CAPÍTULO 40
Marub se detuvo a esperar a Simún, que había cabalgado un rato junto a la litera de Shams. Alzó una mano para hacerse sombra y escudriñó con la mirada el lugar en que la cordillera occidental había desaparecido tras las dunas, y con ella el aliento de las cimas que les habían servido de indicadores del camino durante las últimas horas. A la mañana siguiente tenía que volver a aparecer y darles la señal para virar hacia el oeste. Eso les había dicho el jefe de la caravana. Marub era incapaz de explicarse cómo se orientaría hasta entonces. Miró en derredor: una colina de arena tras otra, y ni un solo árbol, ni un matojo, ni una piedra que pudiera servir de punto de referencia. Delante de Simún, sin embargo, no dejó traslucir esos pensamientos. Cuando la tuvo junto a él se limitó a decirle:
– No deberíais haberla traído.
– Shams ha recobrado fuerzas -lo contradijo Simún.
Marub sacudió la cabeza.
– No se aferra lo suficiente a la vida.
– ¿Acaso nosotros lo hacemos? -replicó ella, y se echó a reír bajo su recelosa mirada. Sin embargo, en lugar de ensimismarse con esa idea, prosiguió-: Habrías preferido que trajera a Incienso, ¿verdad? -No pudo evitar sonreír al ver su semblante malhumorado-. Incienso es fuerte y resuelta, ¿no te parece?
– Qué sé yo de Incienso -rezongó Marub, y pensó en lo que le había explicado la muchacha sobre la muerte de su padre.
De mala gana pasó por alto las carcajadas de Simún. Cuando ésta fue presa de un ataque de tos, le pasó su odre de agua sin decir nada.
– Hace demasiado calor para reír, perdón. -Simún rechazó el agua y alcanzó su propio odre, aunque comprobó que ya había vaciado la mitad, y eso que todavía tenían por delante la noche y el día siguiente. Sopesó con preocupación el pedazo de piel tibia y ligeramente borboteante; tenía la boca más seca que nunca. Después la guardó con decisión-. Debemos ser ahorrativos.
A su alrededor se había hecho el silencio. Hombres y animales callaban bajo el calor de un cielo resplandeciente que extendía su azul metálico sobre el monótono rojo amarillento del desierto, como si en todo el mundo no hubiera nada más que esos dos colores. Todos, hombres y camellos, llevaban la cabeza gacha y se concentraban en poner un pie delante del otro. Lo conseguían como andando en sueños. La caravana dejaba en aquella extensión un rastro delgado como el de una hormiga.
Marub era el único que seguía activo, recorría la hilera de la cabeza a la cola, azuzaba a los rezagados, vigilaba a los animales y machaba con todas sus fuerzas contra el peligroso aletargamiento. Alrededor del mediodía se dio cuenta de que no era el único que se apartaba de la larga fila. Unas huellas se separaban de las restantes y se dirigían a un pequeño valle entre dunas. Cabalgó presuroso hacia allí sin hacer caso de Simún, que gritaba tras él.
– Eh, vosotros dos, ¿qué hacéis ahí?
Marub azuzó con furia a su camello y galopó hacia dos personas que intentaban ocultarse tras una ladera, aunque no lo con se guían.
Eran dos hombres. Habían hecho tumbarse al camello con el que habían llegado hasta allí y lo azotaban con una vara en el morro. En ese momento el animal empezó a vomitar a trompicones, expulsando de su garganta un agua espumosa que los hombres recogían en un odre de cuero. Sin embargo, no consiguieron llevárselo a la boca para beber. Marub derribó al primero y le puso un pie en el cuello.
– ¡Este animal es más importante que vosotros! -gritó.
Antes de que llegara Simún, que había cabalgado tras él, Marub siguió al segundo, que caminaba con el odre marcha atrás hacia una roca, mirándolo fijamente, con miedo y terquedad. El gigante alargó la mano en la que llevaba la fusta.
– Vuelve a darle de beber eso al animal -ordenó- o te… -No dijo más.
Sintió un pequeño pinchazo en el pie y enseguida un dolor ardiente. Miró al suelo con sorpresa. El escorpión que se arrastraba raudo para alejarse de allí y volver a ocultarse bajo su roca era tan pequeño e insignificante que Marub apenas si podía creerlo. ¿Eso era todo? ¿Ese había sido el detonante del dolor abrasador que le devoraba la pierna? ¿Sería ésa la causa de su muerte?
El malhechor, que se había percatado de la inmovilidad y la expresión de estupefacción de Marub, aprovechó la oportunidad para escapar. Tiró el odre y echó a correr hacia la caravana todo lo deprisa que le permitieron sus fuerzas. Su compañero se puso de pie como pudo e hizo como él. Simún no perdió el tiempo con ellos. También pasó de largo ante la mancha oscura que se extendía en la arena, allí donde el agua se vertía sin sentido, y fue hacia Marub, que seguía de pie, aunque tambaleándose de una forma preocupante. Tenía los ojos abiertos todavía por el asombro, pero el dolor ya le había demudado el rostro.
– Apóyate en mí -pidió Simún.
Casi cayó de rodillas al sentir el peso del hombre sobre sus hombros. Con un esfuerzo descomunal, lo ayudó a dar los pasos que los separaban de su camello y a subir a la silla. Marub se desplomó en ella como un fardo.
– Debemos descansar -decidió Simún-, ahora no puedes cabalgar.
– No podemos descansar. -A Marub le costaba pronunciar cada palabra.
No quería hablar, no quería escuchar, no quería ver nada. Estaba completamente concentrado en el dolor que lo torturaba y le exigía toda su atención.
Simún sintió en la cabeza el calor abrasador que parecía derretir su melena y supo que tenía razón. No podían pasar allí ni una hora más de las necesarias. El fondo del valle en el que estaban cocía como agua hirviente. Su piel, sobre la que el sudor se secaba al momento de aparecer, se tensaba ya dolorosamente, y cada respiración le abrasaba la boca. Todavía oía las campanillas de la caravana, aunque como un sonido irreal tras la siguiente duna. Con horror comprendió que nadie los veía y que la vacía soledad del desierto los devoraba ya.
– Atadme a la silla -pidió Marub. Fue lo último que dijo.
Simún siguió su orden apretando los dientes. Igual que hacían los mozos todas las mañanas con los sacos de incienso, amarró con cautela a Marub sobre el camello, equilibró su peso, apretó las correas que unían la silla resbaladiza a la giba y consiguió así que su guardián, medio sentado y medio tumbado, una figura grotesca, fuera alzado por el animal. Vio que Marub alcanzaba las riendas, aunque su cuerpo pendía inerte hacia aquí y hacia allá, y asentía. Después les dio a los animales la señal para que echaran a andar.
Durante un rato siguieron las huellas recientes, después, cuando para indecible alivio de Simún volvieron a aparecer ante sus ojos los primeros animales, avanzaron raudos hacia ellos. El jefe de la caravana los alcanzó y con la barbilla señaló a Marub, que colgaba de su camello más muerto que vivo.
– ¿Qué tiene? -preguntó, y escupió en la arena.
Simún no se molestó en contestar. Expuso el incidente de los dos mozos que habían agotado la provisión de agua del estómago del camello, una medida a la que no solía recurrirse más que en última instancia, y pidió que fueran castigados.
El jefe de la caravana asintió.
– Tendremos más disgustos -comentó, y se colocó bien el pañuelo que llevaba en la cabeza y cuyo extremo le colgaba en la sien-, si ya no controla a sus guardias. -Ni siquiera miró a Marub.