– Eso es muy complicado -adujo alguien.
– Pero merece la pena -replicó Simún. De nuevo mencionó las cantidades que tan increíbles les parecían a esos beduinos.
– Es peligroso -objetó otro.
Simún sonrió con malicia.
– Si una mujer se atreve… -dijo, y dejó pendiendo la frase.
– Nunca se ha visto nada semejante. -El anciano de pesados párpados de lagarto la contemplaba meditabundo.
Simún le tomó la mano.
– Dadme camellos -dijo-, y yo os los traeré de vuelta cargados de oro.
Sintió la inquietud, pero también la alegre exaltación de los cuchicheos generalizados, los codazos y el susurro de las telas de los ancianos que debatían.
– ¿Cómo pensáis hacerlo? -preguntó uno, alzando la cabeza.
Los demás se detuvieron.
Simún había esperado esa pregunta.
– Dicen que hay un rey llamado Salomón -explicó-, que gobierna una región en la que se encuentra un puerto donde puede embarcarse el incienso. El puerto se llama Tarsis y dispone de una gran flota. Iré a visitar a ese Salomón que ha hecho frente tanto a Egipto como a Babilonia, pues él es el hombre con el cual podremos comerciar en el Mar Grande.
Los ancianos asintieron. Tanto Egipto como Babilonia eran nombres que les infundían temor, ya que esos poderes habían extendido a menudo sus brazos hacia ellos desde el otro lado del desierto. Lo cierto es que sabían poco de esos reinos y el peligro era vago, pero el miedo que suscitaban era ya antiguo y en el sonido de esas dos palabras, como en los nombres de jinn malignos, no resonaba nada bueno.
Salomón, por el contrario, era algo nuevo. Sonaba fuerte y lleno de promesas. Los comerciantes de la ruta del oro ya les habían hablado de él, aunque sus relatos habían pasado también por muchas bocas y se asemejaban más a cuentos que a noticias de un mundo real.
– Dicen que gobierna sobre los jinn -dijo alguien con temeroso respeto.
De repente vieron a Simún con otros ojos. ¿No decían también de ella que de veras era hija de los jinn, medio mujer, medio antílope? Los rumores habían aparecido en la ciudad tan repentinamente como ella y nunca se habían acallado del todo. ¿Acaso no era lógico, pues, que se aliara con el príncipe de los jinn?
Simún tamborileaba impaciente con las uñas sobre la mesa.
– El se ocupará de la seguridad del transporte de nuestro incienso -explicó con sequedad, e intentó ocultar su propio entusiasmo al pensar en el rey lejano.
Los ancianos se levantaron. Su jefe inclinó la cabeza ante ella.
– Regresad y vivid aún muchos años -dijo.
Era la despedida tradicional para los viajeros.
CAPÍTULO 39
La delgada línea de la caravana avanzaba como un gusano que se mecía sobre largas patas. Cada diez o quince animales iban amarrados entre sí por sogas y conformaban una unidad; el que iba en cabeza llevaba unas campanillas que con su tintineo acompañaban a la comitiva en todo momento. Aquí y allá se alzaba algún que otro bramido lastimero cuando uno de los mozos que caminaban junto a los animales remataba sus sonoros «hat, hat, hat» con un latigazo. La mayoría de los camellos iban cargados con sacos amarrados cuidadosamente a lado y lado de sus sillas. Los mozos practicaban todas las mañanas el arduo arte de colocarlos equilibradamente y cargarlos de manera que sus valiosos camellos no sufrieran rozaduras.
Simún se había decidido por los pequeños camellos del interior, que no eran tan fornidos como los animales de la costa, que podían acarrear el peso de entre tres y cuatro hombres. Los suyos no eran camellos tan fuertes, pero sí resistentes, y se las arreglaban mejor en las distancias largas. De cada tres de ellos se ocupaba un mozo, hombres de los desiertos que sabían cómo atravesarlos, y el jefe de la caravana y sus hombres tenían siempre puesto un ojo vigilante sobre ellos, pues seguían siendo beduinos, hombres en los que no se podía confiar como en los campesinos de los poblados o los habitantes de los oasis, pero sí contentadizos como los animales de los que se encargaban. Sus rostros estaban quemados por el sol; su piel, agrietada como el cauce de un riachuelo seco; su cabello polvoriento era espinoso como una zarza. Cuando su jefe le fue presentado a Simún en las inmediaciones de Ma’in para que se inclinara ante ella, la reina había quedado sorprendida por su enjutez, la ira amarillenta de sus ojos y su figura arrugada y seca. Ante sí tenía a un anciano que ella sabía que no podía tener más de treinta y cinco años. El hombre besó la daga que ella le tendió, dio media vuelta y se alejó descalzo sobre la roca de lava que abrasaba bajo el sol. Simún recordó haber hecho eso mismo de niña.
Cada tres de esos mozos, a su vez, compartían un camello como montura. En él cargaban también sus enseres y las mantas que extendían para acampar en cada alto del camino. Casi siempre, por tanto, avanzaban a pie junto a la larga hilera de animales, los azuzaban, cantaban y charlaban hasta que el sol estaba alto sobre el horizonte y acallaba todos los sonidos humanos, y entonces sólo las llamadas de los animales y el tintineo de las campanillas seguían pendiendo junto con el polvo en el aire.
Shams se asomó por la litera para mirar a Simún, que de vez en cuando, harta de estar encerrada, montaba en camello. Como siempre, sintió una pequeña punzada al ver la larga fila de animales, pues todos ellos habían sido elegidos personalmente por Mujzen. Le dolían los comentarios mordaces de los caravaneros quejándose del bellaco que les había endilgado esos camellos baratos que enseguida se cansaban.
– ¿Qué esperabas? -le comentó un día el jefe a uno, y escupió a la arena-. Un beduino, como esos otros canallas. -Y se apartó de un camello al que le temblaban las patas bajo los flancos llenos de rozaduras.
Marub, sin embargo, se volvió hacia los dos hombres y los hizo responsables de haber atado la carga torcida sobre la silla del animal, de manera que al andar no hacía más que resbalar hacia un lado y le había causado heridas. Shams se sintió agradecida.
– ¡Simún! -exclamó, y saludó con la mano. Su amiga se acercó cabalgando-. Los hombres de Ma’in dicen que el siguiente pozo ya no queda muy lejos -dijo, y se enjugó el sudor de la frente. El polvo le dejó líneas de suciedad-. ¿Ves? -Señaló al cielo, donde buitres y milanos volaban en círculos-. Ya nos están esperando.
Llevadas por sus alas susurrantes, las aves carroñeras iban despejando con desidia el lugar de descanso que poco a poco se iba llenando de camellos. El lento batir de sus alas las llevaba hasta los árboles colindantes, donde esperaban una ocasión para llenar el buche con los desperdicios de los caravaneros que solían hacer un alto allí. Uno tras otro, los camellos recibían entre fuertes gritos la orden de tumbarse para que pudieran descargarles los fardos. Después se volvían a poner en pie sobre sus largas patas y corrían al abrevadero, desde donde, una vez saciada la sed, se paseaban por los alrededores para pastar en las gramíneas y el duro follaje de las matas, como solían hacer durante la tarde.
Simún los miraba.
– Que no se acerquen a los huertos -les gritó a los mozos-. No quiero tener que negociar otra vez por los desperfectos.
Los pueblos de los oasis situaban los lugares de descanso de las caravanas bastante lejos de sus casas e intentaban tener el menor contacto posible con los extranjeros. No obstante, nunca se estaba a salvo de riñas.
– Podremos decir que hemos tenido suerte si mañana por la mañana estos sinvergüenzas no vuelven a afirmar que la mitad de los animales son suyos y que siempre han estado en sus tierras -rezongó Marub.