Выбрать главу

Simún se acercó a ella y la abrazó.

– Explícame cosas de casa -dijo, para que su amiga cambiara de tema, y se asombró de la facilidad con que había salido de sus labios esa última palabra, a pesar de que designaba a un lugar en el que habían intentado quitarle la vida-. ¿Lleva Hamyim ahora a su propio hijo apoyado en la cadera?

– Esperaba al segundo cuando partimos -contestó Shams.

Al decir «partimos» se estremeció, le recordó demasiado a Mujzen y la felicidad que habían sentido al cabalgar juntos.

– ¿Y Tubba? -preguntó Simún para ayudarla a seguir.

– Ah, ése, era un fanfarrón. Cuando supo que Mujzen y yo… -volvió a interrumpirse, pero se sobrepuso-… bueno, que nosotros… empezó a manosearme el trasero cuando pasaba por mi lado. Por ver si tenía buena pelvis para tener niños, decía. -Shams arrugó la nariz al pensar en ello-. Al final llegó a casarse con Mahdab, ¿te imaginas?

Simún soltó una carcajada. La lengua de Mahdab no era menos afilada que la de su hermana mayor, Hamyim. Tubba no lo tendría fácil con ella.

– ¿Y ella lo aceptó a pesar de que nunca fue capaz de acertar con una piedra a una serpiente? -preguntó con burla.

Por un momento consiguió contagiarle su alegría a Shams. Charlaron sobre todos aquellos que habían conocido juntas. Ni una ni la otra ocultaron su satisfacción a causa de la circunstancia de que Watar hubiera fallecido de una caída en la última caza del macho cabrío. Tras un momento de silencio, Shams preguntó con timidez:

– ¿Alguna vez has conocido a alguien con quien…? Ya sabes.

– No -respondió Simún, sucinta y algo ruda. Shams se encogió de hombros. Simún sonrió y mostró su pie-. Sigo con la tara de siempre, como puedes ver.

Shams, azorada, miró a otro lado.

– Eso no quiere decir nada-adujo-. No hace a una persona.

Simún sintió cómo crecía la ira en su interior.

– Cierto -espetó-. Se me había olvidado que tú misma amas a un hombre con un agujero en los dientes.

Lo lamentó nada más haberlo dicho. Encajó el rostro pesaroso de su amiga como una bofetada. Sin embargo, antes de que pudiera abrir la boca para decir nada, Shams contestó.

– Es verdad -dijo con sencillez, y se sentó en su lecho. Miró a la manta y la alisó cuidadosamente con ambas manos-. Lo amo. Y a ti también. -Vaciló un instante-. También Mujzen te tenía en mucha estima, ¿lo sabías?

Simún la contradijo con un gesto de la mano.

– Tanto que habría preferido enviarme al más allá -repuso con desprecio-. No, gracias. Esa clase de amor no la quiero para nada.

Pensó en Yada. Yada, que a lo mejor había atentado contra su vida, y sintió un sabor amargo en la boca.

– Sin embargo, te salvó -repuso Shams con mucha dignidad-. ¿Qué más amor que ése quieres?

Simún la miró estupefacta y su amiga le devolvió esa mirada algo ofendida y con la cabeza alta. La reina bajó los ojos, turbada.

– No lo sé -masculló, y entonces recuperó su orgullo-: ¿De modo que crees que soy demasiado exigente para ser una tullida?

Shams se miró las uñas. De pronto sonrió.

– Sólo digo que a lo mejor deberías concentrarte más en lo que quieres dar, y no tanto en lo que recibes.

Simún se quedó callada y reprimió el comentario de que seguro que Mujzen sabría apreciar ese buen consejo que acababa de salir de sus labios. Shams, de improviso, volvió a hablar:

– Todavía no me has preguntado por tu abuelo.

El corazón de Simún detuvo su palpitar un instante. Se aclaró la voz.

– ¿O sea que todavía vive? -preguntó entonces con toda la ligereza que fue capaz de aunar.

Shams asintió.

– El nos indicó el camino para buscarte -dijo y, cuando Simún la miró con sorpresa, añadió-: Dijo que podía sentir qué era de ti.

– De mí no sabe nada.

Shams pasó eso por alto, se inclinó hacia delante y le puso la mano en el brazo.

– Lo percibe, créeme, Simún. No encontrará la paz hasta que tú no estés en casa. -Hizo una pausa y, esperanzada, tragó saliva-. ¿Acaso no regresaremos a casa?

– ¿A casa? -preguntó Simún a la defensiva-. Yo ya estoy en casa.

Alzó los brazos y los extendió abarcando esa estancia en la que vivía sobre una estera en el suelo, como una criada, en el centro de un palacio en el que, pese a ser suyo, ya había dos salas en las que no podía entrar: la de Shamr, donde su cabeza cayera rodando al suelo, que había cerrado y clausurado hacía tiempo; y la habitación que daba al jardín. ¿Qué rumbo tomaría aquello?

Simún miró en derredor. Poco a poco fue bajando los brazos y los hombros.

– Me voy -dijo en voz baja pero firme.

Se recordó que no tenía de qué avergonzarse. Lo que iba a hacer lo hacía por el bien de Saba, lo había reflexionado mucho y planeado bien. Durante décadas sería recordada por ello. Lo grabarían en los sillares de piedra caliza de los muros de los templos. Todos los cuentos de su abuelo se harían entonces realidad; se habría convertido en algo muy especial. Poco a poco iba dibujando su propia imagen.

– Si tampoco tú quieres quedarte aquí, puedes venir conmigo.

CAPÍTULO 38

Orillas lejanas

– Sabemos -dijo Simún, y miró a la concurrencia- que los egipcios venden el incienso de Hadramaut en las costas orientales y nororientales del Mar Grande. Allí viven personas que lo hacen arder en sus templos, aunque no lo aprecian por su aroma ni por sus cualidades curativas.

Simún miró al corro. Pensó en lo que le había explicado el médico egipcio durante el banquete que habían dado en su honor. Como todavía creía ver en ella a la prometida de su faraón, el hombre había querido impresionarla con su conocimiento del mundo.

– ¡No! -exclamó Simún con un aire de superioridad-. Lo necesitan porque a través de él hablan con sus dioses.

Dejó que el significado de esas palabras calara en su público; ella misma había necesitado un tiempo para comprenderlo.

– Eso significa que sin incienso no puede haber rituales, festejos ni oficios divinos, nadie escucha sus oraciones. -Fue resaltando cada punto con los dedos.

Los ancianos movían la cabeza en actitud dubitativa.

– ¿Acaso escuchan sus dioses con la nariz? -dijo un gracioso.

Algunos rieron. Los demás reflexionaron sobre las consecuencias de lo que acababan de oír.

– No lo sé -repuso Simún-. Pero el caso es que el humo aromático es sagrado para ellos y que, sin él, creen que no pueden entrar en contacto con sus dioses.

– ¿Y eso qué supone? -preguntó un anciano de párpados can sados.

– Que jamás renunciarán al incienso y que lo pagarán a cualquier precio -respondió Simún enseguida.

El anciano asintió como si la reina no hubiera hecho más que expresar lo que él ya había intuido. Simún prosiguió y expuso el precio que se pagaba por el incienso en los templos de la Tebas egipcia. Sonrió al pensar en lo mucho que se maldeciría el médico por esa indiscreción suya.

Un hombre con barba de chivo que se llevaba una copa de vino a los labios brindó con impetuosidad y se atragantó. Por doquier resonaron carcajadas de incredulidad. Simún, no obstante, se limitó a asentir.

– ¿Y qué hemos recibido nosotros hasta ahora? -preguntó, y les dejó tiempo para calcular mentalmente cuál había sido hasta ese momento la cuantía de los impuestos recibidos en Saba por el incienso y comparar las dos cantidades.

– Y nosotros creíamos que éramos ricos… -dijo alguien sin acabar de creerlo.

Simún se inclinó hacia delante.

– Lo seremos -dijo-, ahora que el incienso de Hadramaut es nuestro. -Se irguió mucho-. Ya no nos conformaremos con los aranceles -explicó-. Ya no concederemos los beneficios a Ma’in ni a los nabateos ni a las demás tribus que se pasan la mercancía de mano en mano hacia el norte hasta que acaba llegando a Egipto, que se hace de oro. -Miró a la concurrencia en actitud triunfante-. Encontraremos nuestra propia ruta hasta el Mar Grande. -Dejó que asimilaran la noticia-. En el futuro pagaremos aduanas, pero a cambio nos embolsaremos el precio de la venta.