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Simún seguía de buen humor.

– Pues tendremos que hacer algo para impedirlo -repuso con alegría.

Se había puesto una ostentosa túnica entretejida de hilo de oro que sobre el suelo de barro hollado, en medio de las manadas polvorientas, se antojaba tan fuera de lugar como las ricas joyas que se balanceaban en sus sienes. Shams la había ayudado a trenzar los colgantes en su pelo, había ido colocándole los brazaletes uno a uno y luego le había perfilado los ojos y le había coloreado las mejillas y los labios de carmín hasta que su imagen fue tan irreal como la de una diosa.

– Perfecto -murmuró Simún tras una rauda mirada al espejo de bronce bruñido, y se acercó a Marub, que estaba listo para escoltarla con sus hombres.

En la silla, delante de ella, Simún sostenía una caja con engastes de plata en la que guardaba sus argumentos más incontestables: oro, plata, incienso y las varas de madera en las que estaba escrito el texto de los acuerdos. A veces bastaba incluso un saco lleno de sal para ganar un socio. Marub solía echar pestes y decía que le parecía un disparate alimentar con obsequios las fauces de esos pueblos de ladrones, pero Simún siempre replicaba que se había propuesto cerrarles el hocico de una vez por todas. De todos modos, puesto que parecía salirse con la suya, Marub no protestaba en voz muy alta.

Simún dirigió una última mirada a las laderas antes de empren der camino. El pozo en el que se habían proveído de agua para los animales era un hoyo húmedo y de aspecto provisional que se abría en la boca de un uadi, estaba cubierto con hojas de palma y protegido por un murete. No muy lejos de allí empezaba un pedregal que daba la impresión de ser una colina muerta en ruinas y se ex tendía por una amplia franja al final de la cual quedaba el desierto de la Región Vacía. Aquí y allá se distinguía la línea aterciopelada de una duna en el horizonte, y el viento, cuando soplaba del este, hacía sisear el aire a causa de la arena que arrastraba consigo. De vez en cuando la tierra gris se arqueaba en unas pequeñas gibas de arena amarillenta formadas por el viento, perfectamente redondeadas, vástagos de las grandes dunas, que parecían raros animales extraviados.

A su izquierda, en el oeste, por el contrario, se alzaban las laderas de las montañas completamente cubiertas por el verde mosaico de las terrazas de cultivos que arrellanaban los campesinos de aquellas alturas. El austero estampado llegaba hasta lo más alto, donde lo cubrían las nubes. Allí arriba todo parecía rebosar y rezumar, y en un saliente que había en mitad de las verdes líneas se veía asomar una roca desnuda con una construcción poco acogedora. A primera vista parecía una fortaleza. Al acercarse, sin embargo, veía uno que lo que había creído formidables muros eran en realidad casas apiñadas que, alzándose hasta varios pisos de altura, se apretaban unas contra otras sobre el precipicio y presentaban al recién llegado una fachada hermética.

Las puertas del asentamiento, que aparecieron cuando doblaron la última curva del escarpado y sinuoso camino, se abrieron y escupieron a una cuadrilla de jinetes que empezaron a cabalgar en salvajes círculos alrededor de Simún y de sus hombres, profiriendo gritos de júbilo y blandiendo sus gumías, que, no obstante, no habían desenvainado. Todo aquello era un ritual, mitad intento de intimidación, mitad recibimiento, que la reina soportó sin pestañear siquiera junto a Marub. Por encima de ellos sonaron unos cuernos que llamaron de vuelta a los jinetes y les dieron la señal de que podían entrar en el pueblo fortificado.

Simún avanzó con su camello por entre casas que eran tan altas como algunas de las de Marib. Construidas burdamente con adobe y embadurnadas con una pasta de cal alrededor de las ventanas para mantener alejados a los espíritus malignos, se alzaban hacia el cielo nublado como dientes torcidos. Las plantas bajas, que no tenían ventanas al exterior, albergaban almacenes o corrales; Simún oyó mugidos y balidos por las oscuras entradas. A las estancias de los habitantes, que quedaban encima, se llegaba las menos de las veces por unos peldaños; casi siempre había tablones o escaleras de mano en las que aquí y allá se balanceaba alguna mujer con una vasija de barro sobre la cabeza, o un tropel de niños. Todos ellos escapaban ante la tropa de jinetes que seguía escoltando a Simún y llenaba las callejas con el alboroto de su jactancia.

Marub se inclinó hacia ella.

– Me parece que aquí bastará con un poco de sal.

– Unas cuantas jarras de aceite de rosas tampoco les vendrán mal -repuso la reina, sosteniéndose con recato el borde de la manga ante la nariz porque pasaban por una callejuela especialmente sucia.

Al final resultó que el jefe del pueblo estaba interesado en algo muy distinto. Después de ser conducidos a través de un laberinto de salas de adobe que más parecían grutas y de sentarse sobre unos cojines sucios, tras una larga espera llegó un muchacho de aspecto salvaje e irisados ojos de un castaño amarillento que se acercó a ella y, aún de pie, se detuvo a olfatear el aire mirándola con atrevimiento. Dirigió a sus compañeros unos comentarios sobre Simún en una lengua extraña, pero ella los pasó educadamente por alto. Los hombres, que llenaban la sala sin tomar asiento, se fueron tranquilizando poco a poco hasta que al fin se sentaron unos junto a otros con las piernas cruzadas, sacaron un incensario y, una vez todo quedó sumergido en un sahumerio que perfumó su piel, pudieron comenzar las conversaciones.

El cabecilla, traducido de su extraño idioma entrecortado por un joven jinete, dio su nombre y también el de su padre y el del padre de su padre, y empezó entonces a enumerar la larga lista de sus antepasados. El tono de su voz se convirtió en un tarareo. Al hablar se balanceaba un poco hacia delante y hacia atrás.

– ¿Qué está haciendo? -susurró Simún, y se inclinó casi imperceptiblemente hacia Marub.

– Nos declama su árbol genealógico -contestó el guerrero-. Así establece su valía en las negociaciones.

Simún asintió. Esperó a que el hombre terminara y después le dio un tenue golpe a su guardián, que se levantó y empezó a recitar también los ancestros de su señora. Para ello se valió de una genealogía elaborada especialmente con motivo del viaje, que incluía a algunos de los más conocidos señores del viejo Marib, pero que remitía también a los reyes de la lejana Asiria, que siempre habían extendido sus brazos desde la Tierra de los Dos Ríos hacia los desiertos de Arabia y que para cualquier niño de aquel pueblo serían personajes de cuento. Terminó mencionando a la primera mujer que habían creado los dioses, la madre primigenia y única. Así la designó también Marub a ella cuando al fin la señaló: la Única. Ese sería su nombre en el transcurso del viaje.

Sus oyentes se inclinaron cuchicheando entre sí, visiblemente impresionados por lo que acababan de oír. Sin embargo, no parecían en modo alguno amistosos. Marub, con ayuda del intérprete, intentó tantear sus deseos y preguntó si tenían víveres que desearan vender. El cabecilla hizo un gesto de disgusto, la cosecha no había sido buena, sus provisiones eran escasas, no podían prescindir de nada. Su mirada no hacía más que pasearse con ansia sobre la caja que descansaba ante los pies cruzados de la reina.

– El muy miserable quiere subir el precio -le masculló Marub a Simún, que seguía serenamente sentada, como correspondía a su papel, y evitaba el contacto visual con los hombres.

Le costó contener un bostezo. Siempre era lo mismo, podía durar horas.

– ¡Maldita sea!

La repentina rabia en la voz de Marub hizo que levantara la cabeza.

– ¿Qué sucede?

– Dice que todos los camellos que hay aquí son suyos. -Simún vio cómo movían las mandíbulas de Marub-. Me parece que este mocoso es demasiado astuto.

Simún permaneció tranquila.

– Pues dile que todas las armas servibles que hay en esta sala son nuestras -dijo-. Vamos, díselo. -Puesto que Marub vacilaba y el intérprete la miraba con horror, añadió en voz baja-: Los superamos claramente en número.