reinaba la agitación, que el gobierno del hijo de Ausun era casi invisible, que éste apenas salía del palacio de Shabwa y que todo estaba en manos de Karib, que cada vez obraba con mayor independencia.
– Marub dice que el consejero del rey de Hadramaut trama sus propios planes y se ha propuesto ocupar el lugar de su señor -dijo por fin-. Dice que también él me ha enviado un asesino. -Se encogió de hombros-. Sólo cabe esperar que no se tropiecen uno con otro aquí, en Marib.
– ¿De modo que son dos asesinos?
– O tres, o cuatro. O ninguno.
«No», pensó, y volvió a ver ante sí la cabeza segada de la serpiente, que Marub, acompañado de las muecas de asco de Incienso, había ensartado con la punta de una flecha para recogerla del suelo y sacarla de allí envuelta en un pañuelo. Alguno había. A nadie le había confiado su sospecha de que su madre tenía algo que ver en ello. Un simple sonido indeterminado no bastaba para fundamentar una acusación. Tampoco había dicho nada de Yada, puesto que Marub habría aprovechado con demasiada ansia ese indicio en su contra. Aunque una parte de ella deseaba precisamente eso, otra parte lo temía y le impedía decir nada. ¿Qué tenía en su mano contra él?, con esa pregunta se convenció. Nada más que una sensación, y ni siquiera de eso estaba ya muy segura. Además, no quería acusar abiertamente a nadie que pudiese explicar que la reina había yacido entre sus brazos. Simún se ruborizó al pensarlo. Bayyin tuvo la deferencia de mirar hacia otro lado.
Para cambiar de tema, Simún señaló hacia la caravana de porteadores que ocupaba toda la calzada principal desde donde estaban ellos.
– Lo único que sabemos sin duda que llega de Hadramaut es el incienso, y así debe seguir siendo.