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– No tendremos ningún disgusto -lo contradijo Simún con aspereza-, si los hombres no pierden la confianza en tu aptitud. -Lo miró con severidad-. ¿Cuánto tardaremos en llegar al pozo?

El jefe de la caravana sonrió y Simún cobró consciencia entonces, con desagrado, de cuán completamente dependían de él. Si decidía hacer que se perdieran, no podrían detenerlo ni con amenazas. Aquel hombre podía hacer lo que le viniera en gana y luego abandonarlos secretamente por la noche. Simún pensó si debía mandar que lo encadenasen, pero eso no habría transmitido una buena impresión a los demás. Y sobre todo, pensó para tranquilizarse, nada indicaba que fuera a serles desleal. Probablemente no había sido más que el calor y el miedo lo que le habían infundido ese pánico.

– Cabalgaremos toda la noche con la estrella de Athtar a la espalda -explicó al fin el hombre-, y a la tercera hora veremos la montaña a cuyo pie podremos descansar.

Simún se encogió de hombros.

– Espero que aprecies tu vida -informó al jefe de la caravana.

Con la mirada buscó a Marub, que a pesar de su somnolencia debía de haber logrado hacer avanzar a su animal, pues estaba ya a la cabeza de sus hombres y alzaba la mano con esfuerzo para saludarla. Después volvió a derrumbarse. Parecía inerte. Cada paso de su camello hacía que se zarandeara como un trozo de madera sobre las olas. Sólo sus manos seguían firmes, cerradas sobre las riendas, y demostraban que su fuerza de voluntad era inquebrantable. Marub no caería de la silla.

Llegó la noche y todo siguió en silencio, los hombres y también los animales. El silencio era tan portentoso que incluso las estrellas brillaban alejándose de allí. Pendían titilantes en el cielo con exuberante abundancia, pero casi nadie alzaba la cabeza para contemplarlas. Eran tan abrumadoramente hermosas que no parecían de este mundo, y todo el que las veía se ponía a temblar y temía a la muerte.

El tiempo se escurría como arena por entre los dedos mientras cabalgaban, y sus fuerzas se perdían con él. Hacía tanto frío que Simún le pidió una manta a Shams para echársela a Marub sobre los hombros. La fiebre lo hacía arder de tal manera que la muchacha se espantó.

Por la mañana, que se presentó de súbito, sin alba ni transición, como si el frío de la noche y el presentimiento del calor del día se confundieran bajo las primeras luces, de la cabeza de la comitiva llegó un grito que sacudió a Simún. La muchacha siguió con la mirada el brazo extendido del jefe de la caravana y, ciertamente, allí, en una estrecha hendidura entre los lomos de dos dunas, se dibujaba a lo lejos algo que no podía ser arena. Uno sólo veía lo que conocía, lo que buscaba, y aun así no era más que un contorno. Simún lo contempló con perplejidad. ¿Aquella cosa insignificante les salvaría la vida?

El jefe de la caravana se echó a reír; esta vez Simún no se molestó por la burla de sus carcajadas.

– Allí beberemos esta tarde -explicó. Y, mirando a Marub, añadió-: Al menos los que sigamos con vida.

Cuando Marub despertó, estaba tumbado en una tienda.

– ¿Tienes sed? -le preguntó Simún, y le sostuvo en los labios un recipiente de agua, que él vació con avidez.

La muchacha lo observó con atención, tenía el ojo muerto en su oquedad destrozada y el vivo, que solía refulgir, todavía debilitado por la fiebre. El sol le había quemado la nariz, la piel de sus labios había saltado y colgaba en blancos jirones.

– No estás en tu mejor momento -afirmó.

– Simún -la reprendió Shams con espanto, pidió perdón a Marub con los ojos y después bajó la mirada.

El guerrero sonrió con debilidad.

– Y yo que creía que esto no podía ir peor.

Incluso Shams rio un poco entonces. Entre las dos lo obligaron a comer un poco y le hicieron beber un trago de vino para que durmiera con calma. Después salieron.

– Te adora -declaró Shams mientras se dirigían hacia su propia tienda bajo un cielo preñado de estrellas que ya volvía a tener un aspecto mucho más familiar, humano y finito, arropadas por los so nidos del campamento como por una cálida manta.

– ¿Marub? Por favor. -La voz de Simún parecía tan genuina mente sorprendida y a la vez tan poco interesada que Shams prefirió no insistir en su comentario.

Por lo visto esa idea quedaba más allá de la capacidad de imaginación de su amiga. O al menos más allá de lo que le interesaba.

– Pero ha preguntado por ti -añadió entonces Simún, al cabo de un rato.

– ¿Por mí? -Esta vez le tocó a Shams parecer incrédula.

– ¡Sí! -Simún la cogió del brazo-. Ha alabado lo bien que aguantas el viaje por el desierto.

Shams sonrió con tristeza en la oscuridad.

– Claro -dijo, y al cabo de un rato añadió con sequedad-: Gracias.

El recuerdo de Mujzen regresó con una agudeza que la dejó sin aliento. Por un momento se sintió completamente sola y perdida.

– ¿De verdad no tienes miedo de nada? -preguntó, y se detuvo-. Me refiero a eso a lo que todo el mundo teme. A lo que ha de venir.

– Ah, no. -Simún sacudió la cabeza con ímpetu. La sensación de impotencia que la había asaltado en el desierto se había desvanecido gracias al bullicio del campamento. También ella detuvo su paso, miró en derredor y comprobó con alivio que todos estaban ocupándose de su trabajo-. Verás, yo planeé todo esto para acrecentar la fama y la riqueza de Saba. Y eso es lo que haré. -Dio un paso danzarín-. Paso a paso.

Shams pensó en el puerto de las montañas que habían atravesado hacía más de una luna. Era un camino escarpado, los animales resbalaban en las pendientes.

Un camello había perdido su carga y el mozo que intentó salvarla se había roto una pierna en el intento. Todos estaban nerviosos y contrariados. Simún se había mantenido apartada, mirando largo rato en silencio las paredes de piedra, y de pronto había preguntado:

– ¿Cuánto de ancho debe tener un escalón para que la pezuña de un camello pueda subirlo con comodidad?

Ya estaban construyendo la escalera. Habían dejado atrás a unos cuantos hombres para supervisar a los habitantes del pueblo que le daban forma con sus azadas. Siglos después aún podrían señalarse esos escalones de la montaña y la gente diría: «Esa maravilla fue obra de la reina de Saba.» ¿Era eso lo que pretendía Simún?

– La fama de Saba -repitió entonces Shams con vacilación-. Saba, muy bien. Sí, ¿y tú?

– ¿Qué diferencia hay? -preguntó Simún con alegría.

El jefe de la caravana interrumpió su conversación.

– El pueblo al que pertenece este pozo -explicó- se ha aliado hace poco con los nabateos, la tribu que vive más al norte y que controla todas las rutas comerciales que llevan a ese Mar Grande al que queréis llegar.

Simún asintió, lo comprendía.

– Entonces tendremos que causarles buena impresión -comentó, y apretó el paso para llegar a su tienda y volver a ponerse la habitual máscara oficial lo más deprisa posible.

El jefe de la caravana la retuvo un instante más.

– Hemos tenido mucha suerte -dijo-. Uno de sus príncipes está aquí, podemos negociar con él.

Simún sonrió y entonces el hombre añadió:

– Se llama Yata.

La reina de Saba permaneció muy erguida mientras la muchacha Simún intentaba conservar la serenidad.

CAPÍTULO 41

Aves nocturnas en los jardines

Mujzen vagaba por el palacio como hacía de vez en cuando desde que Simún le permitiera la entrada a sus aposentos. Había sido una de sus últimas disposiciones antes de la partida, y con ello había elevado a Mujzen al rango de consejero de la reina. Sin embargo, él agradecía que ese cargo no fuera más que una formalidad y que nadie pidiera nada de él en su ausencia, pues jamás se había sentido tan confuso como en esos momentos.