Cuando el hombre pronunció su frase, alzó el rostro y miró a la cara al cacique del pueblo. Este le sostuvo la mirada como si en sus ojos pudiera leer el verdadero significado del mensaje. Seguramente en esos momentos pensaba en lo que sin lugar a dudas le habrían comunicado ya sus espías: que esa caravana se diferenciaba de las demás por la gran cantidad de guerreros armados que la acompañaba. También se estaría preguntando qué querría de él esa mujer que osaba humillarlo en el seno de su séquito. De súbito, sacó su daga sin previo aviso.
Marub ya tenía los dedos sobre el puño de su arma, pero la mano de Simún se alzó y detuvo su brazo. Seguía sin apartar la mirada de los ojos de su contrincante, que esbozó una sonrisa peligrosa y llevó su cuchilla hasta el rostro de ella primero, a modo de prueba, y después a su cuello, como si sopesara dónde podía hacerle más daño, pero sin clavar la hoja. Los hombres que aguardaban tras la reina apenas si se atrevían a respirar.
Simún no apartaba la mirada del atacante. Veía su sonrisa, pero también la creciente indecisión de su mirada. Sus movimientos perdieron esa primera agilidad mortífera y se tornaron inquietos mientras seguía amenazándola. Entonces pareció tomar una decisión. Alzó la mano del arma. Marub inspiró hondo. Simún sintió el temblor que recorría el cuerpo de su guardián, pero siguió reteniendo su brazo con mano férrea. Su atacante arremetió con la daga hacia su corazón. La reina no pudo evitar estremecerse y transmitir ese movimiento a Marub. Enseguida, sin embargo, volvió a relajarse.
No había sentido más que un leve pinchazo, y percibió entonces una humedad pringosa y fría donde un poco de sangre empapaba la tela de su vestido. El agresor sólo se había aventurado a lanzar un ataque sin ímpetu ni entusiasmo que había atravesado las primeras capas de su ropa para terminar en su piel. Simún no movió ni un músculo.
El muchacho, frente a ella, vio también la mancha roja. Su mirada fue varias veces del punto encarnado al rostro de ella, temeroso y curioso a partes iguales, como si esperase y temiese su reacción. Soltó una carcajada, guardó su arma y exclamó algo en voz alta por encima del hombro. Trajeron vino y él mismo sirvió a todo el mundo en abundancia.
Simún dejó de apretar la mano de Marub.
– Me ha demostrado de lo que es capaz -le susurró a su acompañante-. Yo lo he amenazado; él tenía que restaurar su honor, nada más.
Marub asintió, despacio y con furia. Se veía claramente que le habría gustado saltarle a aquel hombre al cuello.
– Menudo valiente está hecho -siseó con desdén.
– Demos gracias a Athtar por que no lo sea -repuso Simún en voz baja. Correspondió a la risa de su anfitrión y bebió a su salud.
Con desconcierto aceptó entonces el puñado de hojas verde oscuro que le pasaron y que, según le indicaron con gestos, se metían en la boca para mascar.
– Qat -explicó el intérprete, y los ojos le brillaron cuando le dieron su parte y se la remetió entre las encías-. Relaja y pone contento.
– Ah. -Simún lo olió con recelo.
Con una cabezada imperceptible, dio permiso a sus hombres para probarlo al ver que todos los de la sala también se lo metían entusiasmados en la boca. Veneno no podía ser, y a aquella situación le convenía sin duda un poco de relajación. Se metió su propia hoja entre la mandíbula y el carrillo y fingió masticar. Quería permanecer bien despierta.
Para su sorpresa, sin embargo, el cabecilla del pueblo no provocó ningún altercado más. Su anterior demostración de hombría y superioridad parecía haber satisfecho por completo su amor propio y no volvió a quebrantar ni una sola vez las normas de la hospitalidad. Simún se aprovisionó de víveres para la caravana, cambió agua por sal, habló de la utilización regular de la plaza comercial y a punto estaba de abrir su caja para dejar que el hombre considerara la oferta a la luz del tenue brillo de unos anillos de oro cuando se detuvo y siguió la dirección de su mirada, que se dirigía a la cintura de Marub.
– Marub -dijo para advertir a su acompañante mientras alcanzaba despacio la daga de valiosos engarces que llevaba al cinto.
El gigante gruñó, pero no protestó cuando su señora depositó el arma en el suelo, frente a su anfitrión. Este, encandilado, acarició la vaina de plata con curvas cinceladas, cerró después absorto los dedos sobre el puño tallado en cuerno de rinoceronte africano y disfrutó con párpados trémulos del delicado silbido de la hoja al desenvainarla.
– Ya estamos otra vez -rezongó Marub al ver que el otro volvía a cortar el aire con la daga.
Esta vez, con todo, enfundó el arma sin herir a nadie. El donatario se puso en pie de un salto, exclamó algo y entró entonces un viejo que ya no podía moverse muy deprisa. El cabecilla tendió con arrogancia un pulgar hacia el anciano para que, con una primitiva cuchilla de piedra, oscura de suciedad, le hiciera un corte. Con gestos y palabras instó a Simún a levantarse y hacer lo propio.
Ella ofreció su pulgar y el viejo le hizo también un corte, se le acercó -con lo cual la muchacha tuvo ocasión de percibir el asfixiante aroma a excremento de cabra, orina y leche fermentada que desprendía su piel marchita- y extrajo una fibra de su manto. Lo mismo hizo con el jefe. Humedeció sendas hebras con la sangre de la otra parte y por último se arrodilló ante cinco piedras blancas que Simún no había visto hasta ese momento. Con devoción y dedos temblorosos, fue tiñendo de líneas sangrientas con ayuda de las hebras empapadas cada una de esas piedras, por orden, mientras murmuraba oraciones cuyo texto y significado Simún no podía comprender.
– Invoca a los dioses -explicó el intérprete, y sonrió con entusiasmo.
Marub miraba con recelo la masa de qat que le abultaba el carrillo.
– Esperemos que sean más dignos de confianza que él -gruñó.
Sin embargo, no hubo más complicaciones. Cuando regresaron al campamento, tras una larga celebración, el cielo ya clareaba y los mozos se dispersaron para ir en busca de los camellos que vagaban sueltos por ahí. Ninguno de ellos se vio importunado, y la ardua carga de los tozudos animales se completó sin interrupción alguna. Shams, que ya había despertado, se ocupó de la herida de Simún.
– Me alegro de no haber estado allí -dijo entre suspiros, y presionó un paño húmedo sobre el dedo de Simún para limpiar las costras mientras escuchaba la narración del transcurso de la velada.
– Era mejor así-convino Simún-. Si no, al final habrían conseguido que te dejáramos allí en pago por algo. De todas formas, te has perdido lo mejor -siguió diciendo Simún.
Sacó un par de hojas arrugadas de qat que ya estaban un poco lacias y se las metió en la boca a la desconcertada Shams.
– Te pondrá contenta -dijo, y animó a su amiga a que mascara.
– Ya estoy contenta -repuso Shams con la boca llena.
– ¿Aunque te diga que hoy marcharemos todo el día y toda la noche? -preguntó Simún. Antes de que su amiga pudiera protestar, añadió-: El siguiente pozo queda a dos días de camino, y tendremos que adentrarnos en el desierto.
Se arregló la vestimenta y bajó de la litera. Marub se acercó en su camello llevando de las riendas al animal de su señora. Mientras ésta montaba, la informó de la entrega de las provisiones que el pueblo les había hecho llegar según lo acordado.
Simún alzó la mano.
– ¡En marcha!
El grito resonó por toda la explanada repetido por muchas voces humanas y las protestas de los animales.
Shams se dejó caer en los cojines con un quejido cuando el camello se puso en pie bajo ella. A cada paso que avanzaba su litera hacia el este, hacia el sol naciente y el desierto, sentía que el calor abrasador de la superficie de arena ascendía más hacia ella. El sudor se le pegaba a la piel; en el pequeño pedazo de cielo que veía por las rendijas de las colgaduras, los milanos volaban en ávidos círculos para lanzarse sobre sus desechos. El gran contorno del pedregal retrocedía ante las esbeltas líneas de las dunas, que estiraban sus cuerpos en el horizonte con la elegancia de los felinos. «Estoy contenta -pensó Shams, y mascó con valentía-. Contenta, contenta.» No se dio cuenta de que sus rasgos esbozaban verdaderamente una sonrisa mientras su mirada no podía despegarse de las extensiones de arena, que ya los rodeaban por todas partes. «Esto es la nada -pensó-. La muerte me mira. Pero, ay, dioses, qué hermosa es. Qué hermosa, qué hermosa. Muy hermosa.» La caravana avanzaba meciéndose.