Se detuvieron junto a la avenida y siguieron con la mirada la procesión de porteadores que descargaban los camellos ante las puertas de la ciudad para entrar los fardos a pie y cargar con ellos hasta el templo de Almaqh, al pie del Salhin. Simún había decidido seguir el ejemplo de Hadramaut, donde hasta la última perla de incienso de las montañas era llevada a la capital y almacenada en las cámaras de los templos. Sólo entraba a la ciudad por la puerta y únicamente por esa misma vía podía volver a salir, pero después de que los sacerdotes lo hubieran pesado y apuntado todo, y hubieran apartado a conciencia la cantidad correspondiente de impuestos. Aligerada también en unos cuantos sacos, la preciosa mercancía partiría después desde Marib para enfilar el largo camino hacia el norte.
– He dejado anotaciones precisas sobre cuánto corresponde al templo de Baran por las obras de la presa y el sistema de irrigación. Y tú estás autorizado a pedir a las tribus hombres y provisiones para alimentar a los prisioneros de guerra a los que tienes allí trabajando.
Bayyin asintió. Tendría que pelearse con el consejo por todo ello. Sin embargo, tras la conmoción que había supuesto la grieta reparada del dique, los ancianos estaban de lo más dúctiles en lo concerniente a ese tema. Bayyin no pudo por menos de ufanarse un tanto. Ya podían almacenar el incienso en el templo de Almaqh, que a él, Bayyin, le habían confiado un bien muchísimo más preciado, el elixir de la vida de Saba, su agua. Por fin tenía en sus manos el destino de esa tierra, como siempre había ansiado. Poseía el poder de doblegar a aquellos que decidían sobre su vida. Lo que más lo asombraba era la paz que lo invadía ante esa perspectiva. No sólo las tribus guerreras, también él había aprendido la lección que esa misma mañana había vuelto a impartir: había cosas que no podían dividirse. No podía uno quedarse con ellas. Había que administrarlas en comunidad. Bayyin sintió que estaba preparado para ello. Le maravillaba que Simún hubiese comprendido ese hecho antes aún que él mismo.
Sin darse cuenta la miró. Tal vez fuera cierto lo que quisiera haberle hecho creer cuando aún intentaba dominarla: tenían mucho en común. Por eso se entendían bien. También en ese momento lo hacían, sin palabras.
– Viaja en paz -dijo Bayyin a modo de despedida-. Que el valeroso espíritu de Athtar te acompañe a todas partes.
CAPÍTULO 37
Paz. La palabra aún resonaba en la cabeza de Simún mientras subía la escalinata que llevaba al palacio. No se dirigió a sus viejos aposentos, pues los evitaba desde la noche de la crecida. Ya no le apetecía estar allí: la visión del jardín la atormentaba, igual que las puertas cerradas, y el malestar que sentía en su antiguo lecho desde la aparición de la serpiente no se había desvanecido. Sin hacer caso de las protestas de Incienso, que se sentía sola en esas salas vacías, no había vuelto a pasar su tiempo allí.
– ¿Cómo estás?
Shams se enderezó y sonrió cuando Simún entró y se puso a hablar con ella. Todavía estaba pálida, tenía la piel más translúcida que nunca y sus ojos eran tan grandes que casi parecían fantasmagóricos.
– El médico dice que…
Se interrumpió, como cada vez que hablaba del egipcio que se había hecho cargo de ella desde que Mujzen la entrara en brazos en el palacio. Simún había rogado al emisario egipcio que le dejara a su sanador, puesto que los médicos de Marib habían afirmado no verse capacitados para hacer nada por Shams. El hombre de la extraña barba trenzada y puntiaguda y los ojos perfilados con kohl se había presentado y había echado a todo el mundo de allí, incluso a Simún y a Mujzen, que, sin darse cuenta, aún le apretaba la mano asida con fuerza. Simún, que hasta el último momento no apartó la mirada de Shams, lo acercó hacia sí como distraída, le dio unas palmaditas en el hombro y después lo dejó en manos de Marub, que sin armar mucho revuelo se ocupó de que el joven bebiera hasta perder el sentido.
Durante tres días enteros, el egipcio no dejó entrar a nadie en la habitación, de la que salían extraños olores y cánticos. Después, con gestos arrogantes, abrió los dos batientes de la puerta, señaló a la paciente y dijo algo que Simún no entendió. Sin embargo, la cansada sonrisa del rostro de Shams le desveló lo suficiente. Su amiga sobreviviría.
La primera palabra comprensible que salió de los labios de Shams fue «Mujzen». Simún lo mandó llamar, a él y al niño. Sin embargo, él se negó a acudir. Al saberlo, Shams se cubrió la cabeza con la manta y permaneció largo rato tumbada así en silencio.
– ¿Shams? -preguntó Simún con preocupación.
Pero ella sacudió la cabeza y mordió el borde de la manta. Después se sentó, pidió un peine y afeites, y anunció que no quería llamar a su familia ni una sola vez más. Simún le ofreció un lugar en palacio para el niño, pero ella, para su desconcierto, se negó.
– Es tu hijo -insistió Simún-, tienes derecho a tenerlo contigo.
Sin embargo, Shams negó con la cabeza.
– De todas formas ya no tengo leche -dijo, haciendo un gesto cansado hacia sus pechos-. Y doy gracias porque se lo haya quedado él. ¿Lo trata bien?
Simún le repitió todo lo que le habían informado sus emisarios. Mujzen había buscado un ama de cría para el niño y se ocupaba de él conmovedoramente.
Shams sonrió al oírlo.
– Mientras tenga al niño consigo, quizá quede una posibilidad -dijo en voz baja-. Si se lo quito, nos olvidará a los dos.
Simún sacudió la cabeza, pero no la contradijo. Se hizo disponer un lecho junto a Shams y empezó a disfrutar de algo que hasta entonces sólo le había sido concedido durante breves momentos en la vida: la cercanía de una buena amiga.
– ¿Te acuerdas de cuando estábamos las dos juntas en aquella roca? -preguntó Simún, como tantas otras veces, y Shams soltó una risilla al recordarlo-. Me agarrabas la mano con mucha fuerza.
– Te vomité en la cabeza mientras escalábamos.
– No -la corrigió Simún-, pero casi.
Volvieron a reír, se abrazaron y ahuyentaron los recuerdos tristes.
– ¿Qué ha dicho el médico? -preguntó Simún para animar a su amiga a continuar.
Shams se sonrojó.
– Que tengo que comer muchas judías, porque eso le irá bien a mi sangre y… -Se tapó la boca con la mano-. ¿No tendrás que casarte ahora con él por mi culpa, verdad? -preguntó con espanto.
– ¿Con quién? -quiso saber Simún.
– Pues con el faraón.
Simún rio y sacudió la cabeza.
– No, no -dijo para tranquilizar a su amiga, y le estrechó la mano-. El consejo lo impedirá. Verás, a los jefes de las tribus no les parecerá bien concederles a los egipcios libre acceso a nuestro incienso a cambio de una pequeña dote.
Simún no pudo evitar sonreírse al pensar en la reunión en la que se había debatido la oferta de ese lejano faraón cuyo poder parecía tan enorme como impreciso. Gracias a la suspicacia del consejo, no había tenido que ponerse demasiado firme en contra de su nuevo pretendiente. Había podido reclinarse y escuchar las largas deliberaciones de los ancianos sobre cómo debían rechazar ese ofrecimiento con el que un extranjero pretendía inmiscuirse en sus asuntos.
– Han encontrado una solución maravillosa -le explicó a Shams-. Aquí los hombres, al casarse, pasan a formar parte de la familia de la mujer, como bien sabes. De modo que le han hecho saber al faraón que, si desea ser mi esposo, tendrá que trasladarse a Marib y convertirla en su ciudad de residencia.
Shams puso unos ojos como platos.
– ¿Y piensa hacerlo? -preguntó con inquietud.
– Por lo que yo sé de éclass="underline" no -repuso Simún, divertida.
Shams parecía aliviada, pero su semblante enseguida volvió a ensombrecerse.
– Sentiría muchísimo haber hecho desdichada a otra persona más con mis tonterías.